jueves, 2 de junio de 2016

MÁS ALLÁ DE LAS MONTAÑAS (Mountains may depart, Jia Zhang ke, 2015)



MÁS ALLÁ DE LAS MONTAÑAS (Mountain may depart, Shan he gu ren, Jia Zhang ke, 2015)

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La última escena de la película, incluido el plano final, suponen una de las escenas más bellas del presente año cinematográfico, con Tao de espaldas, bailando sola, en el invierno de 2025 frente a un templo de Fenyang, ciudad del centro del país. Un plano deliberadamente hermoso, una escena de una belleza incomparable que enlaza con el minuto 1 de la película donde suena la misma canción y se baila la misma coreografía, el «Go west» de los Pet Shop Boys. Un cierre de círculo en el que ese viaje al Oeste, el occidente, ha puesto patas arriba la cultura tradicional china. En ese final, colofón admirable para un suceder de acontecimientos a lo largo de 25 años, Jia Zhang ke desnuda el alma de la China contemporánea y coloca a la mujer representada por la actriz Zhao Tao como paradigma del futuro del país. La soledad, la pérdida de identidad, el olvido, el fín de la solidaridad, la invasión cultural que aleja a las generaciones más jóvenes de lo que han sido durante decenas de siglos, y a las más maduras les nubla la razón ante la facilidad de hacerse millonario de la noche a la mañana. Ese baile, que es una despedida, emociona. Es un adios definitivo a un pasado que representa el templo situado al fondo y que hemos ido viendo en numerosas ocasiones a lo largo de la película. Hay cosas que perduran en China, pero otras han desaparecido inexorablemente. A fuerza de modernizarse, las relaciones sociales se han colocado en un punto de regresión que amenaza con transformarse en punto de no retorno. Quien no tiene dinero no puede enfermar, quien carece de dólares no es nadie en una cultura donde el dinero ha arrasado con todo. Las mal llamadas élites, que sólo lo son económicas, ansían enviar a sus hijos al extranjero, conseguir residir en Shanghai y Hong Kong, las ciudades más cosmopolitas y, al tiempo, las menos chinas de todo el país. Por eso, situar la acción central de la película en una ciudad relativamente pequeña como Fenyang (alrededor de 400000 habitantes, algo ridículo para un país con alrededor de 30 ciudades cuyos núcleos urbanos superan los 3 millones de población), una ciudad utilizada en más ocasiones por el director para su cine, aporta otro dato más, es el interior del país donde los cambios producen aún mayores frustraciones, mayores terremotos internos a unas personas que han cambiado muy rápidamente su forma de vida, o a quienes se les ha obligado a cambiar muy rápidamente.


 “Cuando yo tenía siete u ocho años, un hermano mío me dijo que si ‘¡yo tuviera una motocicleta, sería la persona más feliz del mundo!’ Tres o cuatro años después, se podían ver las motos por todas las calles”, en la película se ve la llegada de los primeros coches a disposición de quien tuviera el dinero para comprarlos, coches alemanes, tecnología alemana como ejemplo de lo inmejorable y, hasta entonces, fuera del alcance de los ciudadanos. Si Tao marca el pasado en la historia, ese año 1999 en el que empieza la película, el segundo pilar de la misma es el arribista, el especulador, el producto de una época hasta no hace mucho inimaginable para un país que se mueve en la ortodoxia política comunista pero que se comporta como un animal enfurecido por el capitalismo en lo económico. Este segundo personaje es Jinsheng Zangh, el visionario que compra una gasolinera en el pueblo, después una mina, más tarde a personas, industrias, negocios, se va a Shanghai, de ahí a Australia, y en el camino destroza a quien se le acerca, al tiempo que se va destrozando poco a poco a sí mismo perdiendo su identidad como chino y no alcanzando la australiana. Jinsheng es el prototipo de las nuevas élites del PCCh, alejado de la política como para no participar de la nomenclatura, pero cercano al poder, llegará un momento en que estará dispuesto a abandonar su país para evitar la detención de una vida llena de corrupción, ansiando una libertad que le permita comprar todo lo que quiera, pero ¡para qué sirve la libertad en un país que te permite comprar armas libremente si no te deja usarlas!


