viernes, 26 de mayo de 2017

LA ULTIMA ORDEN (The last command, Josef von Sternberg, 1928)

LA ÚLTIMA ORDEN (The last command, Josef von Sternberg, 1928)


"Bastante antes de llegar a ser director de escena, he contemplado las películas como un cirujano que observa operar a un compañero suyo. Todas las películas, al margen de que fueran buenas o malas, me han enseñado algo, aunque sólo sea lo que no se debe hacer. A los niños les gustan las cosas con las que se sienten bien y a mí me complacía lo que veían mis ojos; por ello hacía uso de una concentración casi inconsciente para deleitarme con las impresiones visuales. Fausto declamaba: «Si pudiese decir al instante, ¡quédate que eres muy bello!». Pero no hay cámara que pueda captar el momento. Era normal que yo consiguiera una tan pronto como me fuera posible." Josef von Sternberg

Hay ojos que miran con interés y ojos que ven sin mirar, como hay cámaras que retratan con elegancia desmesurada cualquier momento de una historia mientras otras son capaces de destruir un gran guión con la torpeza infinita de quien ignora emocionar. La filmografía de von Sternberg da muestras sobradas de lo primero, ya sea el reparto de equipación para trabajar como extra en una película de una industria que empezaba a consolidarse a punto de dar el salto del mudo al sonoro, la presentación de un comedor lleno de oficiales a la espera de la entrada de una mujer o el recorrido de un condenado a muerte cuya ejecución se difiere mientras es zarandeado, golpeado, vejado por una turba; es en estos momentos, y en muchos otros, donde el ojo de Sternberg consigue mover la cámara en unos travelling de tal exquisitez que nuestra mirada se empapa de lo que se nos presenta y nos sumerge en medio de la escena como un revolucionario más, o como un oficial zarista que olvida la guerra en medio del alcohol de una noche.

La historia es muy sencilla, apenas creíble, incluso naïf, en medio de la revolución rusa el amor entre un general primo del Zar de todas las Rusias (Emil Jannings acaparando las escenas con su omnipotente presencia) se enamora de una revolucionaria de nombre Natasha, actriz detenida cuando trata de continuar viaje en compañía de un director de cine interpretado por William Powell, general y actriz juegan al cortejo con la sombra de la duda de si estamos ante un amor verdadero o un maquiavélico juego de cada uno intentando seducir para obtener información o acabar con el enemigo. Siendo este enamoramiento entre captor y detenida absolutamente cinematográfico y poco verosímil (cuentan las historias de Hollywood que la anécdota la contaba Lubitsch como real) resulta absolutamente inocuo para el resultado artístico de la obra. Contada como un largo flashback que comienza con el director de cine refugiado diez años después en Hollywood y  en plena preparación de una historia sobre la revolución rusa en la que busca a alguien que dé el perfil de general entre las fotografías de los candidatos, se encuentra con la del viejo enemigo del pasado entre cientos de candidatos; el gran duque Alexander, venido a menos, malviviendo en una vieja pensión y ofreciéndose, como miles de personas, como extra cinematográfico en los albores de la crisis del 29. Un personaje de mirada ausente, con temblores de cabeza y manos como consecuencia de una conmoción emocional del pasado, que se presenta a la hora y el día señalado para recoger su equipación y maquillarse para dar su última orden.


Empequeñecer a Jannings mediante la puesta en escena exige maestría, esa llamada en un pasillo cuyas dimensiones se engrandecen como efecto de las lentes, haciendo tímida y mínima la presencia del actor, exime de muchas más explicaciones sobre cuál es su situación anímica y económica, un hombre que pasa, a continuación, a sufrir las consecuencias de un travelling diabólico por la representación iconográfica de los preámbulos de su trabajo.Centenares de personas esperando la apertura de la verja de entrada al estudio, empujones, nerviosismo, hambre, miseria; un embudo por el que van pasando todos los parados como si reclutas destinados a la carnicería de una batalla se tratara. Un papel en la mano y una sucesión de ventanillas a las que se van asomando los contratados, “soldado, soldado, soldado, general….” y la entrega displicente del uniforme, las armas, las botas, el sombrero…….una cadena de montaje interna y externa a la que asistimos desde la cómoda posición del supervisor del empleado del estudio que hace la entrega del equipo. Escena emocionante que culmina en la hacinada sala de automaquillaje, los extras se comportan como una masa informe, maleducada, soez, que analiza al viejo general como a un loco que se cree venido de otro planeta y que coloca en su uniforme de atrezzo el recuerdo, el único recuerdo material, que le queda de los años de poder y que termina por ejercer un influjo mesmerizante en su cerebro.


