miércoles, 16 de agosto de 2017

OZPINAREN SINDROMEA (El sindrome del vinagre, Pello Gutiérrez, David Aguilar, 2016)

OZPINAREN SINDROMEA (EL SÍNDROME DEL VINAGRE, Pello Gutiérrez-David Aguilar, 2016)

El síndrome del vinagre es el proceso degenerativo que afecta a las películas conservadas en acetato de celulosa cuando las condiciones de conservación son adversas. El síndrome afecta al soporte, y también a las imágenes, imágenes de ficción o documentales, que pueden llegar a desaparecer. Ésta puede suponer la desaparición de memorias pasadas, pero en ocasiones el síndrome del vinagre no sólo afecta al material, sino a las personas. En una ampliación metafórica de su concepto, muchos países del mundo funcionan como si el síndrome del vinagre se hubiera asentado en sus gobernantes para, recuperados espacios de libertad más o menos seguros, el olvido se asienta como cimiento que entierra crímenes del pasado sin  justificación alguna.
La película se plantea como un recorrido circular en el que un testigo invisible va dando paso sutilmente al siguiente episodio, así hasta que el ciclo vital revierte al origen y a la calma expresiva del “butoh” en pleno centro de Donostia. Así empieza, y así termina, esta historia en la que la calma, el perdón, la reparación, pero no el olvido, exigen, para poder pasar página, un mínimo acto de compensación con las víctimas de cualquier genocidio, represión, terror, un mínimo exigible por el que los supervivientes puedan recuperar lo poco que piden, los restos de sus familiares asesinados por milicias paramilitares, cuando no por el propio ejército, en las comunidades indígenas de Guatemala, y también el derecho a saber quién lo hizo. 200000 personas desaparecidas y ejecutadas, muchas más torturadas, secuestradas, con la simple excusa del odio al indígena y el sustento a una guerrilla, trasladadas a centros de detención clandestinos situados en medio de la comisaría central. La reconstrucción de la memoria se configura, así, como un proceso de restauración de una película que estuviera afectada por el deterioro provocado por el síndrome; una búsqueda entre 2400 cajas con restos humanos por identificar o para la localización de las fosas comunes pendientes, una restauración paso a paso partiendo de la memoria ajena para recuperar la de los ausentes. Un proceso difícil, complicado, no exento de peligro personal en un país donde todo cambia para que todo permanezca impune.
Guatemala se convierte así en símbolo de muchos síndromes, en ejemplo de luchas femeninas contra el orden establecido que busca la impunidad, en vigilantes de unos tratados de paz que no han eliminado la violencia. No se puede vivir sin pasado, no se puede perdonar mientras se desconoce al autor, los desaparecidos no se encuentran ni en el mundo de los vivos ni en el de los muertos, sus cenizas, sus restos, parecen expulsados por los volcanes pero sin identidad que los reconozca. El itinerario de los directores nos lleva de la mano hacia el horror desde la naturaleza y el equilibrio implícito de la misma, el camino empieza con el butoh, sigue hacia el volcán, la ceniza, los huesos, Guatemala, las cajas, el archivo policial, la cinemateca de Guatemala, los archivos de la policía. Huesos sin identificar y rostros que no se pueden encajar, evidencias de que lo que permanece en esas cajas a la espera  puede corresponderse a las fotografías de los cientos de mujeres de los archivos policiales detenidas por orden del dictador Rios Montt y sus seguidores, perseguidos ahora como criminales de guerra por organismos independientes ante la incapacidad del sistema guatemalteco de afrontar su propia depuración.
El país habla, pero quien habla asume un riesgo, mujeres que no callan en un mundo de asesinos masculinos que torturaban donde debía guardarse la legalidad y que, una explosión ocasional, desveló todo un archivo para permitir combatir ese síndrome de vinagre que se estaba dejando extender por el pasado del país. Mujeres que hablan, que denuncian, que cantan, que señalan al actual presidente, el “payaso” Morales, como parte del engranaje militar para perpetuar su seguridad, aupado al poder como ejemplo de mercadotecnia televisiva gracias a su éxito como humorista, un ejemplo de nuestra debilidad democrática al aceptar a nuestros líderes. En un país gobernado por el caos, las mujeres resisten, al menos, para reivindicar el derecho a no olvidar y a ser escuchadas aunque molesten. Gutiérrez y Aguilar dan muestra de ello, y además con un sentido cinematográfico espléndido al rehuir el mero documental de testimonios y adentrarse en las corrientes internas que permiten relacionar vida y muerte, imagen y silencio, cine y memoria, todo es un círculo que, en un momento u otro, revierte al punto original. Que en ese recorrido se pierda la información sólo es responsabilidad nuestra.

OZPINAREN SINDROMEA. España. Año: 2016. Dirección: Pello Gutierrez, David Aguilar Iñigo. Ayudante de filmación: Cesare Maglioni. Participantes: Ainhoa Alberdi, Gustavo Chigna, Walter Figueroa, Valentina Flores, Alberto Fuentes, Rebecca Lane, María Morales, Claudia Rivera, Rosalina Tuyuc, Maria Raquel Vázquez, Candy Veliz. Productora: Zazpi T’erdi. Música: Rebecca Lane, Anorexorcist. 61 minutos

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