viernes, 13 de octubre de 2017

LA VENDEDORA DE FÓSFOROS (Alejo Moguillansky, 2017)

LA VENDEDORA DE FÓSFOROS (Alejo Moguillansky, 2017)


Una película que desvela su argumento al completo en sus primeros tres minutos, mientras suena la sonata Appassionata de Beethoven, exponiendo todas sus líneas narrativas, y de fuga, sin que por ello, lo que se va a ver a continuación se vea disminuido ni  boicoteado ha de tener, como es el caso, mucho mérito. Desnudarse para desarrollar y salir, no indemne, sino gloriosamente ileso del envite, así es «La vendedora de fósforos». En el año 2014 el compositor alemán Helmut Lachenmann se desplaza a Buenos Aires para participar en los ensayos y preparativos del montaje de su ópera «La vendedora de fósforos», o como se conoce en España «La cerillera, o La pequeña cerillera», basada en un cuento de Hans Cristian Andersen. Resulta improbable que en apenas poco más de una hora se repita la posibilidad de volver a ver tal cantidad de temas aunque sean esbozos, cuadros impresionistas arrojados al espectador para que arme un puzzle un tanto diabólico, sencillo y sin respuestas, pero excelente en cuanto incentivo para la imaginación. Lachenmann, la pianista argentina Margarita Fernández, las sonatas de Schubert y Beethoven, Walter Jacob como Walter, desnortado director escénico de la obra, María Villar (portentosa como siempre) en el papel de Marie (Marie no es un nombre neutral en esta película, se remite a la protagonista de Au hazard, Balthasar de Bresson), una niña que se pierde y se duerme, los ensayos, el problema de la izquierda, el poder en manos de la voracidad de la derecha, el terrorismo en Alemania en los años 60-70 con el que estuvieron sentimentalmente unidos Lachenmann y Fernández por su relación con sendos componentes del R.A.F,, el cine de Piñeiro, el cine de Bresson, la música dodecafonista, la reivindicación de Morricone como el mejor compositor de la historia, los problemas de conciliación de la vida laboral y familiar, una huelga de transportes, el Teatro Colón, un hurto, un piano..........y seguro que algo más me dejo, pero no por su revelación les he contado la película, porque más o menos así empieza el primer parlamento de Marie mientras seguimos una partitura, como si estuviéramos ante la presentación de personajes de una obra teatral a desarrollar en tres actos, «La resistencia de la música», «La vendedora de fósforos» y «Morricone».

Moguillansky, cercano al cine de Mariano Llinás, un absoluto desconocido para las salas comerciales en España, realiza un auténtico portento narrativo partiendo de dos astros absolutos de las artes como Bresson y Beethoven para terminar reivindicando, en abstracto, como consecuencia de su propia narración, el cine de Piñeiro y la música de Morricone. La apuesta no es que termine resultando sobresaliente, sino que es absolutamente demoledora en su juego constante de palabra, imagen y música, convirtiéndose en una de las más completas películas del año usando, y podría decirse sin que suene a demérito, material ajeno. Porque si uno se para a analizar sus elementos por separado la música no está hecha para la propia película, las escenas de Leone y Bresson pertenecen a sus autores, las cartas son de los terroristas, los textos de Andersen y da Vinci......., pero lo que si es propio y da sentido al conjunto es el tratamiento cercano, familiar, espontáneo, vivaz de los diálogos que genera el personaje de Marie con todo su entorno, sin que ni actores profesionales ni amateurs queden en evidencia por la sobrada profesionalidad de Villar. Resulta así que, deconstruyendo «Al azar de Baltasar» nos encontramos con una nueva serie de los enredos urbanos del cine shakespereano de Matías Piñeiro matizado por el efecto Llinás, añadiendo al conflicto personal de unos personajes que están intentando sobrevivir a duras penas con su trabajo creativo, el componento sociopolítico del momento.
Cuando Marie graba el cuento para la representación operística (música de la que el director se mofa toda la película a través de Jacob) lo está narrando a su propia hija, pero al tiempo su mente está escuchando la música de Schubert, Mozart y Beethoven y está recordando la anécdota de Lenin y Gorki, cuando el primero decía que al escuchar la música de Beethoven a uno le entran ganas de decir cosas amables y estúpidas, acariciar la cabeza de alguien, cuando actualmente no se puede acariciar la cabeza de nadie porque te la arrancaría de un mordisco, para, a continuación, derivar la narración al momento presente, a la Argentina pre y post Macri, imaginándose el país como una orquesta donde los graves nunca los tocan las izquierdas, es más, la izquierda es poco más que unos cascabeles que apenas son escuchados por los miembros de la orquesta que los usan, y así Marie sigue su divagación política demoledora porque en su país los graves y los agudos están en manos de la misma gente peligrosa, no en manos de los músicos, porque no eran los músicos quienes determinan lo que hay que hacer, sino los madereros que se encargan de hacer los instrumentos, las sillas, los atriles, los que tienen el hierro, el cemento, los ladrillos, el papel, la policía, los votos, en definitiva en manos de quienes lo tienen  todo, los mismos capaces de dejar morir a una niña de frío en medio de la nevada que confluye, de nuevo, en el cuento de Andersen.

Y así, la película que se construye con tantos referentes culturales y políticos de tan diversa procedencia se parece más a una pieza de Ravel o Débussy, unos apuntes musicales perfectamente definidos que no necesitan más desarrollo, que a una rotunda obra sinfónica de Beethoven. Porque la película carga contra el arte burgués, o el arte pensado para la burguesía, incapaz de aceptar nada que le exija un esfuerzo, sometido a la dictadura del neoclasicismo y únicamente pendiente de reconocer aquello que cree entender y comprender por banal o excelso que pueda ser. Lanchemann, quejándose de su propia obra pero remitiéndose a la carta que le remitió una activista con la que estuvo enamorado, igual que la pianista de otro miembro de la Baader-Mainhoff, repasa la concepción acomodada del arte esperando el reconocimiento a su pensamiento en la voz de la pianista argentina, quienes como en la película de Buñuel, parecen haber quedado encerrados en una habitación toda la noche sin poder salir, con el matrimonio protagonista, fruto de la huelga de transportes, seguros de que la gente no va a un concierto para ser molestada, sino para divertirse, lanzando a la pianista la pregunta definitiva, ¿qué hacemos? «ein kinderspeil» , un juego de niños, un divertimento a los sones de Morricone mientras una niña ha soñado con vivir la historia infantil de Balthazar, de manera que el cine vuelve a repetirse en un sueño que se transforma en una película y en una niña cuyos ojos se encienden con las historias aunque sople una cerilla para apagarla, porque cuando acaba la proyección, o la ópera, o la representación, todo va a negro...........depende de nosotros qué iluminación interna seamos capaces de dar al arte, porque Moguillansky ha jugado con material de primera y lo ha mantenido en todo lo alto pese a jugar con nosotros como si fuéramos niños emocionados viendo a un pequeño burro disfrutar de su infancia ignorante de lo duro que será asumir la edad adulta. Película ganadora de la competición argentina de BAFICI es mi clara apuesta para el próximo Festival de Orense, esto no significa nada, salvo que a mí me ha maravillado.

LA VENDEDORA DE FÓSFOROS. Argentina. 2017. Dirección y guion: Alejo Moguillansky. Producción: Eugenia Campos Guevara. Fotografía: Inés Ducastella. Edición: Alejo Moguillansky, Walter Jakob. Sonido: Marcos Canosa. Elenco: María Villar, Walter Jakob, Helmut Lachenmann, Margarita Fernández, Cleo Moguillansky. 68 minutos.