martes, 12 de diciembre de 2017

SIN AMOR (Nelyubov, Loveless, Andrei Zvyagintsev, 2017)

SIN AMOR. (Andrey Zvyagintsev, 2017)
Hay países que creen correr sin freno hacia el éxito, una fulgurante y veloz carrera en la que, sin embargo, se van perdiendo, por efecto de las vibraciones, todas las piezas que armonizan su estructura hasta que ésta se desencaje y quede varada en medio del camino. Pero, además, ocurre que mientras se corre, casi nadie se da cuenta de que no se mueve, que el país permanece estancado, que te has sofocado esforzándote en una carrera hacia ningún lugar para quedarte en el mismo sitio, unido a que has perdido los pocos valores que te hacían reconocible. Cuando Zhenya, en una escena de enorme estética (pero muy «evidente» en su metáfora), como casi toda la película, se enfunda un chandal de la selección rusa de atletismo y sale a la terraza de su piso de lujo para correr en una cinta, el plano frontal que la enfoca demuestra ese movimiento hacia la nada, la carrera estéril con la que no se consigue olvidar el pasado, un pasado que llevas clavado en tu espalda y en tu cerebro y ha de perseguirte sin piedad el resto de tu vida. Y lo mismo le ocurre a Boris, cuando harto de ese nuevo hijo de un año que no le deja ver tranquilamente las noticias, arroja a éste en el corral infantil y le deja solo y llorando. Hasta ese momento hemos asistido a dos horas de crueldad extrema, de absoluta negatividad hacia el ser humano, de nulo compromiso paterno-filial, y lo que es peor, que, transcurrido el tiempo, aprendida la lección dolorosa a fuerza de golpes y sufrimiento, los personajes de Zhenya y Boris se encuentran tan vacíos y tan poco empáticos con sus criaturas como al principio de la película porque nada se ha movido del punto de partida.


Es posible que el nuevo retrato de la Rusia postcomunista que realiza Zvyagintsev en esta película no se encuentre a la altura de fondo de, las para mí, excelentes «El retorno» y «Leviathán», en el fondo, porque la estructura formal sigue siendo tan poderosa como en sus anteriores películas, en esta ocasión con el evidente atractivo estético de un paisaje nevado con el que no sólo se inicia la película como preludio de su final, sino que irá haciéndose cada vez más presente conforme avanza la historia; esa nieve que no es sino el reflejo del frío, del hielo emocional que rodea a todos los personajes de la trama, unos por obligación y otros por irresponsabilidad. O es posible también que viendo «Sin amor» ya nada nos sorprenda porque tenemos el referente de las previas películas del director ruso y la sorpresa sería que ofreciera un panorama mucho más alentador que el que nos tiene acostumbrados a mostrar. En el cine de los directores más afamados en el circuito pro-Cannes empieza a vislumbrarse el agotamiento de una fórmula que elimina la capacidad de sorpresa del espectador habitual porque todo suena a ya visto. Pasa con Zvyagintsev, pasa con Loach, con Lanthimos, con Haneke, algo menos con los Dardenne, quienes según aumenta su edad parecen aumentar su humanismo. No es malo de por sí, pero empieza a sonar a rutinario, como si su mente solo fuera capaz de recrear la misma historia mediante mínimas, e insuficientes, variaciones. La crítica oficial ha encontrado la etiqueta para estos cineastas, «cine de la crueldad», pero la verdad es que no es justo afirmar esto en 2017 cuando todos ellos siguen, desde sus inicios, recogiendo esa crueldad en las relaciones humanas y en las relaciones socioeconómicas de los países del primer mundo y de las economías emergentes. En vez de reconocer que puede que nos hayamos cansado no de este lenguaje, sino de la reiteración de la fórmula, se critica su espesura sentimental, su nula confianza en el ser humano, su despiadada fotografía de una realidad que nos acompaña y que no deja respiro al espectador, cuando nunca antes dieron muestras de lo contrario y a todos nos pareció bien.


Zhenya y Boris son un matrimonio cuya convivencia ha saltado por los aires, sólo mantienen un domicilio que ninguno tiene especial interés en conservar y del que sólo aspiran a sacar una rentabilidad económica, al que acuden cuando sus actuales parejas no pueden abrirles la puerta  para pasar la noche. Los encuentros en la vivienda, a punto de venderse, son estallidos de violencia verbal, reproches aniquiladores de la dignidad humana, bombas de efecto retardado que terminan explotando en la personalidad de Alyosha, el hijo de 12 años de edad, que, paradójicamente, no es utilizado como objeto de cambio ni como chantaje emocional entre la pareja, al revés, ambos progenitores discuten porque ninguno quiere asumir su custodia  ya que ésta significa no poder volcarse en las nuevas relaciones con una mujer más joven o con un hombre millonario. El odio e indiferencia con el que Alyosha es tratado, unido a la inminencia de la pérdida de su entorno con la venta de la casa y el alejamiento de su único amigo, lleva al menor a la toma de una drástica decisión; ante la perspectiva de ser internado y, en suma, abandonado, el niño, tras una noche de auténtico desgarro emocional, huye y desaparece de la vida de unos padres que ejemplifican la Rusia de hoy en día. Si cada país tiene los artistas que de manera más certera dibujan la realidad de sus respectivas realidades, Zvyagintsev es el prototipo de retratista del alma y la no-alma de la Rusia postcomunista. Especialista en desarrollar cómo la ponzoña de la corrupción, la arbitrariedad y el despotismo destroza la humanidad de las personas, ahora no se centra tanto en las esferas de poder, por muy remotas y periféricas que éstas puedan ser, sino en cómo ese poder se apoya sobre ciudadanos que en su vida diaria se comportan de la misma manera zafia, egoista, insensible, realizando un recorrido inverso de abajo hacia arriba, cuando lo usual suele ser reflejar la influencia de los males del poder en el comportamiento de la sociedad.


