lunes, 27 de noviembre de 2017

EL DEMONIO DE LAS ARMAS (Gun crazy, Joseph H. Lewis, 1949)



 EL DEMONIO DE LAS ARMAS (Gun crazy, Joseph H Lewis, 1949)
“Sólo me gusta disparar, sólo sirvo para eso, cuando sea mayor es lo que haré”, es la confesión que Bart le hace al juez que le envía a un reformatorio al inicio de la película, y que marca la línea de conducta inflexible que va  a guiar la vida del protagonista, una obsesión enfermiza por las armas y por el acto de disparar, unida a un rechazo absoluto a su uso contra las personas, aunque esa obsesión te haga perder la cabeza una lluviosa noche que va a cambiar tu vida, porque la caída física que sufre Bart tras coger el arma de un escaparate viene unida a la caída moral de ser inmediatamente detenido y presentado ante un juez, y líbrenos el destino de caer ante un juez comprensivo que quiera enderezar tu camino. Este contrasentido íntimo del personaje transforma la vida de Bart en un infierno cuando conoce a Laurie, otra persona igualmente obsesionada por las armas, que encuentra el mismo placer que Bart disparando pero que, al contrario de aquél, es incapaz de dominar su impulso de disparar cuando se irrita o se siente en peligro, dirigiéndolo incluso contra las personas. Ambos personajes viven marcados por un recuerdo del pasado, la primera muerte causada por cada uno disparando, un hombre en el caso de Laurie (Peggy Cummings), un pollito en el caso de Bart (John Dall), lo que da una idea precisa de la diferente personalidad de cada uno, del carácter ingenuo y apacible del hombre y del carácter impulsivo y manipulador de ella, porque si algo podemos afirmar tras concluir la historia es que entendemos perfectamente los impulsos y reacciones de cada uno de los miembros de esta pareja, de su inevitable camino de autodestrucción, de la imposibilidad de separarse a sabiendas de que juntos se dirigen hacia el abismo, pero al menos, con algo de vida en su haber.



Probablemente ninguna otra película de Lewis contenga tal dosis de talento, de creatividad, de perfección técnica, de arrebatada pasión y locura enfermiza, aunque haya otros títulos del director que permiten afirmar que tampoco se trata de una mera casualidad la redondez de “Crazy gun”. Simplemente algo tan simple como la presentación de ambos personajes permite dibujar a la perfección su modo de ser, tanto la del niño juzgado como un adulto y que no ha cambiado demasiado cuando volvemos a verlo pasados los años y regresando a su ciudad tras abandonar su puesto como instructor de tiro en el ejército, cuya mayor diversión sigue siendo disparar, hacer blanco, tocas las armas, aunque ahora ya no tenga esa cara de avaricia, cercana a la lujuria cuando, como esa noche lluviosa, lanza una piedra contra un escaparate para robar la pistola que marca su destino posterior. Esa ansiedad juvenil por tocar el cañón de una pistola y sentirla propia se ha atemperado con los años ahora que puede comprar las armas que quiere, pero como pasión que es, encontrar a una mujer con la misma habilidad y dependencia supone todo un terremoto. En Laurie, con esa presentación circense, haciendo malabarismos de precisión vestida con unos ajustados pantalones de cowgirl que forman parte de su disfraz para debilitar a los hombres que se cruzan en su camino, hay otro brillo en los ojos, más peligroso, más audaz, más suicida. Son dos personas que tienen la misma obsesión y sólo un poco de tiempo es lo que se necesita para que el intercambio de miradas concluya en un intercambio que va más allá de lo amoroso, porque desde que Bart entra en la barraca de feria, su mirada a una mujer con pistola, como la de ella cuando siente el interés especial del hombre sobre su cuerpo proporciona un juego erótico donde el arma contiene un indudable simbolismo sexual no ocultado por un conjunto de creadores reunidos en una película completamente situada en el punto de mira del maccarthismo.




