domingo, 22 de mayo de 2016

LA VENGANZA DE UNA MUJER (A vinganza d,uma mulher, 2012, Rita Azevedo Gomes)


LA VENGANZA DE UNA MUJER (A VINGANZA D,UMA MULHER, Rita Azevedo Gomes, 2012).

A cada acto de depravación imaginado por la duquesa y al que ésta se somete, tiene que acompañarle la posesión de una medalla y una pulsera, una pulsera que no se lleva puesta, sino agarrada de la mano, como un testigo obligado a presenciar lo que no se querría ver, una medalla con un escudo poderoso que, en esa situación, solamente es puesto en ridículo. Si en la época de eclosión del romanticismo hubiera existido ya el cine ( ¿se lo imaginan?) esta película seguramente encajaría a la perfección en el espíritu del movimiento. A ese cúmulo de pasiones desbordadas, sentimientos incomprendidos, amores prohibidos, vacío moral en algunos casos, aventureros sentimentales avanzados al modo de sentir y expresarse en su época, se acomoda a la perfección esta historia basada en un cuento del escritor francés del s.XIX, Jules Barbey d,Aureville, poco conocido, pero dado a escandalizar a esas sociedades pacatas y moralistas en su lado público, pero ávidas de novedades, lujos y placeres en sus salones privados. Lo de menos en la película es, sin duda la historia, extrema y extremada. Una historia de amores imposibles y anunciados, desarrollo trágico y decisión íntima de una mujer decidida a vengarse de un marido de la manera más dolorosa para éste, que no es otra que arrastrar su dignidad, su nombre, su pasado, aun a costa de venderse ella misma con tal de que el apellido del marido sea el que sufra las consecuencias, dispuesta a todo con tal de alcanzar ese fin. En «La venganza de una mujer», cuento comprendido en «Las diabólicas», serie donde las mujeres ostentan el centro del desarrollo de las historias, demostrando su poder, su sexualidad, sus perversiones, pero también mostrando el lado oscuro y mezquino de los hombres que se dejan utilizar por ellas o que las utilizan, el papel de la Duquesa, la mujer de ese noble español, «tres veces conde, cuatro veces duque.......el más grande de los grandes de España, un español de los de Carlos V......» sólo puede aspirar a vencer mediante el sacrificio personal más devastador, siguiendo el dicho de «morir matando» o «vencer después de la muerte».

La película es claramente experimental, un desafío visual y escénico donde, no ocultándose una composición teatral de espacios y personajes, todo funciona perfectamente desde lo fílmico. Contando con un preámbulo y un epílogo fundamentales, la película carecería de sentido sin el largo monólogo intermedio en el que la duquesa, confundida por el personaje de Roberto, con una prostituta, pero quizás no tan confundido, cuenta su historia personal, la que le ha llevado a escoger esa vida de clandestinidad, peligro y denigración. Roberto es el personaje que se involucrado en una historia que ni imaginaba ni deseaba cuando abandona una de tantas reuniones estériles de la nobleza y alta burguesía lisboeta tras un largo viaje por Turquía y los Estados Unidos, y mientras cena en una posada, es provocado y excitado por una mujer que, entre las sombras, aparece y desaparece de manera voluptuosa sin posibilidad de equivoco. Ofrece lo que ofrece, y el lugar y la forma de hacerlo no es el mismo de esas otras mujeres dispuestas a lo mismo pero que, de manera muy diferente, son recordadas por Roberto mientras pasa la tarde anterior en un parque  y saluda a todas aquellas que han sido sus amantes o lo han  querido ser, mujeres recordadas cuando se está con ellas pero inmediatamente olvidadas. Roberto, a través de un narrador que, hace de apuntador de obra teatral, pero también de coro griego, se nos presenta como dandy para unos (aquellos que envidian su forma de vida relajada y sin problemas económicos, y además, exitosa con las mujeres) y como un libertino para otros (los que sin atreverse anegarle el saludo, critican su forma de vida tan poco ejemplarizante), pero en el fondo es un personaje vacío que, de puertas para fuera, se coloca una máscara de vividor y persona que disfruta, mientras entre bambalinas (nunca mejor dicho, porque la primera aparición del personaje, mientras seguimos por unos pasillos llenos de atrezzo al narrador intermitente, parecen los de la parte posterior de un escenario), en su vida privada y solitaria que nadie conoce, su vida es un absoluto desengaño, una absoluta negación de cualquier creación activa, un simple dejar pasar los días sin pasión ni afición. Una vida vacía llena de anécdotas pero sin sentimientos.