Si Alyosha es el futuro de Rusia y Zhenya y Boris el presente, el pasado de Rusia se representa en viejas estructuras arquitectónicas abandonadas, resquebrajadas por el paso del tiempo, herrumbrosas maquinarias defenestradas, instalaciones deportivas ruinosas, hospitales donde se respira la humedad y el frío, morgues cuyas paredes rezuman el moho de la desidia y la incompetencia, un mundo antiguo borrado a fuerza de dejarlo fallecer y en el que surgen focos de resistencia, allá donde el poder público no puede, o no quiere, llegar, la participación, la solidaridad del voluntariado trata de suplir la abstinencia pública. Cuando Zhenya y Boris establecen una mínima tregua y juntos comienzan la búsqueda de ese hijo que les ha abandonado, sintiendo la falta de apoyo policial o la amenaza de un despido por no ser capaz de mantener unida a la familia conforme al integrismo religioso que va aumentando su influencia en el país, una ONG de corte militarista (¿simbología del poder militar y su valor social en un país violento por naturaleza?) asume las labores de búsqueda del menor. Desde el rigor y la profesionalidad pero con absoluta falta de empatía hacia esos padres que, pronto se descubre, son los causantes de la decisión infantil desnudando ante extraños cómo ese hijo no deja de ser un perfecto desconocido para ellos mismos, la sociedad civil, aun militarizada y jerarquizada, intenta suplir la ausencia de entramado público. El futuro de Rusia es una entelequia ante una sociedad que vive por, y para, el hedonismo del nuevo rico (poseer, comprar, exhibir son los verbos del nuevo país), mientras los jóvenes en formación sienten la absoluta falta de cariño de quienes anteponen sus deseos a sus obligaciones.




La película funciona como un círculo alrededor del que van girando otros concéntricos que nos van abriendo paso a un descenso a los infiernos interminable. Como círculo, rodea, pero tampoco lleva a ningún lugar, terminamos en el árbol donde todo comienza, mientras el cartel con el rostro de Alyosha permanece pegado a un poste deteriorándose, ha pasado un año reclamando una ayuda que no ha llegado a ser suficiente, o puede que sí, puede que la búsqueda, al fín y al cabo, terminara encontrando lo que no se quería ver. El ciclo vital sigue, la naturaleza pasa del fín del verano al otoño y se adentra en un invierno que va a instalarse definitivamente en la vida de la expareja. Dará lo mismo el tiempo que pase, nunca más habrá veranos ni primaveras, de un invierno pasaremos a otro porque, entre medias, no existe la luz. Para Zhenya y Boris cabe engañarse en un nuevo presente, pero su pasado es tan decepcionante, el daño causado tan elevado, su futuro tan vacío, que la lástima que puede provocar ese hijo desaparecido no puede negarnos que tomó la única salida posible y admisible aunque pusiera en juego su propia existencia. El niño cuya presencia funciona con la fuerza de un fuera de campo permanente a lo largo de toda la película y que señala lo que le era prohibido, ignorado y despreciado, una vida familiar inexistente sometida a los vaivenes del mercado, del cálculo del coste-beneficio, del lujo a descubrir o del placer a recuperar, un niño convertido en un perro callejero por sus propios padres. Ahora bien, si para contar lo que Zvygintsev cuenta se precisan tantos minutos, si la historia podía durar la mitad o el doble, si la crueldad humana no merece algún contrapunto menos egoísta, más solidario, abre un nuevo debate acerca de la necesidad real de este cine una vez conocida la tesis y participada en numerosas películas. Volcar sobre el espectador tanta cantidad de maldad, por muy estética que resulte la propuesta, por planificada rigurosamente que sea la puesta en escena, puede conseguir que éste reaccione con absoluta indiferencia ante el continuo catálogo de recordatorios de lo malos que somos y lo mal que lo hacemos todo, si llegamos a ese punto es posible que nadie se acuerde de Alyosha, ni de los Alyoshas del mundo y, como un contrasentido absurdo, termine sintiendo empatía hacia los Boris y Zhenyas que están destrozando el futuro de sus propios hijos.




SIN AMOR. (Nelyubov, Loveless). Rusia. 2017. Andrey ZVYAGINTSEV - Director. Anna MASS - Montaje. Evgeny GALPERIN - Música. Andrey DERGACHEV - Sonido. Andrey PONKRATOV - Decorado. Oleg NEGIN - Guión. Andrey ZVYAGINTSEV - Guión. Mikhail KRICHMAN - Director de fotografía. Intérpretes: Maryana SPIVAK - ZHENYA.  Alexey ROZIN - BORIS. Matvey NOVIKOV - ALYOSHA.  Marina VASILYEVA - MASHA. Andris KEISHS - ANTON.  Alexey FATEEV - COORDINADOR.125 minutos. Productora: arte France Cinéma / Why Not Productions