domingo, 2 de octubre de 2016

SARAH WINCHESTER, OPÉRA FANTÔME (Bertrand Bonello, 2016)

SARAH WINCHESTER, OPÉRA FANTÔME (Bertrand Bonello, 2016)
En apenas 24 minutos, Bonello despliega tal batería de ideas, imágenes, sugerencias, revuelve en los desequilibrios de la mente humana de tal manera que, cuando acaba la película, se desea mucho más. En el mundo del fantasma cualquier opción es válida para manifestarse, entre los pasillos de un teatro o en los recovecos de una mente sugestionable y enfermiza. La representación de lo imposible de alcanzar queda así, solamente, al alcance de lo que el cerebro sea capaz de querer. Y el querer de Sarah Winchester es muy fuerte, revelarse contra su destino de muerte y pretender mantener vivos a su hija y su esposo muertos, Annie y William, hablar con los muertos para mantenerlos en vida. Pensará el lector que Bonello se limita a mostrarnos en imágenes el relato biográfico de la mujer que se casó con el creador del imperio Winchester, un imperio que creció mejorando sus armas mientras la muerte y la locura invadía los espacios de intimidad del hogar, pero no es así, la letra nos cuenta la vida de Sarah, pero es la imagen de la danza, la música de una ópera, el espacio de un (dos) teatros de ópera, los que dan cobertura escénica a la representación de una vida.
«Sarah Winchester» es el ejemplo del oximorón artístico, la obra plena que no va a existir jamás pero que se nos ofrece como un «huis-clos» completo, es la preparación de un estreno que no va a tener lugar, de una ópera inacabada en la que todas las artes forman parte del espectáculo que no va a llegar nunca, de una historia macabra entre la locura y el delirio, un personaje real que se aproxima a aquel Charles Foster Kane pero con un armario lleno de cadáveres, obsesionada Sarah  por la muerte a su alrededor, pero incólume al sufrimiento y dolor que genera el armamento que produce. Cuanto mayor es el dolor interno más se incrementa el volumen de ventas de sus sucesivos rifles, del Winchester 66 al 76 las ventas se elevan en más de 1.000.000 de unidades en los Estados Unidos. Para reflejar el estado mental de Sarah, Bonello se sirve de una bailarina, Marie Agnes Gillot, un cuerpo cercano a la caquexia, puro hueso y fibra, un cuerpo incapaz de alimentar a su hija que murió poco después de nacer de marasmo, un cuerpo que da vida al espíritu de una persona que negaba la muerte de sus seres cercanos mientras administraba la fortuna generada por causar la de los demás. Un imperio económico cimentado sobre el horror de una guerra, en este caso la civil norteamericana, a quien el éxito económico le pagó con la muerte más dolorosa. Su negación  llevó a Sarah a crear la ficción de tener que encadenar comportamientos excéntricos, uno tras otro, para mantener consigo a sus seres queridos, hasta el mayor de ellos, el que conforma el núcleo central de la película, la construcción de la mansión Winchester.
Un mausoleo viviente que recuerda al famoso «Xanadú» de Welles, una mansión condenada al crecimiento infinito hasta alcanzar 24000 m2 de superficie, 32 años de contrucción, 7 plantas, 160 habitaciones, 40 dormitorios, 6 cocinas, 2 salas de baile, 3 ascensores, 950 puertas, 10.000 ventanas.......y todo para cumplir la profecía de una medium con la que, supuestamente, Sarah contactaba con su hija y su marido. «Eres responsable de nosotros, tienes que construir un refugio» le transmitirá la medium, y en ese empeño, desde 1884, hasta 1922 en que muere Sarah, dedicará todo el resto de su vida, en construir un espacio habitable para sus fantasmas, un espacio amplio y cómodo en el que puedan moverse con libertad. Aunque parezca mentira, todo esto lo cuenta Bonello en poco más de 20 minutos, y al tiempo nos muestra el sufrimiento de la creación, el sinsabor del fracaso, la soledad de la obra inacabada para la que se anuncia, en boca del director musical y escénico, un heterónimo del propio Bonello seguramente, encarnado por Reda Kateb, que «esta ópera no se va a representar».
«Baila pero no te muevas», mueve tu cabeza para explicar lo que pasa por la mente de Sarah, toda la obra está llena de espejos deformantes, empezando por la ruptura espacial que representa ver el escenario del Palais Garnier donde está la bailarina y el patio de butacas de la Opera de la Bastilla donde está el director. Un juego en el que Bonello sumerge al espectador para desubicarlo y trasladarlo al interior de la casa Winchester, porque tras los carteles (elaborados con un gusto y una tipografía exquisitos) donde se explican los hechos biográficos, Bonello acepta el reto de representarnos la casa sin abandonar el espacio interior de la ópera, y para ello las estancias múltiples, los espacios de los fantasmas, pasan a ser los corredores y bambalinas de ambos teatros, o de uno de ellos, eso lo desconozco. En este caso quien paga puede que no haya exigido, pero financiada la obra por la Ópera de Paris, que cuenta con dos sedes permanentes, Bonello se ciñe a ese espacio y no lo abandona, pero para conseguir el halo misterioso, el lado fantasmagórico que rodea al personaje principal, introduce un elemento sobrenatural inquietante, una niña deambulando en camisón y ensangrantada por los espacios de esas habitaciones de las que se nos habla, habitaciones llenas de trampantojos, falsas chimeneas, falsas puertas destinadas a dar servicio solamente a los habitantes incorpóreos de la mente de la madre y esposa. Esa declaración final de amor, que enfrenta a mujer y niña con la voz de un hombre superpuesto, demuestra fehacientemente el desequilibrio del personaje en permanente conexión con quien ya no está, ya no es la presencia, la silueta, la sensación, es la visión directa de la hija muerta ante el cuerpo inmóvil de la bailarina. Bonello es un director que me sorprende y me atrae en cada propuesta, un creador que siembra de retos su cine y no se acomoda con la línea fácil de repetir un modelo. Es posible que ser francés suponga una ventaja, allí el Louvre le puede pagar una película a Sokurov y la Ópera a Bonello, manteniendo la libertad absoluta para crear mientras se hable de las instituciones. Chapeau, este chauvinismo me parece envidiable.