viernes, 4 de agosto de 2017

LOS MUELLES DE NUEVA YORK (Docks of the New York, Josef von Sternberg, 1928)

LOS MUELLES DE NUEVA YORK (Docks of New York, Josef von Sternberg, 1928)



Decía Godard que el travelling era una cuestión moral, aludiendo no al uso de la cámara cinematográfica con ese tipo de plano, sino a cómo esa cámara, según se utilice, puede producir un efecto u otro sobre el espectador. Sobre los travellings de Sternberg no hay cuestión moral alguna que reprochar porque su efecto es el de sumergirnos en el escenario, aproximarnos a sus figurantes, a sus protagonistas, introducirnos y sacarnos del plano con la elegancia innata de su arte, pasearnos por cualquiera de sus interiores sin sentirnos manipulados, sintiendo pena porque ese movimiento no se eternice en su elegancia y nuestra capacidad de ver no nos permita fijarnos en todo lo que el recorrido de la cámara muestra. En “Muelles de Nueva York” hay cuatro o cinco travellings, cada uno más acertado, más contenido, más propicio para lograr el efecto de emoción que la historia requiere. La película es un cuento de hadas casi inimaginable, un “La bella y la bestia” con prostituta y fogonero, una “Cenicienta” que encuentra su zapato, “Un príncipe valiente” que tiene que enfrentarse con  su propio dragón interior para convencerse y aprovechar la oportunidad que se le brinda.




En los muelles de Nueva York, Bill Roberts (Georges Bancroft) busca una noche de borrachera y mujeres antes de volver a embarcarse como fogonero al día siguiente. Bravucón, pendenciero, sin respeto a la autoridad, recuerda al personaje de Will Danaher en “El hombre tranquilo”, pero sus planes de fiesta sufren un revés sobrevenido que va a terminar cambiando su vida. Nada más abandonar el barco tiene que lanzarse al agua para rescatar a una joven suicida, Mae (Betty Compson), con quien, a partir de ese momento, se establece una conexión invisible que pasa del rechazo a la comprensión, de la indiferencia a la curiosidad, del deseo al amor o algo que parece amor y puede que solo sea respeto en un mundo donde ni existe la palabra, y todo ello en lo que el tiempo tarda en pasar de la noche al día. Que la historia no se resienta ante su improbabilidad es mérito absoluto de su guión, su planificación, sus protagonistas y el conseguido grado de emoción y empatía que proyectan sus personajes, esta pareja de perdedores, de seres obligados a permanecer sujetos a cadenas invisibles en trabajos nada envidiados, sucios y agotadores; a vivir en guettos económicos donde se reúnen los parias del mundo capitalist, apenas a pocos kilómetros del lujo y la opulencia de los que se enriquecen con la miseria de los demás. Seres encasillados desde su nacimiento y obligados a penar, para los que un mínimo rayo de luz es una esperanza o el anuncio inminente del apagón definitivo en los albores del crack del 29.




La historia se mueve como un péndulo, del interés de Billy a la indiferencia de Mae, de la progresiva atención de la mujer al inesperado giro con el que Billy anuncia, y casi obliga, a Mae a casarse con él esa noche en medio de una corte de los milagros que agradaría al Victor Hugo de “Los miserables” o “El jorobado de Notre Dame”, del enamoramiento creíble al descubrimiento ingenuo de que todo ha sido un sueño y una fiesta, el efecto de una borrachera y una noche a todo trapo saldada con dos billetes encima de una mesilla. Ese sería el final de la vida normal, pero Sternberg consigue hacernos creer, y participamos con atención y emoción en el giro decisivo de la historia, que todo puede cambiar. Nunca antes un cigarro a tres bandas contó tanto en una película, muda como ésta, o hablada, nunca unas lágrimas mientras se remienda una camisa derrocharon tanto amor y tanto miedo, tanto deseo de tener una oportunidad, nunca antes a Billy una mujer le había desarmado de esa manera ni en su interior había sentido algo distinto a lo de “una novia en cada puerto” o “una amante de pago diferente cada noche en tierra”. La cámara enseña cómo vemos cuando alguien llora o cómo la luna se refleja en los rostros, mientras los barcos reposan de las singladuras, sus tripulaciones encallan en el bar Sand, un “arenal” de alcohol y prostitución para mantener adormecidas las mentes, anestesiadas sin querer pensar en el mañana, disfrutando de un baile o de un barril de cerveza a la espera del día en el que ya no se pueda seguir adelante y el agua te llame con la suficiente fuerza como para no poder rechazar su requerimiento, o que Hymn-book Harry, protagonizado por Gustav von Seyffertitz, consiga enderezar el rumbo de tanta alma perdida para los reinos de su señor, con una mirada que juzga, pero que no castiga, que tiene un mínimo de esperanza, aún, en el ser humano.




