sábado, 4 de noviembre de 2017

JEUNE FEMME (Montparnasse Bienvenüe, Léonor Serraille, 2017)

JEUNE FEMME (Montparnasse Bienvenüe, Léonor Serraille, 2017)


De golpe, con la brusquedad del ruido de un cabezazo contra una puerta, la vida de Paula cambia de repente. El espectador aún no se ha acostumbrado al silencio de la sala cuando en sus oídos retumba todavía el estruendo de un par de golpes propinados con rabia y con ganas de hacerse daño. Duele pensar en ello, y más han de doler internamente las razones que tiene la mujer del título para herirse de esa manera y amortiguar ese vacío interior provocándose verdadero dolor físico. La herida de Paula sangra, y va a permanecer abierta casi durante toda la película, es una marca que señala al exterior el duelo de una ruptura, «lo he sido todo para tí y ahora no soy nada», un reproche lanzado al silencio de una noche en la que no se obtiene respuesta, un dolor que un médico psiquiatra no es capaz de calmar ni de curar, y ante el que sólo puede oponer el argumento de la amenaza de un internamiento psiquiátrico para convencer a la verborreica y agresiva joven. Pero al personaje que acapara toda esta película ni quiere, ni le apetece, en esos minutos iniciales, mostrarse calmada, ni razonable, ni racional. Da rienda suelta a su dolor y a la incomprensión generada por un abandono inexplicable. Del todo a la nada, de manejarse en la seguridad de un colchón económico ajeno a encontrarse en la puerta de la calle sin un euro y sin asidero alguno del que valerse, sin más razón que una cerradura que no abre. Una auténtica náufraga en medio de un Paris que se antoja inhóspito por más que reconozcamos el atractivo turístico. Para Paula ese París es la señal de la derrota anticipada, una debacle de proporciones inimaginadas, un empezar de cero sin aviso ni alarma previos. En la fría noche parisina, una mujer, un gato y un bolso marcan el inicio de una aventura de reencuentro, de crecimiento, de aceptación, de madurez progresiva.


Los meses durante los que vamos a acompañar a Paula, admirable Laetitia Dosch, son los meses de agarrarse a cualquier tabla de salvación por mínima o paupérrima que sea, una fiesta en una casa es una ocasión para poder pasar una noche a cubierto, presentarse en casa de una amiga a la que no has tratado demasiado bien cuando todo te sonreía te hace tragarte el orgullo para no helarte en la calle o dormir en un portal, ocultar tu herida cicatrizante una forma de evitar preguntas incómodas o de empezar a desterrar la inseguridad de saberte rechazada por un hombre en el que pusiste todo el empeño. Hay que sobrevivir aunque sea inventándose trabajos, estudios, ofrecerte para cualquier cosa simulando ser quien los demás quieren que seas. Puedes vivir en una miserable «chambre de bonne» en un distrito selecto de la capital, con ventanas que cierran mal, pero te ahorras la vivienda y la comida cuidando de una niña cuando en tu vida lo has hecho, te gustaría haberte formado intelectualmente pero preferiste acostarte con el profesor en vez de leer sus libros, y cuando llega la hora de presentar tu currículum mientes diciendo que eres estudiante de arte, porque se trata de sobrevivir, de encontrar lo mínimo para superar el bache y reencontrarte poco a poco. Y la soledad provoca extrañas solidaridades, un vigilante negro de una gran superficie donde terminas vendiendo lencería, una niña que se divierte en unos meses más que toda su vida anterior, y mientras vas tejoendo ese nuevo entramado que te sostiene, comienzas a ganar seguridad, a levantarte con ganas de hacer cosas por las mañanas, a encarar el día a día sin la angustia de terminar en la calle y hasta te atreves a buscar a tu madre, con la que llevas años sin hablarte, y te resistes agarrada a la barandilla de la escalera para que no te eche de casa, porque ya has aprendido que quien resiste, gana, y que una derrota una vez no es igual a perder siempre.

Si hay que hacerse pasar por una persona diferente de la que eres, te dejas llevar y asumes una personalidad que no te corresponde porque estás en reconstrucción, necesitas un afecto que te falta y no te incomoda que ese afecto sea prestado y no debieras ser la verdadera destinataria, porque confías en hacerte merecedora de ello. Esa confianza que te va generando el ir asentándote con tu propio esfuerzo empieza a servir de anzuelo para quien previamente te despreció. En el personaje de Paula hay mucho de la joven que seduce al protagonista de «El amor después de mediodía», el mismo desparpajo, la misma libertad, la misma habitación, el trabajo parecido, pero esta mujer apenas si tiene tiempo en pensar en seducir cuando acaba de ser despreciada y lanzada a la oscuridad de la gran ciudad, a un mundo que desconocía y en el que aprende la existencia de la pobreza, el sexo pagado, el favor que se quiere cobrar, la inmigración, la clases sociales. Con qué sencillez, con qué desparpajo, con qué acierto Serraille crea un personaje perfecto que va creciendo con nosotros a lo largo de los minutos, una mujer que desde ese inicio desquiciado y autoagresivo comienza a transmitir, poco a poco, una empatía y una alegría que contagia humor y ganas de vivir, algo que pronto queda claro con los bailes que, sóla, acompañada o admirada, Paula decide ejecutar para liberar esa energía negativa que la atenaza al comenzar la película y que termina por desaparecer hasta cuando quienes fueron buscados con ahínco terminan siendo abandonados también por esta joven mujer que ha crecido sobradamente al final de la película, y en el intento de reparar el daño causado a la joven terminan perdiendo hasta su dignidad. En vez de hundirse, Paula utiliza su libertad recién adquirida para crecer y crecer. La dejamos asentada, encaminada, segura de sí. En vez de llorar en los rincones ha decidido meterse París en los bolsillos. No es fácil encontrar películas optimistas en los festivales, ni personajes que salen del agujero más hondo sin perder el realismo de su inestable situación pero manteniendo la dignidad y la sonrisa. Paula nos relaja aunque su entorno se enerve, allá los demás porque la vida tiene colores y nuestra protagonista pone color a su inicial presente negro oscuro, y el tratamiento visual que Serraille crea para rodear la historia ayuda mucho para transmitir esa sensación.



Título internacional: Montparnasse Bienvenüe. Título original: Jeune femme. Francia. 2017.Dirección: Léonor Serraille. Guión: Léonor Serraille. Reparto: Laetitia Dosch, Souleymane Seye Ndiaye, Grégoire Monsaingeon, Léonie Simaga, Erika Sainte. Música: Julie Roué. Productora: Sandra da Fonseca. Producción: Blue Monday Productions, CNC, Sofica Cofinova, Cinémage.Distribuidores: Shellac Distribution. 97 minutos.