La calculada presentación de ambos personajes no impide su evolución, en la mirada de ambos queda el margen de la duda, el enamorado ingenuo y manipulable enfrentado a la “femme fatale” del cine negro, pero esta primera impresión no es inmutable, lo que no parece sino el calculado interés de la mujer, “quiero un hombre de acción”, va mutando en una verdadera relación de interdependencia donde Bart es el sumiso y Laurie la fuerte. La película, marcada a fuego por el código Hays y el inicio de la caza de brujas, no elude la insinuación violenta ni la insinuación sexual con una Peggy Cummings decidida a todo por poder disfrutar de aquello que la falta de dinero no le permite, incluso a abandonar a Bart si éste no accede a iniciar una vida más cómoda en lo material cambiando el mundo de miseria de la atracción ferial por el del robo a bancos. “Terminemos donde lo empezamos” dice la mujer al hombre acostada sobre una cama y con un albornoz después de señalarle la puerta de salida si no se pliega a su condición, o lo que es lo mismo, “este cuerpo es lo que te vas a perder” por tu conciencia y tu moral. El título original “Deadly is the female” es aún más explícito sobre el papel de cada uno de los integrantes de esta pareja de corredores sin retorno, título igualmente censurado por la moralidad imperante del momento. La película va transformándose, así, en puro frenesí autodestructivo y pasional, en una huida hacia adelante marcada por el uso de las armas, una huida constante que debe concluir de la única manera admisible en estos personajes, siendo fieles a su impulso innato.



A partir del primer atraco el estilo de la película sufre una aceleración, incluso la cámara parece dotarse de un plus de revoluciones de golpe en golpe, de pasajeros lujos pero sin posibilidad de estabilidad porque nunca un robo es suficiente como para olvidarse de las preocupaciones de un botín exiguo. A la promesa de un último atraco le va  a seguir la necesidad del siguiente hasta que, en la desesperación de una huída de una industria cárnica en la que ambos trabajan, aparece la muerte como consecuencia inevitable de tanto jugar con armas. Bart esgrime las pistolas delante de las personas con timidez, como pidiendo perdón, con la mirada huidiza de quien siente el mal sobre sus hombros y es consciente de que nunca va a disparar contra nadie, pero Laurie con una pistola en la mano cambia su mirada seductora y tranquila por otra llena de odio, de rabia, de desesperación incontrolable, a Bart dirigir el cañón de su arma contra alguien le llena de dudas, de temores incontrolables, de recuerdos y traumas infantiles marcados por un reformatorio y el cuerpo de una pequeña ave destrozado por un disparo intencionado sin calcular sus consecuencias, a Laurie le pasa lo contrario, su feminidad, su dulzura, su seducción, desaparece tras una mirada violenta, irrefrenable, enajenada, que hace prevalecer lo primitivo a lo racional.





Cualquier referencia a la película termina mentando el famoso plano secuencia de uno de los atracos, y es verdad, son minutos sin corte de plano con la cámara desde el interior del vehículo de la pareja, que sigue rodando incluso cuando los protagonistas están fuera del mismo, pero la película es mucho más, son los planos en que la pareja se siente cada vez más acosada y constreñida, corriendo por estrechos pasillos o callejones, tropezando, cayendo, perdiendo el botín por el camino, filmados en primerísimos planos, en picados o contrapicados iluminados con maestría por el buen hacer de Rusell Harlan, mostrando un arrepentimiento y un cambio de planes donde la pasión prevalece sobre la prudencia filmando a dos vehículos que se separan en direcciones diferentes pero que no pueden terminar de romper el hilo invisible que los une, girando, y nosotros con Laurie, 180 grados para volver a reencontrarse y tomar lo que va a ser el último gran viaje hacia el lugar donde todo inició. Cuando Bart y Laurie desfallecen en medio del pantano, “Eres lo único real en mi vida, Laurie. El resto es una pesadilla.”, rodeados por la niebla, volviendo a surgir de su interior su verdadera personalidad antes las armas, ese elemento surreal que proporciona la imposibilidad de ver anuncia algo que venimos intuyendo desde su primer cruce de miradas, que ambos, sin saberlo, están condenados a muerte, que las ofertas de los amigos de Bart para que se entreguen en ese momento son innecesarias, porque Bart no puede decidir lo que ya se decidió en aquella barraca de feria, sujeto y sometido como está, al carácter indomable de ella. El último acto destructivo de Bart es similar a un suicidio meditado, con su decisión abandona parte de su naturaleza pero devuelve también lo que sus amigos le dieron en la infancia. Un último plano que se eleva demuestra la grandeza simbólica de las imágenes pensadas por Lewis para crear mucho arte desde una pequeña producción no destinada inicialmente a perdurar pero que se ha ganado el derecho a aparecer en cualquier antología del cine, y no sólo del cine negro.


 
  
EL DEMONIO DE LAS ARMAS. EEUU. 1949. Título original: Gun Crazy. Director: Joseph H. Lewis. Guion: MacKinlay Kantor y Dalton Trumbo (como Millard Kaufman), basado en el relato de MacKinlay Kantor. Productora: King Brothers Productions. Productores: Frank King y Maurice King. Fotografía: Russell Harlan. Música: Victor Young. Intérpretes: Peggy Cummins, John Dall.

PELICULA COMPLETA SUBTITULADA