martes, 23 de mayo de 2017

HARMONIUM (Fuchi nin tatsu, Koji Fukada, 2016)

HARMONIUM ( Fuchi ni tatsu, Koji Fukada, 2016)

Tan, tan , tan, tan........un metrónomo marca el ritmo a seguir para que una niña ensaye una pieza musical en un harmonio, tan, tan, tan, tan, ese ritmo mecánico y consecuencia de principios de mecánica que hacen que un cuerpo mantenga el movimiento de manera oscilante,constante y perpetuo por sí solo, no parece contagiar el ritmo de la relación entre el matrimonio de Toshio y Akie, padres de Hotaru, un ritmo contagioso para cualquiera pero que no afecta a una relación gélida, apagada, silenciosa, mantenida por la costumbre y que sólo la presencia de la niña puede llenar de vida en algún momento. Ese tan, tan, tan......que para la niña es tan natural como para dejarlo en movimiento incluso cuando hay que ir a la mesa, pero que es rápidamente parado por orden de los adultos simboliza los ritmos internos, no audibles, no expresados, de esos adultos, verdaderos magmas muy sólidos y vivientes a punto de erupción  a poco que la vida siga generando una tensión invisible pero latente. El detonador definitivo que pone patas arriba una relación moribunda, en la que nos preguntamos cómo pudieron llegar  a amarse ese hombre y esa mujer, lo aporta el personaje de Yasaka, una aparición repentina que procede del pasado y cuya relación con Yoshio se mantiene oculta por pacto entre ambos hombres, pactos de silencio ineficaces cuando la presión atenaza el estómago, las arterias se colapsan, el corazón late aceleradamente, los silencios se rompen y el castigo o el perdón se acercan a la misma velocidad sin capacidad de decidir cuál llegará primero.

El harmonio juega su papel como elemento de introducción de una desarmonía en la pareja desde el momento en que el marido decide acoger al aparecido en su casa, proporcionarle un trabajo durante unas semanas, y no informar a la esposa de las razones de ese trato de favor. El contraste entre el comportamiento de Toshio y Yasaka es tal, que la aparente dejadez del marido, la falta de delicadeza, de atenciones hacia su mujer, provoca en ésta una curiosidad que va aumentando hasta la atracción hacia el extraño, algo a lo que el personaje de Yasaka también juega movido por ese pasado que desconocemos pero que se antoja inquetante, como si en su aparición, en su composición gestual y estética armónica, siempre vestido con camisa blanca y pantalón negro, incluso en una excursión campestre, estilizado y con gestos de comportamiento entrenado, espaldas rectas y reverencias corteses, estuviera introduciendo en la familia de Yoshio el germen de la destrucción; como si ese pasado que se nos oculta, que Yasaka no parece utilizar como chantaje sino como justificante de una ayuda puntual y limitada, fuera poco a poco adueñándose del relato y ocultara, de manera taimada, el propósito destructor del aparecido, y nunca mejor dicho, pues su presencia comienza a parecer la de un espíritu que recorre los lugares de aquél que, en el pasado, pudo dejarle solo en un momento dificil; colocando a Yasaka en esa tesitura de compartir responsabilidades o mantener en solitario unas consecuencias como hizo en un momento en que no estaba dispuesto a seguir viviendo, pero que pasados 11 años se han convertido en rencor ante la falta de generosidad de quien ha rehecho su vida, tiene una esposa, una hija y una vida sin pasado conocido, ese rencor y odio con el que Yasaka controla y humilla a Yoshio porque sabe que éste nunca va a responder so pena de perder lo que ha conseguido en ese tiempo. Si Yasaka no puede olvidar ese acto que, de manera impactante nos revela la película en el interior de un bar, Yoshio se comporta como si una lobotomía hubiera eliminado de su cerebro todo lo que sucedió más allá de 11 años, un olvido que Yasaka no está dispuesto a asumir, presentándose, en este caso, como catalizador de la confesión, como acicate de un recuerdo dormido que no es justo que permanezca de esa manera, ofreciendo una imagen equivocada del hombre a su familia.

