martes, 19 de diciembre de 2017

NOCHE HERIDA (Nicolás Rincón Gille, 2015)

NOCHE HERIDA (Nicolás Rincón Gille, 2015)

“Ánima mía, ánima de paz y de guerra, ánima de mar y de tierra, que todo lo que tengo ausente o perdido se me entregue o se me aparezca”
Si algo merece destacar de la película de Nicolás Rincón, que forma parte de un proyecto más amplio, «Campo hablado», con el que culmina, es la forma exquisita con la que se va aportando información al espectador trascendiendo lo que parece ser, nada más, pero tampoco nada menos, una relación plagada de sin sabores entre una abuela y tres nietos a los  queha criado más como madre que como real abuela fruto de las circunstancias. Desde su comienzo, con una hipnótica letanía que termina convirtiéndose en una oración, fruto de la impaciencia y la frustración ante una realidad tozuda, que convierte a esta abuela en una nueva Sísifo incapaz de encauzar a sus jóvenes descendientes hacia un futuro más esperanzador pese a todos sus intentos, y que parece jugar como una petición de ayuda y cuidado hacia esos dioses invisibles coincidiendo con esos aún niños, escalando hacia la copa de árboles desde los que la caída supondría la muerte, pensando o haciéndonos pensar que son jóvenes que trabajan sin seguridad alguna, cuando realmente sólo se trata de un juego, el director sitúa en la palabra, hasta en la palabra mal dicha, el verdadero empuje de la narración, para terminar desembocando en la denuncia implícita a cualquier obra de arte que quiere desvelar un estado de  las cosas muy diferente al marcado por la oficialidad del discurso político.

El personaje de Blanca, la abnegada abuela que se dedica a cuidar a tiempo completo de sus nietos, sufriendo por ellos cada vez que desobedecen, no estudian, salen de noche, pierde su control; en medio de conversaciones de aparente banalidad acerca del discurrir cotidiano de un entorno meramente doméstico, no olvida que su presencia en un barrio marginal de Bogotá, viviendo a duras penas en una construcción artesanal hecha a base de ladrillos mal colocados y tejados de uralita, sin aislamiento térmico, sin agua corriente, sin habitaciones, sin comodidad alguna, obedece a los duros años de enfrentamiento armado entre la guerrilla, el ejército y los paramilitares, que han provocado millones de desplazados de unas zonas del país a otras más seguras aunque todavía menos confortables que el hogar abandonado en el campo. Diez años separan la huida de la filmación, y entre vivir, aunque sea mal, o morir en medio de un conflicto donde la población rural ha servido de rehén cuando no de mera mercancía a ejecutar conforme a los deseos de auténticos criminales que obtenían la sumisión de una región a base de sembrar el terror, se opta por vivir mal. Se trata, por lo tanto, de recuperar la memoria no silenciando a los protagonistas y obligándoles a permanecer ocultos en los vertederos de la sociedad que muestra su lado más civilizado en público, pero que esconde sus propios fantasmas imaginando que, de esa manera, no existen.
Una simple escena de una abuela asistiendo a la lectura por su nieto de una tarea escolar en la que cuenta sesgadamente, y sin ningún rigor de léxico y sintaxis, las razones de su huida de la aldea, «no me gusta lo que escribió», funciona en un doble estrato, el de la pesadumbre de esta mujer que asiste a la negación absoluta del resultado académico en un adolescente que no aprovecha, ni sabe valorar, los esfuerzos de su abuela para que estudien, y al mismo tiempo, asistimos a cómo puede desvirtuarse el verdadero recuerdo de un episodio histórico culpando a la guerrilla de lo que, en realidad, hicieron los paramilitares, porque, entre otras cosas, el discurso oficial ha conseguido que cale la idea de que todo fue igual y lo mismo. Sólo las conversaciones entre Blanca y su vecina funcionan como remanso para la vieja mujer que, sin olvidar su posición de víctima de un conflicto, asume que todo ha de seguir hacia delante, y esto sólo lo pueden conseguir las nuevas generaciones de colombianos apoyados por las anteriores, aunque, incluso el esfuerzo de éstas no termine siendo suficiente para retener y convencer a quien decide abandonar antes de empezar, como es el caso del nieto mayor, Didier. Entre las hijas de Blanca y sus nietos se abre un abismo de responsabilidad y conciencia, porque en el fondo, la película es marcadamente feminista en su revelación de mujeres absolutamente convencidas de su poder y de su inagotable fuerza.
Blanca representa a una mujer, como muchas de ese poblado ocasional surgido tras el éxodo, que no se contenta con quejarse del pasado porque tiene bastante con luchar con el presente para que el futuro de otros pueda ser mejor. Los miedos persisten porque hay recuerdos que pueden volver en cualquier momento provocados por conexiones cerebrales que identifican un cohete con un disparo, incluso los miedos nuevos, los de la violencia y la droga que cercan a sus nietos, se viven y se afrontan con un coraje quizás inútil o estéril, pero admirable y lleno de esperanza, aunque una y otra vez se reproche un presente impuesto, «si llego a saber que es así, yo no me encarto con nietos». Blanca sabe que la violencia no cesa, que se ha podido separar del conflicto armado pero ha entrado en otros territorios a explorar, incluso la violencia del ejército reclutando y «secuestrando» jóvenes sin futuro, esa amenaza latente de la «limpieza social» en parques y territorios donde parece anunciarse que va a llegar un momento en el que el poder decida eliminar de las calles lo que presuponga peligro, «y ustedes en el hijoeputa parque», porque la vieja mujer sabe que la batalla con Didier se ha perdido, pero ha triunfado con su propia hija menor, y aún le queda el anhelo de conseguir que John y Camilo sean distintos. La película es oral, pero su imagen no deja de buscar la belleza del momento en medio de la nada, y eso aunque fundamentalmente se ruede en el interior oscuro de una barraca mal construida, o en los exteriores de una ladera donde la fiesta parece permanente aunque el gran Bogotá permanece inalcanzable a lo lejos, tan oral que remite a un cuento de corte africano en el que una pregunta surge inmediatamente, ¿dónde están los hombres en esta sociedad? ¿dónde fueron a parar los padres? ¿dónde decidieron que la educación era cosa solo de mujeres?


NOCHE HERIDA. Colombia, Bélgica. 2015. Dirección y fotografía: Nicolás Rincón Gille.Productor: VOA films, Manon Coubia. Co productor: CBA, Javier Packer, RTBF, Wilbur Leguebe. Montaje, sonido e imagen: Cédric Zoenen. Sonido: Vincent Nouaille. 90 minutos.