El tercer personaje central del pasado y presente en la película es una persona común y corriente. La decisión de Jia de convertirse en cineasta la tomó una vez vista «Tierra amarilla» de Chen Kaige, “El cine era muy misterioso para el pueblo y también estaba alejado de la vida ordinaria. Una vez mi padre vio el rodaje de una película en Fenyang, y le pareció que era ‘algo inalcanzable para la gente común y corriente’, no sabía cómo convencerle, porque sabía que yo era una persona común y corriente”. A esas personas, comunes y corrientes, pertenece el trabajador, el que no ha cambiado su modo de vida ni piensa hacerlo, anclado en tradiciones que no le van a permitir prosperar y le van a mantener de por vida en el filo de la pobreza, Liangzi, el obrero sin especializar que tendrá que emigrar y buscarse la vida más allá de las montañas. Es el representante de un mundo que muere y que necesita ir recluyéndose en comunidades más pequeñas, más apartadas, donde el nexo entre el individuo y sus vecinos se mantiene aún inmutable. También es una huida necesaria para mitigar un dolor personal, el dolor derivado de la forma que ha escogido Jia para contar la historia del pasado reciente y del futuro inminente de su país, el melodrama.


Porque Zhang ke utiliza el melodrama para explicar la transformación de la sociedad china en apenas dos décadas. Es ese año 1999, que se inicia festivamente con dragones y unos cuantos años más tarde se celebra con bandas de chicos vestidos como una banda de un “college” norteamericano, el que va dando las pistas necesarias sobre lo que va a venir y en lo que se va a convertir un país que sustituye las altas estupas por chimeneas, donde los novios se hacen fotos con un mural que representa la ópera de Sidney porque en el fondo es donde quieren vivir, donde con dinero se consigue cualquier cosa y se asume que todo se termina consiguiendo con dinero, incluso el amor. Poner a tu hijo de nombre Dólar no sólo es una manera de representar la mentalidad de un personaje, sino criticar la amoralidad de una sociedad que vive para enriquecerse y acepta marcar al individuo con el sinónimo del poder. Ese triángulo de amigos, donde los dos hombres quieren a la misma mujer, salta hecho pedazos en cuanto la competición se desequilibra mediante la entrada en juego del dinero. Cuando Tao reconoce que no le quedaba más remedio que aceptar la propuesta de Jinsheng está asumiendo ese cambio social por el que el triunfador acapara todo y no permite más que unas migajas a la mayoría. Si uno no es capaz de escarbar en la historia entre Tao, Jinsheng y Liangzi probablemente considerará esta película menor, muy menor, y puede que no le falte razón. Pero si atendemos a lo que se nos quiere contar y a la forma de contarlo, la propuesta engrandece la aparente superficialidad de sus partes mediante el conjunto de todas ellas y las acciones en segundo plano. Si la historia sentimental de Tao puede resultar banal y archiconocida, y las reacciones de los dos hombres muy primarias y predecibles, terminan siendo los detalles más importantes que los protagonistas.

