sábado, 2 de diciembre de 2017

TIERRA SOLA (Tiziana Panizza, 2017)



 
TIERRA SOLA (Tiziana Panizza, 2017)

Las cárceles no sólo son espacios cerrados con cuatro paredes, rodeados de muros inaccesibles o alambradas cortantes, el presidio alcanza su máxima expresión cuando, siendo libre para moverte, no puedes abandonar el lugar en el que te encuentras. La directora va armando un rompecabezas multiformato para mostrar en imágenes el último siglo de vida en la Isla de Pascua, sin olvidar su pasado milenario y sin centrarse en lo puramente etnográfico o antropológico, pero sin perderlo de vista en ningún momento. El hallazgo y búsqueda de viejas filmaciones caseras o turísticas de los primeros visitantes de la isla, algunas que se aproximan al siglo de antigüedad, sirve de excusa a la realizadora para adentrarse en la esencia del pasquense, del rapa-nui, del aborigen maltratado pero al mismo tiempo orgulloso de su origen, preservador de sus costumbres pero anhelante de que el mar no suponga una barrera infranqueable para sus deseos de viajar o establecerse fuera de la isla si es su voluntad. Prisión aislada por su lejanía y presidio sobre el espíritu del habitante a fuerza de sentir una presión desde el continente que ha ido intentando imponer religión, lengua, costumbres……sin capacidad para comprender lo importante de mantener la diferencia y el respeto.


El hilo narrativo de la idea del encierro, con esa contemporánea historia de la construcción de una nueva cárcel que la cultura de la isla trata de impedir por todos los medios, enfrentada con la vida diaria en la vieja cárcel heredada de las concesiones británicas a la compañía Williamson, Balfour & Co, que explotó por décadas la isla para la crianza de ganado y trató a los habitantes como esclavos sin título, carentes de derechos y expropiados de sus tierras como si no fueran más que parte del decorado natural del paisaje, se construye a partir de la mezcla de imágenes y formatos en cualquier tiempo y lugar pero siempre en la isla, de tal manera que se puede jugar a envejecer lo que vemos o dotarlo de la máxima calidad del medio digital,  ya convenga rememorar  lo ancestral, o la huida del encierro, ya la reivindicación política de libertad para desprenderse de la tiranía, primero del “descubridor y usurpador” chileno, después del terrateniente británico y después del mando militar chileno que ejerció la administración de la isla, hasta conseguir una autonomía política como pueblo que le permite canalizar el desarrollo de su entorno para conservar lo propio con las menores interferencias del continente y del turismo.


La imagen diversa y diversificada, tanto en su origen como en su forma, es utilizada para armar un relato conexo entre pasado y presente, entre antropología y creación artística, entre el arquetipo turístico del “moai” y la realidad presente de una comunidad firmemente asentada en un confín apartado del mundo donde la nacionalidad chilena es mucho menos importante que el sentimiento de pertenencia a una comunidad ancestral. El continental sigue siendo visto como un sospechoso que puede trastocar las bases íntimas de identidad nacional, la apertura hacia el residente no rapa nui nunca va a ser completa ni absoluta, siempre existirá un recelo justificado en décadas y décadas de abuso y autoritarismo que han ido quedando en el sustrato de un pueblo orgulloso que mira más hacia Polinesia que hacia Sudamérica. El material de archivo permite contemplar la evolución de una región que mantiene su conexión mística con la naturaleza preservando esa identidad aún a fuerza de oponerse al llamado progreso tecnológico, incluso el tiempo demuestra cómo la imagen y su captación a lo largo de décadas de visitas se mimetiza, de tal manera que un viajero de 1930 captura un diseño visual de la isla que se mantiene hasta la actualidad en el visitante temporal. Mantener y preservar puede resultar más sencillo si se apuesta por restringir la comunicación aérea y marítima, pero esa apuesta conduce a incrementar la sensación de isla-presidio de la que resulta complicado partir, incluso ahora, en que la libertad para los habitantes de Pascua es absoluta (no a viceversa, donde la posibilidad de domiciliarse desde el continente tiene sus cupos y requisitos, precisamente para evitar el arrasamiento de una zona en frágil equilibrio natural y de sostenimiento), aquellos que arriesgaron sus vidas por encontrar un espacio de mayor libertad, contemplan el presente de Pascua como un remoto territorio donde todos los caminos terminan resultando escasos y restrictivos.


Las imágenes ayudan a  representarse esa idea de aislamiento y reclusión, incluso a identificarlas con las generaciones pasadas obsesionadas por abandonar la isla como fuera, hasta con riesgo evidente para la propia vida en improvisadas y fragilísimas embarcaciones, perdida la posibilidad de deambular libremente bajo un dominio privado que cerco y excluyó al local en su propia tierra. Entre el preso y el policía o funcionario que vigila, se crea una relación invisible de extrañamiento que les iguala, el funcionario del continente tampoco puede escapar de ese confinamiento provocado por la insalvable distancia que le separa de su hogar, el preso solamente cambia las dimensiones de su reclusión, sui géneris, pues hay unas posibilidades de comunicarse con familiares y amigos impensables en otros lugares, y esa corriente que fluye durante toda la película sirve para unir lo antropológico con lo geográfico y esto con lo meramente cotidiano, de tal manera que el mar, lo que provoca, es la necesidad de ser atravesado, presentándose no como un medio apacible o que proporciona alimento, sino como la barrera más eficaz para mantener esa sensación de aislamiento forzado que, al tiempo que ayuda a preservar, se siente como una losa sobre los habitantes. 32 documentales antiguos o filmaciones caseras sirven de excusa para viajar continuamente del pasado al presente, valorar cómo se apreciaba una realidad cultural en quien se enfrentaba con ella por primera vez, y situarnos en el presente de una comunidad unida por fuertes lazos singulares cuya imagen simbólica, el moai, es signo y símbolo de pertenencia, pero que no puede servir solamente para oscurecer y no ver a las personas a quienes representa.
TIERRA SOLA. Chile. 2017. Dirección: Tiziana Panizza. Guión: Tiziana Panizza. Producción general: Soledad Silva. Asistente de dirección: Macarena Fernández. Dirección de fotografía: Pablo Valdés. Montaje: Coti Donoso, Tiziana Panizza. Sonido: Claudio Vargas. 104 minutos.