miércoles, 24 de mayo de 2017

ELLA, YO Y EL OTRO (CÉSAR ET ROSALIE, Claude Sautet, 1972)



ELLA, YO Y EL OTRO (César et Rosalie, Claude Sautet, 1972)

 


¿Por qué una historia avocada al sufrimiento es capaz de transmitir tanta vida, tanta esperanza, y en el fondo, tanta alegría de vivir? ¿Cómo puede parecer tan moderna 45 años después? El planteamiento de un triángulo amoroso suele pecar de sentimientos de culpa, de desesperaciones sentimentales, de un progresivo hundimiento en las simas de la autodestrucción y de perjudicar al otro, pero Sautet es capaz de mostrar una historia de amor a tres bandas con absoluta libertad, mostrando a las claras lo que cada uno de los personajes quiere, lo que no satisface, hasta llegar al punto de equilibrio que no excluye a ninguno, ni hace predominar una relación sobre otra. No es una historia de adulterio, no es una historia de engaño, no es una historia desesperanzada, sino una historia humanista donde el diálogo termina triunfando sobre la mediocridad de la violencia, concediendo espacio y libertad a sus personajes estos consiguen transmitir una empatía que les engrandece. Para ello no hace falta enormes despliegues visuales, ni puestas en escena deslumbrantes, en la sencillez del ritmo, en la sencillez de la vida cotidiana, en los gestos y miradas de cada actor de este drama contemporáneo y sosegado, se dibuja la perfección de una película que consigue un equilibrio inestable pero tranquilo en medio de la vorágine que cuenta. 


La aparición del espectro, del fantasma del pasado, se inmiscuye en la relación entre César (genial Yves Montand) y Rosalie (Romy Schneider); la vuelta a Paris tras unos años desaparecido de David (Sami Frey), produce una revolución en la vida de la pareja. El espíritu del artista, David es dibujante de comics y abandonó a Rosalie sin explicaciones antes de que la vida en común fuera un hecho incontestable, se enfrenta al espíritu del hombre de negocios, arrogante, acaparador, manipulador, organizador, fanfarrón, afortunado, César es la antítesis de David, y por eso los ojos de Rosalie miran con el mismo interés a ambos, el complemento perfecto sería la unión de ambos hombres, pero los dos, por separado, producen insatisfacción, y los dos al mismo tiempo parece una conquista imposible de mantener. Impulsivo, posesivo, egocéntrico, César conoce a David sin saber quién es ni lo que ha sido en la vida de Rosalie, en medio de la nueva boda de la madre de Rosalie ambos hombres se presentan y David confiesa a César su amor por la mujer. Tomado a broma por el personaje que interpreta Montand, la semilla de la duda y de los inquietos celos va acrecentándose en el interior de un hombre seguro de sí mismo que, por primera vez, tiene que establecer una competición inesperada donde el dinero no garantiza el éxito, y que cuanto más inseguro se muestra en su relación con Rosalie y su futuro, más divierte a la mujer porque le hace más humano, más vulnerable.



Montand borda ese papel de noble bruto con arranques de ira de los que se arrepiente inmediatamente, superado por los acontecimientos no es capaz de comprender cómo Rosalie puede alternar uno y otro hombre y mirar a ambos con los mismos ojos de alegría contenida, la simple presencia de ambos ilumina la mirada de la mujer, compartir un desayuno, un paseo o un día de playa es suficiente, y nunca sentirá incomodidad en presencia de los dos hombres al mismo tiempo. Si a Sautet sus contemporáneos le menospreciaban porque su lenguaje cinematográfico era “poco moderno” y estaba anclado en la convención anti-montaje de la nouvelle vague, revisar su cine es encontrarse con la modernidad perenne de sus historias, sus personajes, sus situaciones, sin que el paso del tiempo enmohezca su imagen. Si “Jules et Jim” es el paradigma del triángulo amoroso desde los albores de un nuevo movimiento cinematográfico, “César et Rosalie” (título original frente al infame pastiche patrio a la hora de nombrar la película) es igualmente moderna y anticonvencional, es el triunfo de la razón sobre la pasión sin que ésta desaparezca, es llegar a un pacto de no agresión con apariciones y desapariciones, con elipsis que van haciendo de los personajes seres de completa humanidad dedicados a conocerse e intentar comprender al otro.