El melodrama está a punto de estallar en medio de una alegría ficticia, pero siempre da un paso atrás y se contiene con el genio del director; la figura de Mae, sola, en una esquina de un balcón, con su cuerpo apoyado en una columna mientras contempla el despertar de ese puerto donde lo único varado son las esperanzas en el futuro, invita a pensar que, antes o después, volverá a intentar ahogarse; y esta vez no habrá ningún Bill dispuesto a sacarla del agua ni a ofrecerle un poco de calor humano a lo largo de una noche. Mae se deja llevar por Bill hasta que termina creyendo en la posibilidad de un cambio, por eso su mirada casi siempre va a ser de escepticismo, de aceptación resignada pensando que lo que le está pasando; rescate, fiesta, ropas, boda, amor, no puede ser real, que no es a ella a quien le están regalando otra vida, que realmente debió de ahogarse en esas sucias aguas del puerto y ahora está soñando en un purgatorio estacional imaginando lo que puede ser sentirse feliz. Al despertar del sueño real, en medio de esa cochambrosa habitación de sexo nocturno, llena de grietas, de pintura descascarillada, con cuatro muebles de desecho, donde las gaviotas amenazan con entrar en el interior, aún mantiene un mínimo de esperanza en que la realidad continúe como en el sueño, que al mirar a Bill éste no esté preparando su despedida sino que esté esperando un desayuno que será el primero de una larga serie. No necesitamos palabras para entender lo difícil que es despertar de ese sueño, lo terrible de separarse cuando esa puerta se cierra y las últimas 24 horas no han cambiado nada.



“Hubiera sido divertido si hubiera durado un par de meses”, “Si hubiera durado un par de meses hasta me habría acostumbrado”, diálogos de ensoñación en medio de un mundo sórdido que Sternberg, fruto de su sensibilidad estética, hace olvidar para conseguir que los protagonistas acaparen la historia con independencia del ambiente en el que deambulan. Lo bello surge de entre la mugre como el cuerpo de Mae es rescatado por Bill entre la niebla nocturna del puerto. Mae ve su futuro encarnado en la madura mujer abandonada por su marido y que, pasados los 40, mantiene la misma profesión más antigua del mundo que ella. En el caso del personaje encarnado por Olga Baclanova el matrimonio produjo los efectos contrarios a los que espera Mae, sobre quien siempre penderá esa duda sobre si valdrá la pena esperar 60 días tras ese juicio final para comprobar si, finalmente, cambiará el rumbo de su vida.




LOS MUELLES DE NUEVA YORK (The Docks of New York).  ESTADOS UNIDOS. 1928. Dirección: Josef von Sternberg. Guion: Jules Furthman (basado en una historia de John Monk Saunders). Producción: Hal B. Wallis. Fotografía: Harold Rosson. Reparto: George Bancroft, Betty Compson, Olga Baclanova, Clyde Cook, Mitchell Lewis, Gustav von Seyffertitz, Guy Oliver, May Foster, Lillian Worth. 75 minutos.

PELÍCULA COMPLETA