 Viendo “Shan he gu ren” se puede temer que ha llegado la hora de la domesticación de una nueva generación de cineastas chinos. La crítica, que la hay, se centra en el pasado, y en vez de apuntar hacia el poder político, apunta hacia la propia sociedad china. No es mala propuesta cuando estamos cansados de oir a la gente que casi nadie se siente rsponsable de la actual crisis europea, el “yo no he sido” que ha jugado y corrido de boca en boca como excusa ante los desmanes ocurridos ante nuestros ojos, Zhang ke lo analiza desde el punto de vista del que consiente y participa sin autocrítica, limitándose, es posible, a no corromperse directamente, pero validando los actos de una minoría sin oposición alguna. No hay, y eso es relevante, crítica directa alguna al poder actual, incluso hay algún que otro comentario elogioso, pero las andanadas hacia un país a la deriva son constantes. El director escoge hábilmente las fechas de su historia, probablemente para evitar los enormes problemas de censura que sufrió su previa “Un toque de violencia”. El cambio en el gobierno ha abierto una nueva campaña de persecución de la corrupción pasada, y en ese sentido, criticar la connivencia o falta de compromiso del anterior gobierno no plantea problemas a los gobernantes actuales, incluso les refuerza de cara a la opinión pública, situar el inicio de la película en 1999 tampoco es incómodo, y el final en 2025 mucho menos, porque además ese final en Australia ya no refleja al propio país, sino a los que lo abandonaron por la llamada del dinero. No oculta Zhang lo que le disgusta de la evolución de China, cómo el progreso ha acabado con la intimidad, la llegada del coche, la construcción de presas en el río amarillo, autopistas, teléfonos móviles, pantallas táctiles, megaurbes que surgen de la nada, aeropuertos, trenes rápidos. China pasa de lo antiguo a lo más moderno sin solución de continuidad, y en ese tránsito, los hijos necesitan de intérprete para comunicarse con sus padres, olvidan sus raíces, desconocen el significado y el protocolo de las ceremonias porque de su país solo mantienen unos rasgos físicos que les recuerdan que no nacieron donde viven, pero es un país en el que no pueden hablar porque han olvidado hasta el idioma. El trasfondo de la historia lo sitúa el director en segundo plano, no son, o no lo son fundamentalmente, los protagonistas, quienes nos critican la situación del país, sino son las imágenes con doble significado las que entroncan el melodrama situado delante de nosotros con una China en decadencia. Para ello el director cambiara hasta la textura y el formato de las imágenes, sean o no imágenes extraídas de cámaras caseras, de informativos, o rodadas expresamente para ello, las discotecas, las celebraciones, las músicas, proporcionan una mezcla de modernidad con tradición que hacen chocantes las transiciones entre unas escenas y otras, sobre todo en el fragmento dedicado a 1999. La imagen evoluciona, puede llegar a pasar inadvertido para el espectador siguiendo la evolución de Tao y sus amigos, pero no es el mismo el formato ni la calidad de imagen del principio de la película y el del final, con esto Zhang nos demuestra cómo en 15 años ha evolucionado el lenguaje visual, pero se atreve aún más imaginando cómo será el futuro del 2025. Pasado, presente y futuro también en la forma de las imágenes y en los formatos, una rápida evolución ante nuestros ojos que afecta también a las vidas de todos.


Podría parecer, por tanto, que Jia Zhang ke ha hecho una película destinada al gran público, a no incomodar al poderoso, a ocultar sus críticas anteriores bajo la fórmula de una película “sentimental”, cayendo así en el pozo del que no consigue salir Zhang Yimou. ¿Una película convencional? Para nada, es al contrario, estamos ante una película valiente y decidida que se esconde bajo la capa superficial de su historia más reconocible. Una vez descartada esta capa sentimental con la que se recubre la verdadera historia, Zhang consigue, nuevamente, y esta vez sin levantar sarpullidos en el régimen, otra ácida crítica, pero eso sí, para ello el espectador debe implicarse algo más que con “Un toque de violencia”, “Plattform”, “Naturaleza muerta”, “Historias de Shanghai”. Mountains may depart tiene todo lo que sus anteriores revelaban abiertamente, pero lo presenta de manera más oculta. De esta manera resulta más fácil engañar a la censura, y al tiempo nos demuestra su inteligencia y su estilo en permanente evolución. Es así que escenas aparentemente inconexas, aisladas del discurrir narrativo encierran un alto contenido simbólico, el avión estrellado, el tren bala en una estación vacía a la espera del tren de siempre, la caída de la carga de un camión aparentan no decir nada, y sin embargo están ahí por algo, para que el espectador piense y desentrañe su sentido en la película, como frases aparentemente inocentes que revelan cómo hemos destruido el planeta y seguimos perseverando. Ninguna película de Jia se parece a la anterior, pero todas parecen de Jia Zhang ke.






Título original: Mountains May Depart (Shan he gu ren). China, Francia, Japón. 2015.Duración: 131 minutos. Dirección: Jia Zhang Ke. Guión: Jia Zhang Ke. Música: Yosihiro Zano.Fotografía: Nelson Lik-wai Yu.Producción: Arte France Cinéma, Bandai Visual, Beijing Runjin Investment, Office Kitano. Reparto: Tao Zhao, Zhang Yi, Liang Jingdong, Dong Zijian, Sylvia Chang