jueves, 15 de junio de 2017

AMA-SAN (Claudia Varejao, 2016)

AMA-SAN (Claudia Varejao, 2016) 


Hay un respeto enorme en la distancia corta con la que Claudia Varejao retrata a sus protagonistas, un grupo de buceadoras tradicionales japonesas de la región de Ise, habitantes de un pequeño pueblo, Wagu, que en breves periodos de tiempo, cuando las respectivas vedas lo permiten, se sumergen a pulmón en las aguas del pacífico para extraer los moluscos que encuentran, pero con especial preferencia por la “oreja de mar”, cuyo precio compensa, en parte, el enorme sacrificio. Mujeres que, alguna de ellas es incapaz de desembarcar por su torpeza de piernas y edad, y tienen que rodar sobre su abdomen para abandonar el barco que las conduce cada mañana al lugar que han escogido por las condiciones del mar, por la visibilidad, por las corrientes o por la belleza del fondo. Entender las razones íntimas del comportamiento japonés se nos puede escapar, incluso la vida diaria de estas mujeres podría indicar la ausencia de necesidad económica para jugarse la salud de esta manera, pero, en el fondo, están manteniendo viva una tradición milenaria y una actividad exclusivamente femenina.



Estas “ama” japonesas están muy alejadas de la imagen erotizante que cualquier buscador  de google encuentra con fotografías de principio de siglo, fotos de una sociedad eminentemente pudorosa pero que no duda en desnudarse en público cuando el agua está por medio. Las imágenes de aquellas buceadoras tapadas con un taparrabos de tela, con un tocado blanco en su cabeza y el torso desnudo, han dado paso a mujeres que se cubren con trajes de neopreno, guantes en sus manos, gafas de buceo rudimentarias, pero como seña de identidad mantienen la colocación de ese trapo en la cabeza anudado de una manera especial y que otorga el carácter ceremonial al momento de vestirse antes de zambullirse. Da lo mismo que esos trajes de buceo estén deteriorados, llenos de agujeros, raídos por el uso y el roce con la piedra marina o el coral, lo importante es mantener una tradición reservada a las mujeres sin perder la condición de tales en ningún momento, reivindicando su sexo y manteniendo sus actividades cotidianas al margen de esta otra actividad acuática. Varejao compone un eminente relato feminista donde la presencia masculina es anecdótica y hasta innecesaria, salvo el capitán del barco que las traslada de buena mañana, y el marido de una de las mujeres, que aparece medio tapado por la buceadora y su hija a la hora de la cena, los hombres pasan a ser algo superfluo en el relato diario de estas mujeres, son invisibles para el espectador, que asume que estamos ante un relato exclusivamente femenino y feminista, muchas de ellas abuelas, viudas, personas que se alegran de haber llegado a los 65 años porque han asegurado su pensión, mujeres que asumen su actividad como un regalo y un legado a transmitir, algo que mantener frente al imparable avance de la pesca esquilmadora.


“Ama-san” respira verdad en todos sus fotogramas, la cámara y la directora no interfieren ni dirigen a las documentadas, es una observadora más de la escena que se limita a recoger en imágenes lo que ocurre a diario, sea cual sea el escenario o el lugar donde se encuentre. Varejao no pregunta, no habla, no dirige los comentarios hacia un lugar concreto, sino que son las propias mujeres las que marcan el ritmo de su actividad, el sentido de sus conversaciones, sus quejas o sus silencios, sus revisiones médicas o sus descansos compartidos una vez desembarcadas en una reunión comunitaria que tiene mucho de concentración deportiva, al estilo del tercer tiempo de los partidos de rugby. Los cuerpos entran en calor junto a un fuego y en una especie de vestuario colectivo donde las mujeres duermen juntas tras el esfuerzo diario, con las cabezas húmedas tapadas por pequeñas toallas que recuerdan a los trapos blancos de ese tocado ceremonial que une a estas ama-san de 2016 con las que realizaban la misma actividad hace mil años. A la actividad conjunta de esa pesca a buceo le suceden las actividades diarias de una mujer que se ocupa de sus hijos, una abuela que ayuda, otra que vive su vejez y repite día a día, minuto a minuto sus rituales repetidos como una costumbre asumida en soledad.


Matsumi, Mayumi y Masumi son los ejes sobre los que giran las imágenes de un mundo tradicional continuamente asediado por la modernidad. En la medida de sus posibilidades, estas mujeres luchan por continuar con una labor heredada de sus madres y que puede no pase a sus hijas, pero en ese espacio de reivindicación femenina, cada una transmite a sus siguientes generaciones algo típico de la cultura japonesa, ya sean los ensayos tocando los tambores ceremoniales o el íntimo gesto de bañarse con el nieto en esa costumbre relajante de sumergirse en una bañera de agua caliente antes de acostarse. Llega un día que hay que enseñar a una nueva lo más difícil de una profesión exigente y físicamente agotadora, cómo colocarse ese pañuelo seña de identidad con algo más profundo que una mera actividad retribuida, que las conecta con todo un acervo milenario que reivindica su posición social y el respeto que merecerína igualmente aunque esta pesca no la realizaran las mujeres. Varejao nos propone una zambullida en un mundo de exclusividad femenina en todos los sentidos, sin que los hombres tengamos que sentirnos rechazados o minusvalorados, hay momentos para todo, incluso para fiestas de estas mujeres con el patrón del barco justo antes de terminar la temporada, o celebraciones veraniegas y familiares a la luz de bengalas que preceden el momento emocionante de jugar con luciérnagas.

Las zambullidas de estas mujeres (su edad media alcanza los 67 años) iguala a los cuerpos jóvenes con los viejos, la plasticidad de las imágenes submarinas no desentona con las de esas mismas mujeres en tierra, más estáticas, más contemmplativas. Se respira la misma libertad mirando a estas mujeres trabajar que la que transmitía la joven pareja de “Aguas tranquilas” de Naomi Kawase; muy alejadas de la actividad individual, fría, aséptica del buceador de “Fuocoamare”; estas mujeres forman una comunidad dentro y fuera del agua, compartiendo sus vidas pero sin perder su individualidad. Claudia Varejao sabe transmitir esa sensación de poderoso dominio doméstico, laboral, personal, una integridad diaria respetada desde la propia plasmación de imágenes que huyen del heroísmo gratuito o del testimonio grandilocuente. No se necesitan heroicidades para ser una heroína, ni reconocimientos públicos para ser consciente de llevar a cabo algo importante que puede no mover el mundo pero que justifica, por si solo, toda una existencia en armonía con la naturaleza y con uno mismo.
AMA-SAN. 2016. Portugal.  Dirección y fotografía: Cláudia Varejão. Ayudante de dirección: Aya Koretzky. Sonido: Takashi Sugimoto. Cámara subacuática: Masakazu Akagi. Montaje: João Braz, Cláudia Varejão. Producción: Terratreme Filmes, João Matos, Leonor Noivo, Luísa Homem, Pedro Pinho, Susana Nobre, Tiago Hespanha. Con Mayumi Mitsuhashi, Masumi Shibahara, Matsumi Koiso. 112´.