jueves, 4 de mayo de 2017

JÚLIA IST (Elena Martín, 2017)

JÚLIA IST (España, 2017)


La apacible comodidad de una clase media alta crea refugios ficticios para sus cachorros. Refugios en los que siguen siendo tratados como niños cuando sus comportamientos en la intimidad son los de adultos. Convencidos de que no van a crecer nunca, las conversaciones entre Julia y su madre ante el inminente viaje de aquélla a Alemania, para pasar un curso Erasmus, no son sino un catálogo de recomendaciones y recuerdos sobre lo que ha de llevar y lo que no tiene que olvidar. Madres ejerciendo de tales durante toda su vida cualquiera que sea la edad de los hijos, renuentes a abandonar el papel de personas pendientes de otros, e hijos que se resisten a crecer autónomamente, en cápsulas de aislamiento sin preocupaciones, amparados sine die hasta que decidan irse de casa cuando les convenga, pero sin terminar de romper definitivamente, manteniendo esos espacios que fueron suyos aunque ya tengan su propia casa y compañía, cómodos en la posición del que espera que todo se les de hecho y resuelto. Para Julia es la primera ocasión en la que va a tener que arreglárselas por su cuenta, prepararse lo más básico como puede ser la comida o la ropa, encargarse de la intendencia doméstica y lidiar con costumbres y exigencias diferentes, comprobar que hay otras culturas y otras maneras en las que los jóvenes largan amarras, incluso asumir que mantenía una relación por simple rutina y para no ser menos que sus amistades, pero con la que no existe la más mínima empatía.

Resulta imposible no recordar «Las amigas de Ágata» (reseña de las amigas de Ágata) viendo «Júlia ist», es como si el papel que interpreta Elena Martín, directora de la película, fuera la continuación de aquella joven que, ante el tránsito a la universidad, se da cuenta de que lo que era válido para el colegio ha dejado de interesar cuando uno va creciendo y conociendo más, a otras personas, otras ideas diferentes. Ahora ya estaría asentada e integrada en sus cursos de arquitectura, manteniendo incluso amistad con alguna de las amigas que parecían iban a quedar relegadas en ese paso a la madurez (otra actriz, Carla Linares, repite en esta película). Han pasado unos años y asistimos a su lógica evolución. Esto no es del todo cierto, ambas películas no son continuación, no son los mismos personajes femeninos, pero cuadra perfectamente esta interpretación, sobre todo porque «Las amigas de Ágata» tiene algo de iniciático, de bases de un proyecto que puede terminar implosionando, o explosionando, si estos trabajos de fin de grado se consolidan en la universidad Pompeu Fabra y no se convierten en copia unos de otros siguiendo un modelo de aparente éxito, si no de público, si de quien escribe profesionalmente sobre cine. Quien sabe si, posteriores proyectos no convierten a esta joven directora-actriz catalana en un dopplenganger contemporáneo del añorado Antoine Doinel, en esta versión de hija burguesa de un mundo que se desploma perdiendo derechos y libertades frente a aquel de ensueño en el que se desenvolvían las andanzas libertarias del personaje de Truffaut.

La directora siente muy cercano lo que retrata, ella misma reconoce haber utilizado sus propias vivencias como estudiante en Berlín, junto con las de sus amig@s y conocid@s; el miedo a la soledad, la sensación de abandono, los problemas de integración, la inevitable conexión con desconocidos, el encuentro casual que te hace conocer gente que te interesa, el necesario afán de experimentar, de conocer, de aprender. Sentirse libre al tiempo que uno se siente abandonado en medio de un caos que te supera y para el que nadie te ha preparado ni te ha animado a conocer. En el paso de Ágata a Julia hay una notable mejoría técnica en el acabado de las imágenes, un uso integrado de las nuevas tecnologías como herramientas que ahora parecen imposibles de eliminar entre la juventud, y no solo la juventud. Puede reprocharse el tópico añadido del joven entregado al sexo, a la bebida, a la fiesta, a las drogas, con cierto control, pero en realidad no hay nada de qué sorprenderse porque el standar juvenil siempre se ha movido por parámetros similares, sobre todo si se cuenta con la inestimable ayuda de la falta de control, de la libertad absoluta de horarios y de movimientos en una ciudad extraña pero que, al tiempo resulta tan anónima como para que nadie repare en lo que se hace o se deja de hacer, porque Berlín se transforma en un personaje silencioso más, un Berlín alejado de la postal turística, y más cercano al suelo, a los lugares donde el ciudadano se mueve cotidianamente, a los espacios comunes que no aparecen en las guías turísticas.

Utiliza bien los recursos del tiempo la directora, los tránsitos estacionales se perciben con una simple referencia climatológica, y el reconocimiento de lo que es Berlín y lo que puede ser Cataluña no pasa desapercibido al ojo del espectador cuando se utiliza la elipsis para seguir contándonos cosas que ocurren más en el interior que en el exterior de Julia. La formación académica puede que no vaya acompañada de esa misma formación o madurez personal para enfrentarse a los retos del día a día, mantener un mínimo de seriedad en los proyectos que se inician, conocer lo que es un compromiso o un mero desahogo fugaz y exigido por el deseo son cosas que Julia va aprendiendo y controlando, con sus errores. Martín nos sumerge en medio de las contradicciones propias de una edad complicada, quizás algo tardía para el joven español, cuya adolescencia se parece más a una infancia prolongada, y cuando debería plantearse la vida adulta comienza a comportarse como un adolescente que no ha sido a su debido tiempo. En este sentido el guión utiliza muy bien el choque cultural entre el concepto de familia española y el concepto de familia del norte de Europa, no resulta neutro ni ingenuo el modelo de casa que propone la joven  a sus amigos alemanes para un proyecto que van a presentar a un concurso. Ese desfase evidente que siente la joven frente a sus conocidos alemanes marca el desenlace de la película, la cara de susto y agobio que tenía Julia al aterrizar en Berlín y tener que enfrentarse a las nuevas exigencias desconocidas en su vida, desaparece con el curso de los meses, para volver, en un giro excelente de la historia, cuando el curso termina y hay que regresar a Barcelona; vuelve el rostro hastiado, agobiado e inseguro. Julia ha conocido otros mundos y ha aprendido que puede desenvolverse por si sola; regresar a sus antiguos ambientes y rutinas familiares vuelve a ser un paso atrás, volver a ser tratada como una adolescente, una derrota que puede ser temporal o muy prolongada. De ella depende romper los hilos o regresar al confort y seguridad del que te lo den todo hecho. 



JÚLIA IST. España. 2017. Intérpretes: Elena Martín, Oriol Puig, Laura Weissmahr, Jakob Daprile, Remi Pradere, Julius Ferdinand, Paula Knüpling, Carla Linares, Pablo Macho, Max Grosse. Productores: Marta Cruañas, Pol Rebaque, Elena Martín. Productor delegado: Gonzalo de Lucas (Universitat Pompeu Fabra). Productor ejecutivo:Marta Cruañas, Sergi Moreno, Tono Folguera, Directora: Elena Martín. Guión:Maria Castellvi. Música original: Adrià Serarols Habla de Mí En Presente. Dirección de fotografía: Pol Rebaque. Montaje:Ariadna Ribas, Diana Toucedo. 90 minutos.

ENTREVISTA FESTIVAL D,A