jueves, 5 de diciembre de 2013

LOS 400 GOLPES (François Truffaut, 1959)


LOS 400 GOLPES (François  Truffaut, 1959)

 
“Faire les 400 coups” es una expresión francesa dedicada a las personas de vida desordenada, anárquica, despreocupada, y en esta película mito del cine, no sólo Antoine Doinel se dedica a hacer los 400 golpes a diario.

 
 
Hace unos meses, con ocasión de comentar “Ma nuit chez Maud” ya hice un bosquejo de las circunstancias histórico-políticas del nacimiento de la nouvelle vague, y a ellas me remito y no hay porqué repetirse, simplemente en ese contexto de ruptura cultural con las identidades burguesas imperantes, una pléyade de jóvenes cineastas-críticos comienzan a rodar sus historias, las historias de la calle, despojadas de artificios, contraponiendo “le cinéma d,auteur” al “cinéma de qualité”, proponiendo que cada director encuentre su revelación artística mediante la puesta en escena de las historias, acogiendo y admirando tanto la mirada evocadora de los grandes clásicos como Hawks, Hichtcock o Ford junto con la de los neorrealistas italianos, referente histórico inmediatamente anterior  a la nouvelle vague.

Así si Truffaut deviene en el sentimental del grupo, Rohmer en el retratista de los encuentros azarosos o Godard en el revolucionario militante y activista impenitente, son tantas las coincidencias como las divergencias  formales y estéticas entre todos ellos.

Antoine Doinel es el eje central y referencial de la película, un personaje que Truffaut supo vender como con cierto carácter autobiográfico, aunque bien es cierto que TRuffaut creció en una familia “normal”, con un padre y una madre “normales” y sin aprietos económicos como los reflejados en la película, pero no por ello Truffaut tuvo una adolescencia tímida y conforme a las convenciones sociales, circunstancia que le relaciona con esa adolescencia de Doinel, adolescencia que no terminaría con esta película, sino que sirvió a Truffaut para realizar otras cuatro películas en las que retomó la vida del personaje en otras épocas de su vida, como fueron “El amor a los 20 años”, “Besos robados”, “Domicilio conyugal” y “El amor en fuga”, retratando por un lado la vida del personaje y la evolución de una sociedad occidental decadente tras el rayo esperanzador de una revolución que terminó volviendo aún más reaccionarios a los que entonces empuñaron el adoquín buscando la playa debajo de la piedra.

El personaje de Antoine Doinel no sólo resulta trascendente en la historia del cine sino que marca a su actor de tal manera (Jean Piérre Leaud) que vistas entrevistas recientes con él, sus gestos, sus pantomimas, sus movimientos, recuerdan a los del propio Antoine, de tal manera que uno ya duda si Antoine vampirizó a Jean Pierre o ambos nunca dejaron de ser el mismo, de tal suerte que Jean Pierre rodó, y sigue rodando, películas, pero nunca pudo soltarse esa etiqueta primigenia, y hasta cuando uno le ve en películas más recientes, como las de Kaurismaki, no deja de ver en él los rasgos de su primera creación.

Raro será que alguien aficionado al cine no conozca la historia del joven Antoine, hijo no deseado cuya madre no encontró las condiciones necesarias para abortar a tiempo, hijo de madre soltera cuyo padre no es tal, sino sólo el marido de su madre que le dio un apellido, con quien entabla cierta camaradería que, falta del vínculo paterno real, se romperá cuando la sucesión de pequeñas desgracias que le ocurren o se le ocurren a Antoine, colmen la paciencia de este padre oficial. Antoine huye de las reglas y los corsés, es joven y quiere aprender de la vida y equivocarse por si mismo, quizás de manera apresurada se enfrenta a toda autoridad que se acerca a él, enfrentamientos en los que carece de recursos y armas suficientes como para salir victorioso, y a cada pequeño paso de aparente libertad le seguirá una represión cada vez mayor, cuando es castigado en el colegio por primera vez, reaccionará haciendo una pintada, cuando falte dos días a clase inventará que no fue porque su madre murió, cuando es sorprendido huirá de casa por primera vez, a la segunda conseguirá la ayuda de un amigo que le acogerá en su casa viviendo los dos días más libres que recordará el personaje, ocultándose de otros padres igualmente atrabiliarios y despreocupados de su hijo, con una diferencia, que estos todavía mantienen un poder económico, menguante, pero más que suficiente para que su hijo no tenga preocupaciones, salvo las derivadas de las carencias afectivas….. y en el camino de desgracias, y pretendiendo obtener cierta cantidad de dinero para empezar a vivir por su cuenta, Antoine decide robar la máquina de escribir de su padre en la oficina de éste, algo que conseguirá, pero con tan mala fortuna que no conseguirá su venta y decidirá devolverla, momento en que es sorprendido y el padre decide que hasta aquí ha llegado, denunciándole y llevándole a comisaría, donde será fichado, fotografiado como un peligroso delincuente, encerrado, trasladado en un furgón celular al juzgado de menores……..
 
 
y a partir de aquí, cada vez que veamos a Antoine, algún elemento intermedio se encontrará entre él y la libertad, una reja, un cristal, una puerta, una valla, Antoine ha perdido toda libertad porque es enviado a un centro correccional, centro en el que hasta su madre le repudia, le conmina a olvidarse de ellos, a dejarles hacer su vida sin preocupaciones, recibiendo otro golpe más, metafórico, después de oir antes cómo su madre renegaba de él, cómo su padre resultaba no serlo y discutir con su madre echándole en cara que gracias a él el niño tenía unos apellidos. Pese a la dureza de la situación de Antoine no deja de haber revelaciones de enorme ingenuidad, la risa del niño el día que los tres van al cine, la alegría con la que padre e hijo cenan juntos, aliviado así de la tensión que le produce la madre, madre a la que protege cuando la sorprende en su affaire con su jefe besándose  por las calles de Paris, la angustia con la que se da cuenta de que la vela que ha puesto a Balzac para que le ayude a sacar una buena nota en lengua está a punto de ocasionar un incendio en la casa, adolescente y rebelde, pero niño todavía. Homenaje a un  Paris alejado del turístico y homenaje al cine, salas, carteleras, fotografías, Antoine robando una foto de la película Un verano con Mónica, entrando y saliendo del cine con su amigo del colegio, el cine como escape de una vida sórdida  y falta de libertad, mundos soñados y no encontrados.

Dos momentos de la película me resultan especialmente conmovedores, la primera huida de casa, cuando se refugia en una imprenta, y con hambre, vaga por las calles de Paris hasta que advierte a un lechero dejando unas jaulas con botellas a la puerta de una tienda, esas botellas de leche, de un blanco inmaculado, ávidamente bebidas por Antoine, como apurando hasta la última gota esa noche de ansiada libertad pero también de miedo ante la absoluta situación de desamparo en la que se encuentra, en un mundo hostil y desconocido, el mismo que él ve por las mañanas, pero totalmente cambiado. Y por supuesto, esos 4 minutos finales de huida desde el reformatorio hasta llegar a su ansiada playa, ese travelling en paralelo que sigue a Antoine en su carrera, esa bajada a la playa y el encuentro ansiado con ese mar soñado que se quería conocer desde el principio, si bien, en el último momento, visto el mar, Antoine vuelve la mirada y el cuerpo hacia la cámara, y mirándonos parece que nos pregunta ¿y ahora qué?