Una de las grandes virtudes de la película, además de su inquietante y progresivamente opresiva puesta en escena al ritmo en que Akie y los espectadores vamos descubriendo la realidad de ese pasado, es la manera precisa y perfecta con la que Fukada nos mantiene ignorantes de los hechos que no vemos. Aquello que los personajes no cuentan o no vemos mientras les acompañamos, no somos capaces de responderlos. A  mitad de película se produce un suceso tremendo, al mismo nivel de sobrecogimiento que el que concluye el relato y que se mantienen desconocidos para todos de manera asimétrica; en el primero solo vemos el resultado y las personas que tienen conocimiento de él, situación que concluye abruptamente con un fundido en negro mientras Yasaka abandona el plano y no volveremos a verle, dejando en la incógnita a los padres y al espectador; mientras que al final contemplaremos todo, las personas que participan y lo que ocurre, menos el desenlace final. ¿Es necesario saber todo para formarse una opinión, para juzgar a los personajes y su comportamiento? Accidente o agresión, salvación o muerte colectiva, el desenlace y el conocimiento de lo que realmente ha pasado pierde eficacia desde el momento en que hay otros dos momentos cumbre de la historia, las respectivas confesiones de los dos hombres al personaje femenino, confesiones separadas por ocho años de distancia durante los que la culpa que atenaza los músculos sobrevuela el día a día de unos padres sin respuesta, pero a quienes la ignorancia no exime del pecado previo. Esa madre que se limpia convulsivamente las manos, como aquella otra que se abofetea sin compasión, limpiando lo que no está sucio, está tratando de lavar unas culpas que intuye pero no conoce, una sombra de sospecha que siempre ha sospechado pero que ha preferido no conocer, como si la vida empezara donde uno conoce al otro y previamente no existiera un pasado que no nos interesa desvelar.


La canción que canta Yasaka minutos antes de que todo se desmorone y salte por los aires, es premonitoria, «los días felices nunca volverán», una presencia anónima, sigilosa, apenas visible pero que poco a poco se va ganando la confianza de la mujer y de la hija y que esparce el virus de la culpa para no soportar en solitario, y en exclusiva, una responsabilidad que es compartida; una presencia que desaparece físicamente a mitad del relato pero que no deja de influir completamente sobre la vida de los que permanecen, obsesionados por una búsqueda que les otorgue la paz de una respuesta, una búsqueda que se convulsiona cuando de manera ocasional, hasta fortuita, el hijo del desaparecido obtiene trabajo en el taller mecánico de Yoshio y remueve aquello que persistía más como costumbre obsesiva que como un objetivo realizable. Yasaka desaparece, pero su presencia se mantiene invadiendo la intimidad del matrimonio. Espacios tan neutros como un bar o una oficina pueden servir de catalizadores de un momento de debilidad psicológica para compartir un error, una maldad, una culpa silenciada y no castigada, la trama, con su inquietante puesta en escena y que mantiene en tensión al espectador, ávido de conocer y saber más, no deja de ser un macguffin innecesario si se quiere, pero tremendamente efectivo para adornar el silencio del personaje de Yoshio y su progresivo acercamiento al precipicio y al momento de pagar por unas culpas enterradas en el fondo de su cerebro, y que pretende trasladar a su familia como ejemplo del castigo recibido, cuando él, de manera individual, no ha asumido responsabilidad previa alguna.  El relato según avanza y se acerca a su conclusión se va impregnando de un elemento onírico que coadyuva a la sensación de irrealidad en la que los personajes principales van sumiéndose cuanto mayor es su información y su concienciación responsable. Akie sueña o tiene una aparición como la tiene Yoshio al final de la película, inmerso en la profunda sima de su propia caída personal y necesitado de una respuesta positiva para poder asumir el futuro, aunque una negativa no dejara de evidenciar la necesidad del castigo. Alejada de las propuestas japonesas que llegan a nuestra pantalla, adormecido el cine japonés exportado de la mano de ejemplos muy menores, alguno incluso vergonzante como el de Yamada, o irrelevantes como Kore-eda o Kawase, Fukada demuestra un pulso muy vivo en las nuevas generaciones de cineastas japoneses, condenadas a exhibiciones muy limitadas, salvo aquellas que cuentan con producción francesa, como es el caso, y que pueden terminar llegando a las salas y no sólo a las filmotecas. «Harmonium» es un relato complejo, demostrativo de los males y fantasmas de la institución familiar, rodado con solidez y sin trampas argumentales que dejan al espectador en el mismo lugar que a los personajes. Ver esta película de Fukada genera la necesidad de ver sus obras anteriores, y, como no, las que lleguen en el futuro.



Título original: Fuchi ni tatsu. Título español: Harmonium. Japón. 2016. Dirección y guión: Kôji Fukada. Producción: Nagoya Broadcasting Network. Productor: Hiroshi Niimura, Yoshito Ohyama, Masa Sawada, Tsuyoshi Toyama. Fotografía: Kenichi Negishi. Montaje: Kôji Fukada, Julia Gregory. Ayte. de dirección: Saku Yamato.Música: Hiroyuki Onogawa.Sonido: Junji Yoshikata. Intérpretes: Mariko Tsutsui, Tadanobu Asano, Kanji Furutachi, Kana Mahiro, Takahiro Miura, Momone Shinokawa.Duración: 118 min. Un certain regard Cannes 2016.