jueves, 15 de septiembre de 2016

COMO ME DA LA GANA II (Ignacio Agüero, 2016)

COMO ME DA LA GANA II (Ignacio Agüero, 2016)


Reciente triunfadora del FIDD Marsella, la película de Agüero es un ejemplo claro de cómo se puede armar una película partiendo de un tema central, diversificarse ejemplarmente en múltiples subtemas y aparentar que se está perdido en el rodaje y no se sabe cuál es la línea narrativa pretendidamente buscada. Hasta en tres ocasiones la película recomienza con sus títulos y sus créditos, a la voz de Agüero, “Nos perdimos, Sophie”, dirigida a su montadora, el director aparenta volver a empezar la historia para retomar un hilo que se simula perdido, pero no es más que un resorte narrativo para que la historia avance en múltiples direcciones. No existe tal desorientación, tal falta de rumbo, el punto de partida se sitúa en 1985, cuando su película “No olvidar”, fue censurada y prohibida por el régimen pinochetista. Se trataba de recordar los crímenes de estado ocurridos en Lonquén, donde 15 personas, todas ellas campesinas, fueron asesinadas por carabineros y militares, siguiendo los deseos de un latifundista local, para acallar las protestas de quienes se veían machacados constantemente en su trabajo agrícola, de esas 15 personas, 5 pertenecían a una familia, marido y cuatro hijos varones de Elena Maureira, y ésta era el eje central sobre el que la película se armaba en 1985. Uno de tantos crímenes ocurridos en el país contra los campesinos para que no reivindicaran sus derechos. Cuando a Agüero se le prohíbe la película le surge la duda, ¿qué se puede filmar en Chile en dictadura?, y es cuando hace “Como me da la gana”, un corto en el que entrevista a varios directores chilenos para saber qué es lo que ellos estaban creando, sobre qué habla su cine y por qué no tienen problemas de censura.

Este corto es el que da pie a, 30 años después, retomar la idea para un largometraje, este “Como me da la gana 2”, obra en la que Agüero no se limita a pulsar la realidad del cine chileno actual con entrevistas con Pablo Larraín, Marialy Rivas, José Luis Torres Leiva, Cristian Jiménez y otros en sus propios sets de rodaje, sino que aprovecha para ahondar en la realidad actual de Chile sin perder de vista las referencias del pasado, las diferencias entre la gran urbe de Santiago y los territorios más olvidados de la Patagonia, de Chiloé, de Atacama, recuerda, sin remover, pero sin olvidar, la enorme losa de indignidad de la dictadura, y coloca la mirada, la mirada del cine en el punto central de un proyecto educativo ilusionante y revolucionario, convertir a niños de primaria en guionistas y espectadores de cine clásico, en actividades extraescolares de sábado por la mañana creadas por una activista iluminada, Alicia Vega, alma mater de un proyecto que se ha ido extendiendo por colegios públicos chilenos a lo largo de los años, proyecto en el que, quien sabe, puede encontrarse la raíz del surgimiento de toda una generación de jóvenes cineastas con muchas ganas de contar cosas, de contarlas de forma distinta, y de hacerlas participar en un país donde determinadas sombras perduran.
Hay momentos sublimes en la película, toda ella de por sí excelente, pero nada como ver la mirada de una niña absorta en lo que ocurre en la pantalla del colegio mientras oímos la banda sonora de “Le ballon rouge”. Es obvio que, entre un grupo de 30-40 niños, los hay a los que se está llamando la atención continuamente por hablar, o por mirar el móvil en vez de atender a la pantalla, pero esta niña, molestada por sus compañeros que simulan limpiarle la saliva de la boca al quedarse boquiabierta con  lo que ve, ya ha sido ganada por el cine, es la misma niña que se resiste a abandonar uno de esos objetos precursores del cine hechos por múltiples dibujos que, al pasar muy deprisa, simulan un dibujo en movimiento. El veneno del cine ya ha hecho mella en una persona en el momento justo de formarse, para eso sirve la educación, para fomentar las inclinaciones individuales y enseñar las diferentes propuestas vitales. Esto se consigue con pedagogía, haciendo interesante y participativo el arte de crear imágenes, enseñando que antes de crear la imagen hay un proceso de escritura de lo que se va a contar, un diseño de las imágenes antes de plasmarlas en celuloide o, ahora, en una tarjeta de memoria, y por último, el rodaje. Pero como Agüero no es inocente, no puede dejar pasar la oportunidad de remontarse a los inicios de estos “Talleres de cine para niños”, allá en 1987, cuando la dictadura empieza a verse muy cuestionada y a punto de devolver el poder a los ciudadanos. En esos años de libertad vigilada, de tutela militar y amenaza de reversión, Alicia propone a sus alumnos dibujar una película, hacer el story board en el que cada niño hará un dibujo a especie de fotograma. Alicia invita a los niños a proponer temas para esa hipotética película, salen las vacaciones, las estaciones del año, las protestas, y cuando uno de los niños propone las protestas ciudadanas como tema, rápidamente la mayoría de chicos y chicas la acepta entusiasmados. Las protestas y “100 niños esperando un tren”, título de resonancias históricas para el cine, y, al tiempo, película arrebatadamente contestaría y convenientemente reprimida, en Chile y fuera de Chile. Ese arrebato infantil a la hora de reflejar las protestas de su mayores, choca estruendosamente con otro pasaje de la película, cuando tras volver a recordar el director los sucesos de Lonquén, la imagen se traslada a Santiago y retrata a sus ciudadanos en los autobuses urbanos. Una sociedad dormida, ausente, llevada de un lugar a otro sin participar, como absorta en un día a día que le ha hecho olvidar un pasado muy reciente.