Durante el preámbulo, en el que la directora despliega su composición pictórica en exteriores simulados, o en salones que recuerdan pinturas de Madrazo, Casado del Alisal, Vicente López ( o de sus contemporáneos portugueses, que los habrá, pero las referencias a España en la película son reiteradas), abundan los tonos apagados, tonos neutros o grises que revelan esa careta que todos los personajes se colocan cuando están en sociedad, unos tonos acordes con la absoluta desgana de todos ellos, de su deseo de abandonar esas convenciones y esas actividades impuestas por las buenas costumbres pero que les aburren enormemente. En esas reuniones la figura de Roberto sobresale por su posicion en el espacio, incluso cuando abandone el plano, advertimos su situación por las miradas o acciones de los demás, como ocurre en ese deslumbrante epílogo en el que el sentido de todo lo contado previamente culmina de manera sobresaliente. El dominio de la luz, y de la iluminación de los actores, alcanza su máximo esplendor durante el largo intermedio en el que la Duquesa nos cuenta, a Roberto en la intimidad, pero con la misma prolijidad al espectador, que pasa a ser cómplice del dolor y de la venganza, el por qué decidió comportarse como lo hace. En ese interior del apartamento de la mujer, donde el color rojo absorbe totalmente la escena y recuerda al rojo de la pasión, pero también al rojo del deseo, y al rojo de la muerte de un hombre desangrado, los desplazamientos coreografiados de los dos personajes, las iluminaciones laterales, los rostros parcialmente iluminados, los cuerpos en sombra, los espacios en negro con personas visibles, crean una situación de absoluta intimidad pero de plena frialdad como la historia requiere. El extrañamiento que va sufriendo el personaje de Roberto, desde lo que cree que va a ser una noche de sexo pagado con una mujer hermosa, hasta su absoluto abatimiento al contemplar lo que una mala acción de un hombre puede provocar, se compensa con la total evolución de la duquesa, una vez arrancada su careta de prostituta por el de mujer con un plan de venganza extrema, una mujer que desnuda su pasado y su futuro sin temer las consecuencias, ni el rechazo, ni el insulto. Es más, su comportamiento es lo que busca, denigrarse cuanto más mejor, para mancillar ese escudo que aprieta entre sus manos.

Ese epílogo, que recuerda al mejor Raúl Ruiz de «Misterios de Lisboa», cierra de manera convincente el resultado de un plan preconcebido que pasa por aniquilarse individualmente para provocar el sufrimiento a un tercero. De todo ello será espectador involuntario el personaje de Roberto, el deus ex machina de la historia es la duquesa, pero sin el personaje masculino involucrado en la historia, ésta no alcanzaría su sentido. La humillación  que soporta la mujer necesita de cómplices, aunque no lo hayan sido voluntarios, de conocedores que transmitan entre la alta sociedad, el carácter malvado de ese noble español cuyo apellido ha de ser arrastrado por el fango posteriormente, algo que para la duquesa, la última de los «Terra Cremata», resulta intrascendente, nadie queda tras ella de su linaje y nada hay que preservar, sus propios apellidos lo dicen todo, la duquesa quema sus tierras y su nombre para alcanzar un fín. La historia es excesiva, retorcida, extremada, pero no es sino la forma de contar y mostrar, lo que concede calidad, mucha, e interés a la película, una obra que no duda en usar músicas de Schubert o Bach en su recorrido, apropiadas para esos salones decadentes, pero que donde alcanza su verdadero propósito es al mezclar las imágenes, conscientemente caducas y pertenecientes a un mundo que ya no existe, junto con la música de Alban Berg y Arnold Schonberg, ese es el riesgo y ese es el reto de la película, hacernos saber que ante una historia antigua, es la forma, el sonido, la luz, la musica, la que nos ha de indicar dónde se encuentra la diferencia, romanticismo y dodecafonismo ensamblados sin producir chirridos nio extrañamientos culturales, porque el ensamblaje es perfecto. Dos estupendos actores (Rita Durao y Fernando Rodrigues) al servicio de una película arriesgada que sobresale en una cartelera bastante poco dada a lo diferente, una pena que demuestra la incapacidad de este país para fijarse en el vecino más próximo, porque hablamos de un estreno ahora de una película del año 2011.

Título original: A vinganza d,uma mulher, Nacionalidad: Portugal; Año:2011, Duración: 100 minutos; irección: Rita Azevedo Gomes; Intérpretes: Rita Durão, Fernando Rodrigues, Hugo Tourita, Duarte Martins, Francisco Nascimento; Guión:Rita Azevedo Gomes (adaptación libre de "Les Diaboliques" de Barbey D'Aurevilly, 1874); Fotografía:Acácio Almeida; Sonido: Joaquim Pinto; Montaje: Patrícia Saramago; Dirección de arte: Pedro Sá. Estreno:Festival de Rotterdam 2012