sábado, 10 de junio de 2017

BEDUINO (Julio Bressane, 2016)

BEDUINO (Julio Bressane, 2016)


Un principio y un final que no dejan lugar a dudas, no estamos ante un documental, ni ante una mera ficción, estamos ante una construcción metafílmica que se desarrolla ante nuestros ojos como espectadores voyeurísticos que asisten a los juegos de seducción, de erotismo, de sensualidad, de amor y muerte, de ignorancia y complicidad, de dos personas, hombre y mujer, que juegan al encuentro y a la travesía sedienta de espacios que, pareciendo muy lejanos, se desarrollan en su práctica totalidad en el interior de la casa que una cámara, enmarcada por la silueta de una cerradura gigante, nos muestra al comienzo mientras el equipo técnico prepara los escenarios, los guionistas discuten aspectos de la historia y el director conversa con sus dos únicos actores, la misma casa sobre la que resuena un lacónico «corten» cuando el director decide que ésa va a ser la última escena, una recreación vodevilesca de otra perteneciente a una película del propio Bressanne de 1971, rodada en Londres y con el título de «El estrangulador de las rubias». No hay dudas de que el director quiere, desde la primera escena hasta la última, que seamos conscientes de que estamos en medio de un rodaje con dos actores. La etiqueta de experimental acompaña al cine del director brasileño como reflejo de lo poco explícito de su obra a la hora de poder definir las historias que cuenta. Esta «Beduino» no se separa de esa línea propia del director, personas que juegan a no reconocerse, parejas que se hacen las encontradizas, que se ignoran y se dejan seducir en espacios pùblicos, cuando no abusar, para reencontrarse.
El beduino vaga con rumbo conocido salvo que se pierda, el «Beduino» de Bressane divaga en un rumbo aparentemente perdido que puede seguirse con facilidad dejándose envolver en sus recovecos, que no son sino los de la pareja que teatraliza su presente para animar su futuro. El rumbo del beduimo de Bressane está marcado aunque parezca críptico, es un rumbo amoroso que no teme encallar. Si aceptamos el título como pista a seguir, lo que se nos cuenta pueden ser una sucesión de historias a la luz de una hoguera nocturna mientras el frío del desierto va adueñándose de la noche; ese encuentro inicial en una pendiente adoquinada es el camino tortuoso por el que toda relación se desenvuelve y donde uno de los dos ha de terminar cediendo para que el resto de la ruta pueda culminar. Bressane decide que sea el hombre el que sacie la sed de la mujer, como será la mujer la que saciará cualquier atisbo de desidia masculina en lo erótico, si quieres hacerte el ciego tendrás que soportar verme desnuda, parece decirnos el director, si quieres jugar a los trenes a tu edad, tendrás que hacer pasar las vías alrededor de un cuerpo sinuoso que se transforma en túnel dispuesto a devorar el convoy que avanza entre la niebla y que se ha convertido en faro rodante para iluminar una relación absolutamente llena de ingenio.

Si una relación amorosa entraña riesgo, la película de Bressane anda sobrado del mismo; riesgo y talento en el que cada escena parece decirnos que lo visto antes ya no nos sirve y empezamos de nuevo con dos personajes encarnados por los actores Fernando Eiras y Alessandra Negrini cuyo parlamento y movimiento se teatraliza hasta despojarse de veracidad en muchas de sus apariciones, una teatralización que sirve para olvidarnos del cine y escuchar sus palabras dirigidas a confrontar dos formas diferentes de pensar que se complementan hasta en el juego morboso y perverso de simular un estrangulamiento del que salen reforzados. Ama y deja amar, porque al final todo cuerpo termina desapareciendo, ya sea en llamas conjuntamente con todo el planeta, ya sea como despojo devorado por los cuervos, accidentalmente devorado por un caimán o sorpresivamente asfixiado por quien te juraba amor eterno minutos antes, pero hasta ese momento definitivo, nuestra historia no es nada si no media algún tipo de pulsión amorosa que la justifique, con la que compartir lo que sea preciso destacar del día a día, o con quien replegarse en juegos íntimos que hagan olvidar la monotonía de lo cotidiano haciendo de sus vidas representaciones del pasado, propio o de terceros, que permitan experimentar nuevas sensaciones compartidas.

La verbalización exagerada sirve para la palabra, pero también para el gesto, la vida de pareja sirve para el amor y para la guerra. Con un excelente sentido de la banda sonora que permite con un par de plantas, un dibujo y un sonido trasladarnos a una selva tropical, y con una puesta en escena que permite olvidarnos de ese desierto metafórico para encerrar a sus personajes en una simple habitación cambiante, como las propias personalidades que van encarnando, Bressane construye un experimento sensorial, sensual y filosófico que, en ningún momento, pese a su dificultad intrínseca al no seguir un patrón clásico de exposición, naufraga. En «Beduino» juega el pasado, pero también el mundo del sueño, y el sueño que se comparte y se explica para llegar a la conclusión de que nada es explicable, se introduce el pasado de esa pareja, el conjunto y el individual, se sueña en blanco y negro mientras el presente es plenitud de color y ambientes recargados, incluso el director se permite soñar y evocar repasando parte de su filmografía anterior para enfrentarla al paso del tiempo, para compararla con el presente. Evocaciones de un Oriente que trajo la explosión de los sentidos, «me gustan las antigüedades» dice él mientras ella le responde «yo soy moderna», un hombre pasivo, que escucha y replica, una mujer que domina el escenario y se desenvuelve perfectamente en su papel de reclamo y que reclama. Una pareja sedienta después de atravesar todo un desierto de vida en común y que necesita seguir inventando, como Sherezade, para avanzar.

BEDUINO. Brasil, 2016. Director: Julio Bressane. Productora: TB Produções. Productores:Tande Bressane, Bruno Safadi. Fotografía: Pepe Schettino, Pablo Baião. Dirección de arte: Moa Batsow. Montaje: Rodrigo Lima. Intérpretes: Alessandra Negrini, Fernando Eiras. 72 minutos. 

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