jueves, 2 de febrero de 2017

SING STREET (John Carney, 2016)



 SING STREET (John Carney, 2016)

Hay directores que se especializan en un contenido y consiguen pequeñas joyas que, aunque bien reconocidas, suelen pasar medio desapercibidas en cartelera. Carney lleva una carrera consecuente y heredera de su descubrimiento a nivel mundial, “Once”; melodrama romántico y musical de una pareja efímera abrumada por sus situaciones personales y por el miedo compartido al éxito y, también, al fracaso. Carney se ha mantenido fiel a conjugar sus historias con la música “pop”, ya sean creadores o personas relacionadas con el mundo del mercado musical, el director irlandés, con el paréntesis neoyorkino de “Begin again”, prefiere los entornos de Dublín para contar historias con las que te sientes cómodo, relajado, disfrutas incluso cuando ves a los personajes sufrir, es esa melancolía dulzona, esa tristeza alegre que rodea el enamoramiento y la creación musical, y que te dibuja una mueca de bienestar durante el tiempo de proyección. “Sing Street” abandona a los adultos o jóvenes adultos, que aquí quedan dibujados como esquemas de personas que han perdido toda ilusión y toda esperanza; para centrarse en la adolescencia de los primeros 80, en una Irlanda azotada por la pobreza, por el paro, por la iglesia católica, dentro de una familia de clase media que ve cómo su suelo se mueve y pierden el paso a punto de convertirse en clase baja, una familia a punto de estallar, y cuyo protagonista, Conor, extasiado tras ver un video de Duran Duran, idea un plan para enamorar a la chica guapa e innacesible. 




Y es verdad que Carney echa mano de muchos tópicos en la construcción del armazón que sostiene el conjunto, pero en ellos termina habiendo un componente simpático o de justificación de acciones posteriores que no desagrada, que nos acompaña sin molestar, porque entre tópico y tópico, hay grandes y enormes momentos. ¿A quién no le han temblado las piernas ante el matón del instituto, quién no se ha ruborizado y agachado la mirada ante la guapa que, ocasionalmente, te dirigía la palabra, quién no ha soñado con tener un grupo, o ser escritor, o artista? Esos sueños de adolescencia que casi nadie intenta pero que para Conor son la válvula de escape perfecta para sustraerse de la realidad que le rodea y creerse que, un objetivo de seducción, puede convertirse en un proyecto serio de futuro, un personaje que, como excepción, se enfrenta a todos los riesgos para superarlos, sin temer en el fracaso. El ascendente de Conor, su manager en la sombra, es su hermano mayor, Brendan. En la relación entre hermanos, Carney consigue el elemento más sólido y creíble de la película, la que existe entre Conor y Raphina viene marcada por los vaivenes sentimentales, la falta de madurez, lo irreflexivo y lo espontáneo, pero entre Brendan y Conor, sin éste valorarlo hasta el momento justo, lo que existe es una educación sentimental y protectora sin agobios por parte del hermano mayor, un sustituto de un padre alejado de sus hijos, un hermano que le enseña música, que le indica cómo orientarse en esos principios de vida y al que Conor obedece, no por temor, sino por respeto y por creencia en lo que su hermano dice, un hermano que ya ha renunciado a los sueños, que ve en su hermano pequeño aquello que no se atrevió a hacer en su momento, y que vive refugiado en un hogar que no le pertenece, inactivo, dejando pasar los días y escuchando la música que, quien sabe, podría haber sido la suya si se hubiera decidido a dar el salto y marcharse a Londres, idealizada aquí como el lugar de las oportunidades. 




Este “maravilloso año” de Conor y su banda, los Sing Streets, la composición de las canciones, las referencias nada ocultas a grupos del momento que marcan la estética de los chavales cada pocas semanas según el hermano mayor va dejando discos de Duran Duran, Spandau Ballet, David Bowie, The cure, The jam, Joe Jackson, Culture Club…………, las creaciones videoartísticas del grupo, inspiradas en esos programas de televisión que ahora han desaparecido, pero que mantenían una relación entre el público y sus grupos a la espera de nuevos vídeos de sus canciones, vídeos que vistos ahora nos sonroja pensar cómo nos podían gustar; son elementos que van haciendo crecer la película, haciéndonos coger cariño a ese grupo de chicos en los que reconocemos muchas de nuestras tonterías y sueños juveniles, una edad tormentosa y de dudas que todos sobrellevan con audacia y rebeldía. Claro que se pueden poner “peros” al conjunto, pero predomina esa nostalgia ochentera que ya nos pilla tan lejos, la época de las hombreras y los abrigos largos, los sintetizadores en la música, una de las edades doradas del pop británico repasado sin complejos por el director, quien junto con Gary Clark o Adam Levine, añade nuevas canciones que no desentonan y que adoptan los ritmos y melodías de los originales haciéndonos pensar dónde estábamos nosotros en los 80 y con qué soñábamos. 




Carney consigue, partiendo de una realidad social dura y descarnada, y otra familiar desestructurada y bastante caótica, plasmar un reflejo de la Irlanda de los 80 sin cebarse en el aspecto negativo (no es el cine de Loach pese a que el ambiente, los personajes, las relaciones de poder son equiparables); no ocultando los aspectos criticables pero construyendo una película vitalista, alegre, divertida, pero también fugazmente melancólica, depresiva. Una película a destacar mezclando realidades adversas sin ocultarlas pero sembrando optimismo a su paso. Pensar a lo grande para, por lo menos, seguir flotando con esperanzas. 




Irlanda. 2016. Título original: Sing Street. Director: John Carney. Guion: John Carney. Fotografía: Yaron Orbach. Duración: 105 minutos. Productora: The Weinstein Company / Cosmo Films / Distressed Films / FilmWave. Montaje: Andrew Marcus y Julian Ulrichs. Diseño de producción: Alan MacDonald. Diseño de vestuario: Tiziana Corvisieri. Intérpretes: Aidan Gillen, Jack Reynor, Maria Doyle Kennedy, Lucy Boynton, Kelly Thornton, Kyle Bradley, Lydia McGuinness, Ferdia Walsh-Peelo, Mark McKenna, Pádraig J. Dunne. 

THE RIDDLE OF THE MODEL