Es ahora cuando el genio fílmico se revela a través del efecto del espejo, Jannings dirige su mirada al pequeño espejo personal en el que ha de maquillarse y en ese reflejo aparentemente simétrico surge el desdoblamiento; hemos visto al director triunfante, de espíritu decidido, imperativo en sus comportamientos, y a un viejo a punto de morir que sobrevive con trabajos de nulo reconocimiento con su mente atrapada en un suceso del pasado. A partir de ese reflejo la visión del hombre se nubla y saltamos diez años atrás, cuando Rusia pelea en la primera guerra mundial pero también se desangra internamente con la revolución de octubre. Estamos en pleno invierno y el abrigo de piel del general no oculta el mal equipamiento de sus tropas, el gesto altivo, el miedo que genera con su sola presencia, su porte distinguido y animoso contrasta con la visión inicial de la misma persona languideciendo antes de iniciarse el rodaje de una película sobre hechos similares a los que se han vivido realmente; como antes hemos visto al director exitoso y ahora vemos al mismo personaje demacrado, ojeroso, temiendo por su vida, con la dignidad del que nada tiene que perder porque nada tiene que salvar, general y director se encuentran dos veces en su vida pero su posición se ha invertido. Dos personajes dados la vuelta completamente por diez años de distancia que no impiden la repetición de actos, el director que mira las fotografías de los candidatos, el general que repasa las fotos de los pasaportes de los sospechosos de revolucionarios, revistas militares en medio de la nada a la espera de un Zar ignorante de la realidad y que no sabe interpretar el odio que genera el hambre y que se parecen al repaso que el director y su equipo hace a los extras formados y uniformados a la espera de rodar la escena del combate. En la escena culminante del asalto popular al tren ocupado por las tropas y oficiales zaristas Sternberg no oculta su nula simpatía por las ideas revolucionarias, esa turba embriagada de violencia y sometida a los instintos de venganza parece una jauría de perros lanzada sobre el cuerpo y las ropas hechas jirones del general, una cara que termina marcada de arriba  a abajo como antes ha marcado él la del director con un látigo, salvado con astucia por el personaje de Natasha, interpretado por Evelyn Brent, actriz que ha jugado a «femme fatale» y ahora desencadena todo un recital de pasión revolucionaria en medio de la ventisca del invierno ruso para, simular un fervor político incuestionable y, al mismo tiempo, proteger a su amado general evitando un ajusticiamiento inmediato.


En la salvación de Jannings surge el colapso mental, la anulación de su carácter, la derrota de la mente y no solo del cuerpo; su caminar cansino y lento contrasta con el recuerdo del pasado, su dinamismo se ve anulado cuando su poder desaparece de golpe, como su esperanza cuando ve en la lejanía cómo ese tren se despeña por un puente que se derrumba. El espejo que ha hecho retroceder la mente del general al momento en que aún tenía mando en plaza, como si le hubiera hipnotizado su propia mirada sobre esa medalla en forma de cruz que se coloca en el cuello, hace que el rodaje de la escena que se está preparando sea, para el viejo personaje, un acto vivo y real, como si estuviera en el frente de batalla al que se dirigía la fatídica noche en que su destino cambió por completo. Que el director observe a los extras es para Jannings como si un nuevo Zar pasara revista a sus tropas, cuando todo está preparado para el rodaje, la trinchera, el viento de los ventiladores, su abrigo, los soldados, provocan en el hombre la sensación veraz de encontrase en aquel campo de batalla una noche parecida a la que pasó en aquella estación perdida, y actúa como si realmente la vida de todos ellos estuviera en juego, como si fuera una segunda ocasión para resarcirse de aquella derrota brutal, y se desata el vigor del viejo general comandando a las tropas emergiendo el gigante dormido, la visión de la falsa bandera imperial del atrezzo se confunde con el estardante de su batallón y ordena la carga. Nuevamente Sternberg juega a doblar el episodio, antes fue Natasha la que hizo surgir de su interior un carácter justiciero que enardece a las masas, ahora el general copia ese fervor para animar y dar ejemplo a unas tropas, la última orden antes de caer fulminado y ser honrado precisamente por quien sufrió su castigo y su ira, dos personajes que han terminado viviendo vidas paralelas pero asimétricas, del poder al fracaso, del fracaso al éxito, un viejo cuerpo yace tapado por una bandera falsa en medio de un campo de batalla que no es sino un escenario, para el viejo general se acabó el reflejo y la hipnotización, al final soñará con haber tenido la muerte heroica que una mujer le evitó por amor, aunque realmente todo ha sido un sueño dentro de una película, el cine ha devuelto al hombre lo que la vida real le había privado, porque el cine sueño es.





Título: La última orden. Título original: The last command. Dirección: Josef von Sternberg. Estados Unidos. 1928. Duración: 88 min. Reparto: Emil Jannings, Evelyn Brent, William Powell, Jack Raymond, Nicholas Soussanin, Michael Visaroff, Fritz Feld. Distribuidora: Paramount Pictures. Productora: Paramount Pictures. Dirección: Josef von Sternberg. Dirección artística: Hans Dreier. Fotografía: Bert Glennon. Guión: Herman J. Mankiewicz John F. Goodrich. Historia original: Josef von Sternberg, Lajos Biro. Montaje: William Shea. Música: Rafal Rozmus. Producción: Adolph Zukor, Jesse L. Lasky. Producción asociada: B.P. Schulberg