Pero el hilo narrativo vuelve, una y otra vez, al cine actual en Chile, “¿qué es lo cinematográfico en tu película?”, pregunta que repetirá el director a sus compañeros entrevistados interrumpiéndoles los rodajes, y las respuestas serán de lo más atractivo en unos casos y de lo más convencional o decepcionante en otros. Ahora que se puede contar cualquier cosa, Agüero no quiere saber qué es lo que se puede decir en una película, sino qué se busca haciendo una película en el Chile de hoy, desde generar un artificio que contesta Larraín, indagar en la identidad femenina del Chile de 2015 buscando qué es lo que importa externamente y qué es lo natural internamente del ser femenino, dice Maryali Rivas, o indagar en el país de hoy armando una historia para ofrecerla como un documental que no deja de ser una ficción que dice Torres Leyva, o mirar, más que contar o actuar, que dice Cristian Jiménez. Pero al hilo de las respuestas, Agüero aprovecha para ir y volver sobre su propio país, sobre su propio cine, retomar el recuerdo de la dictadura, aprovechar los viajes a esos rodajes para reflejar la realidad de las jóvenes de la zona, sus carencias, sus deseos, su inadaptación a la ciudad y su querencia a regresar a pequeñas comunidades donde todavía está llegando la luz eléctrica. Hablar con pescadores, con seres aislados en comunidades apartadas, recoger el testimonio de un Chile muy diferente al que venden los rascacielos de “Sanhattan”, muelles hundidos que reflejan la imposibilidad de ir a ninguna parte. El cine, como arma política también es condenado muchas veces a no ir a ninguna parte, como su película "100 niños esperando un tren”, boicoteada donde menos se lo esperaba el director, en la URSS cuando acudió a presentarla en Leningrado y ningún espectador apareció en la sala, la película entrañaba cierto peligro para regímenes totalitarios al mostrar cómo la educación, esos niños que acudían a talleres de cine, podían empezar a pensar por sí mismos y reflejar el día a día de una dictadura desde la mirada de la infancia, en definitiva, un arte que podía ayudar a crear hombres libres.
Cierra su película Agüero respondiendo con una rotundidad ambigua a la misma incógnita sin resolver sobre lo cinematográfico. Charlando con su montadora plantea la hipótesis de si el cine es una vía para escapar, esos largos travellings viajeros no parecen expresar esa idea, sino más bien la del viaje como reflejo del paso del tiempo, capturar el instante en el que un suceso ocurre o permanece oculto. El travelling lateral de un viaje, sea en coche, en tren, en tu país o en otro, apenas permite fijar la visión  en algo concreto, todo se difumina, se hace abstracto, inconcreto. ¿Qué es entonces lo cinematográfico? ¿La captura del instante, el azar? “entonces, lo que estoy pensando exactamente” dice la montadora. Pero eso que están pensando los interlocutores nos queda oculto, y tendrá que pensar cada espectador en la importancia de los cinematográfico, aunque en esta película se muestra constantemente en su conseguido reflejo de un país lleno de diversidad, con un pasado reciente que llena de fantasmas y miedos el recuerdo, pero con un presente cinematográfico envidiable. Un país lleno de cementerios, sí, pero en los que la muerte viene acompañada del recuerdo y no del olvido, para eso está el cine, y desde luego que, aunque la película comience tres veces, Agüero no se ha perdido en ningún instante a la hora de contarla, porque a lo mejor, lo cinematográfico se encuentra en esas imágenes familiares no hechas para el cine, las que demuestran cómo es un país alejado de sus ficciones. 

COMO ME DA LA GANA I

Título original: Como me da la gana II. Chile. 2016. Dirigida: Ignacio Agüero.  Guión: Ignacio Agüero. Productora: Ignacio Agüero & Asociado. Producción: Amalric de Poncharra, Viviana Erpel, Tehani Staiger. Dirección de fotografía: David Bravo, Arnaldo Rodríguez, Gabriel Díaz, Ignacio Agüero. Montaje: Sophie França. Sonido: Mario Díaz, Andrea López, Freddy González. Duración: 86 minutos. Presentación: FIDD Marsella.