martes, 15 de agosto de 2017

HOMES (Diana Toucedo, 2016)

HOMES (Diana Toucedo, 2016)


Hay cine que sigue sorprendiendo, que mientras contemplas sus escenas sigues un camino que, de repente, se quiebra, se bifurca, se amplía y te descoloca. Hay historias que se filman para que las capas se vayan superponiendo y, cuando concluye el viaje, las imágenes vistas cambian de significado mediante la acumulación de experiencias, de sensaciones, de vacíos. Porque la película de Diana Toucedo habla de ausencias involuntarias, de largos periodos de soledad, de rutinas cotidianas aplastadas por el recuerdo de voces masculinas que han dejado de oirse. La película reconstruye hogares desde la sombra, habla de pasados ocultados a conciencia desde un presente que se niega a reconocerlos, habla de hombres y mujeres separados por decisiones de otros, unos suspendidos y repitiendo en un limbo imaginario sus últimos recuerdos, otras aprisionadas entre las paredes de sus casas, fantasmas recorridos por el dolor de la pérdida y que han envejecido a costa de mantenerse firmes negando el olvido. Toucedo habla de una guerra muy cercana, pero de una guerra que puede ser muchas otras, pero inicialmente estas mujeres simplemente pueden estar esperando y manteniendo el recuerdo de cualquier ausencia presente o futura, no necesariamente la que concluye al final como un recuerdo lacerante para el espectador.

Por lo tanto, la película de Toucedo oscila entre la permanente presencia femenina y la constante ausencia masculina, nada puede indicar que vaya a haber un punto de encuentro, y cuando éste se produce, lo que hemos ido intentando comprender previamente sufre un giro radical y de grandeza. Lo que podía ser un relato entre fantasmal y reivindicativo de lo femenino, recluído en el espacio de un hogar, de una cocina más exactamente, que se niega a abandonar para mantener el recuerdo de quien ha desaparecido, aunque sus tareas diarias siempre sean domésticas y rutinarias, como cocinar, pelar patatas, coser, fregar, encender el fuego; se vivifica y se potencia cuando se toma conciencia del por qué de esas ausencias, o del por qué, igualmente, de la permanencia femenina aferrada a un espacio conocido pese a moverse por él como un espectro. El interior es femenino y el exterior masculino, esas mujeres transparentes, que miran fijamente a través de ventanas que no pueden atravesar, han perdido la capacidad de comunicarse con sus hombres, del mismo modo que estos han quedado desplazados de sus familias, condenados a vagar como simples voces en medio del bosque, un bosque que no oprime, sino que es reflejado como una punta de lanza hacia el cielo, hacia el espacio abierto, hacia la posibilidad de escape.

En una estética pictórica de cuidado y esmerado trabajo fotográfico, estas mujeres se empeñan en parar el tiempo, en negarse a aceptar un estado irreversible, de ahí la mezcla de aparatos viejos y modernos, porque aunque ellas se empeñen en detener los relojes en 1939, el mundo ha seguido y ha evolucionado, no siempre a mejor; de ahí también la sucesión de planos fijos donde la cámara queda suspendida en el tiempo como esas mujeres que se mueven y desaparecen etéreamente ante nuestros ojos, mientras que a los hombres les acompaña el movimiento de ese camino entre árboles apuntando al cielo. Movimiento y quietud, ansiedad y reposo, masculino y femenino, e impidiendo el abrazo final, la infame decisión política que nos acompaña como una vergüenza en este país incapaz de recoger a sus muertos. 

TRAILER