El personaje de Romy Schneider es la sonrisa permanente, la sonrisa que desarma, la sonrisa que hace de la belleza un paradigma inigualable; David es el espíritu del atormentado artista incapaz de decidirse, pudo haber vivido con Rosalie y decidió desaparecer, superado por la responsabilidad, su perfil pálido, su aire melancólico, su pasear ausente y siempre a medio camino de sincerarse o volver a desaparece;, César es el ímpetu, el don de gentes, avasallar no dejando hablar ni pensar a los demás, convertirse en el centro de atención rápidamente, sonreir sin perder por un solo instante el control de todo lo que le rodea. Tres caracteres tan contrapuestos que en la diferencia encuentran el complemento hasta el punto de que nada extraña cuando César y David consiguen hacerse amigos y compartir techo y mujer unos días. Puede no ser una situación idílica, pero para ambos hombres puede ser suficiente, lo que ocurre es que no han contado con el espíritu libre de Rosalie, que si algo detesta, es el control, el que alguien decida por ella. Si Rosalie decide desaparecer no sorprende, pero tampoco lo es que ambos hombres entablen una amistad sin rivalidad. En la escena final el plano/contraplano de los dos hombres elevados sobre la presencia de la mujer, que les mira desde el suelo mientras ellos comen en una habitación de la vivienda de César, hace intuir que renacerán las rivalidades no exentas de un afecto real entre todos ellos, que la historia cíclica puede reanudarse o que, simplemente, como en “Viridiana”, todo concluya con una partida de cartas. Rosalie atraviesa una verja que la separa de los dos hombres y vuelve a observarles con la misma mirada franca y risueña, más sosegada por el paso del tiempo; buscando directamente los ojos de ambos, unos ojos que sonríen sin necesidad de ver la boca, los que quedan petrificados son ellos dos, los que habían asumido que Rosalie había desaparecido y nunca más volverían a saber de ella, ¿cómo enfrentarse nuevamente al desafío de esa mirada desarmante?. No podemos olvidar que la casa a la que Rosalie vuelve es a la casa de César, señal, indicación, pista de la verdadera intención de la mujer y dónde puede estar el amor permanente y dónde la pasión agotadora o agotada. Asistimos como testigos de un episodio objetivo, somos espectadores de una historia que nos cuenta un narrador que se muestra en plenitud en los instantes finales, pero una película tan grande como ésta no puede concluir con un mero resumen de lo que cada personaje ha hecho después de lo que parece la separación definitiva contado por la voz neutra de un narrador anónimo; queda el “tour de force” final, la última vuelta de tuerca, el último reto, ahí abandonamos a los personajes y dejamos que su intimidad arregle la nueva coyuntura surgida, ahora es Rosalie la que busca, no la buscada. Una curiosidad añadida, ver a Isabelle Huppert adolescente.




César et Rosalie. Francia. 1972. Director: Claude Sautet. Intérpretes: Yves Montand (César), Romy Schneider (Rosalie), Sami Frey (David), Bernard Le Coq (Michel), Eva Maria Meineke (Lucie Artigues), Henri-Jacques Huet (Marcel), Isabelle Huppert (Marité), Gisela Hahn (Carla), Betty Beckers (Madeleine), Hervé Sand (Georges), Umberto Orsini (Antoine). Michel Piccoli (voz, narrador). Guión: Jean-Loup Dabadie, Claude Néron e Claude Sautet. Fotografía: Jean Boffety. Música: Philippe Sarde. Producción: Fildebroc, Mega Film, Paramount-Orion Filmproduktion. DVD Lume Filmes. 107 min