lunes, 31 de octubre de 2016

TEMPESTAD (Tatiana Huezo, 2016)

TEMPESTAD (Tatiana Huezo, 2016)
Las periferias (desde nuestro etnocéntrico punto de vista) siguen proporcionando al espectador menos complaciente con las carteleras convencionales, demostraciones palpables de cómo ser novedoso a la hora de contar una historia, o dos en este caso, que no son sino el reflejo crudo del estado de un país. No hacen falta ficciones para contar historias cuando la realidad sobrepasa el mínimo de racionalidad en el comportamiento del género humano. «Tempestad» es un documental, si, pero es mucho más que eso. No es un mero reportaje de denuncia ni una recopilación de imágenes más o menos relacionadas con lo que se cuenta. En «Tempestad» la imagen y la palabra parecen escindirse, pero solamente hay que estar atentos para reunir los dos elementos en una unidad inquebrantable, porque lo que se cuenta en palabras no es dificil de imaginarlo en las imágenes de un largo viaje, el que se inicia a la salida de un presidio en Matamoros y el fantástico plano final desde el interior de un cenote con un cuerpo de mujer flotando en la superficie, unn cuerpo mutilado físicamente pero que, en su interior, como el de la otra protagonista, han sido avasallados, maltratados, cercenados en una parte importante de su ser.

Una de las películas mejor valoradas en la pasada edición de Documenta Madrid se revela así, como un largo viaje de exorcismo para sacar fuera aquello que duele sobremanera en el cuerpo y en la memoria de dos mujeres, Miriam Carbajal, una presa acusada de pertenecer a una banda organizada que secuestra personas, y Adela, trabajadora de un circo, payaso elegante, que 8 años atrás sufrió el secuestro y desaparición de su hija mayor camino de la universidad. Huezo aprovecha ese recorrido, ese ir y venir por el recorrido vital de dos mujeres, para retratarnos sin palabras redundantes, sin discursos moralizantes, sinn contrapuntos enfáticos, la dura realidad de un país mítico que pervive corroído por los carteles, la corrupción, el crimen organizado y el maltrato generalizado que supone la negación absoluta del valor de la vida humana. En el relato de ambas mujeres, a Adela la veremos ante la cámara, y suponemos que a Miriam flotando en ese cenote, se desgrana la sangrante y vergonzante realidad de un país que funciona en compartimentos estancos, y en el que lo mejor que te puede pasar es no llamar la atención de quien no atiende a legalidades ni compasiones.

Si la voz es reflejo contundente de un relato insoportable, la imagen acompaña el discurrir de las palabras con un permanente cielo oscuro. Frío, lluvia, niebla, noche, la imagen contraria del idealizado México caluroso, festivo, playero. Rostros que miran sin ver, jóvenes, viejos, niños, hombres y mujeres que se desplazan de un lugar a otro con la permanente incógnita de saber si llegarán a destino o en el camino se cruzarán con el narco, o con el ejército y la policía, con ganas de encontrar culpables. En ese itinerario, las carreteras están plagadas de vehículos policiales, pick-ups y tanquetas armadas hasta los dientes, patrullas rodantes con soldados empuñando ametralladoras silenciosas pero dispuestas a servir para lo que fueron diseñadas. Una apariencia de control y seguridad fácilmente eludible y que no evita lo que ambas protagonistas nos cuentan, que el poder bicéfalo que domina México siga tratando a los ciudadanos como mercancía fungible. Una cárcel sin policías, sin rejas, donde el control lo llevan los propios presos y una policía que no investiga un secuestro porque los principales sospechosos apuntan a hijos de la propia policía federal. Narcotráfico, prostitución, policía e impunidad relatados por dos mujeres valientes que saben a lo que se exponen revelando públicamente lo que han pasado y todavía les amenaza.
500 dólares a la semana para permanecer viva en la cárcel, años de búsqueda para que la administración no quiera investigar, meses en prisión sin juicio que terminan de la misma manera que empezaron, quedando en libertad sin explicación mientras has vivido un infierno dentro para no ser ultrajada, violada o asesinada, como aviso a las siguientes presas que entren entre los muros de una cárcel de mujeres controlada por hombres armados, sicarios del cártel correspondiente. Cómo Tatiana Huezo es capaz de obtener belleza a partir de la armazón cruel del relato es algo que merece ser resaltado. La concepción formal de la imagen, huyendo de lo insano para acudir a lo cotidiano, oscurecido por esa tempestad que se aproxima sobre México y coloca a los personajes en la antesala de la llegada de una nueva y eventual catástrofe, una belleza que traspasa al relato oral en el que el mundo del circo al que pertenece Adela, viene a recogerse en aparentes fotogramas que simulan fotos fijas, personas que luchan día a día por sobrevivir, transmitiendo su conocimiento del espectáculo a sus hijas a la espera de la siguiente representación, donde se olvida el dolor interno y sobresale la risa obligada de quien se presenta ante el público libre de equipaje.
La historia puede transcurrir de la risa al llanto en apenas décimas de segundo, como la espera de la libertad puede venir precedida del relato de cómo se asiste a un asesinato masivo en la prisión, siguiendo un ritual macabro que acaba con los inmigrantes impedidos de abonar las cuotas semanales a golpes, mientras los demás esperan su turno, muertos a manos de quien, una vez en libertad, es visto amorosamente en compañía de sus hijas. Las figuras humanas quedan en suspenso según avanza el relato, la fragilidad de sus presencias no puede resistir la amenaza del mal (planos herederos del Reygadas de Post tenebrax lux o de Pablo Chavarrías, aparecen en la pantalla con sentido); esa hija superviviente por haber sido demasiado pequeña ha de sentir el aliento perturbador del porqué ella se ha librado bajo ese cielo amenazante y brutal. Policías que se mueven como fantasmas encapuchados entre los coches a la búsqueda no se sabe muy bien de qué, cuando el crimen permanece en las alcantarillas del propio sistema y no se desplaza a diario y a plena luz del día para ser sorprendido, pero que transmiten la culpa de la tragedia y el descontrol a todos los usuarios de las carreteras plagadas de armas. Esa normalidad de un viaje lleno de anormalidad, de paradas forzadas, de requisas de documentos, de preguntas estúpidas mientras el trayecto se eterniza para llegar a ese destino perdido en la zona cálida de México de donde fuiste secuestrada policialmente para iniciar un trayecto inmerecido, cuya única culpa es la de haber nacido en el país que necesita justificar un número de detenciones periódico.

Personas, paisaje, vehículos. Armas y muerte. No vemos lo que oímos, pero se siente plenamente la angustia, la rabia, la impotencia de un país que cede parte del estado a poderes incontrolables. Huezo recoge miradas de aparente vacío, al azar, durante ese viaje, caras somnolientas, rostros infantiles hurtados de la sonrisa, payasos tristes, acróbatas ensimismados. Todo ello con la construcción de planos bellísimos, imágenes subyugantes procedentes de un mundo fantasmal y peligroso. Es la estética del momento y no la estética rebuscada y artificial. Es un documental y no una ficción, pero encierra tal creación en su concepción y en su desarrollo que vuela muy alto en su discurrir artístico. Una maravilla.