miércoles, 13 de diciembre de 2017

TIGRE (Silvina Schnicer, Ulises Porra, 2017)




TIGRE (Silvina Schnicer, Ulises Porra Guardiola, 2017)

De la megaurbe de Buenos Aires al delta del Tigre hay poca distancia, la que necesitaba la burguesía adinerada de la nación para marcar esa diferencia de clase, la creación de una especie de paraíso restringido para señalar el status y la barrera insalvable de la capacidad económica. Con el tiempo, “El tigre” cayó en picado, sus moradores de temporada fueron acotando otras reservas más exclusivas, la comodidad iba reñida con la humedad, la naturaleza agreste, el insecto y las dificultades de comunicación, y la zona que fue exclusiva se fue transformando en otra comunidad, más modesta, más abierta a la llegada de nuevos habitantes, y las viejas mansiones fueron vendiéndose, demoliéndose, pudriéndose al ritmo que marcaba la dejadez de sus propietarios originales. El tigre del título no es ningún animal, pero sí que asume la condición de salvaje entorno que encapsula a sus protagonistas hasta hacerles partícipes directos de la carcoma de los materiales con los que han construido una casa, sí, pero también de los materiales humanos que se mueven por los espacios. Lo que en el “Tigre” se inicia como una serie de situaciones aparentemente inconexas, con varios focos narrativos, va, como una tela de araña en la que el hilo más distante es capaz de transmitir la información al extremo opuesto, aproximando todos ellos hasta conseguir una visión de conjunto de los efectos del extrañamiento colectivo.




No es de extrañar que todo el mundo sitúe esta película al rebufo de “La ciénaga” de Lucrecia Martel, su ritmo, su entorno, el núcleo familiar, lo que rodea a éste, el deterioro evidente de unas instalaciones que vivieron mejores tiempos, pero, o al menos el recuerdo así me lo indica, “Tigre” abre más posibilidades interpretativas frente al referente previo, lo que permanece como retrato de una desintegración familiar en la película de Martel, se amplía a lo social y generacional en la composición de Schnicer y Porra. Y esta película entronca perfectamente con un estilo particular de las películas argentinas ambientadas en el propio delta o en territorios donde el hombre se aísla del núcleo urbano masificado. No sólo la película de Martel puede jugar como referencia para el espectador que quiera asomarse a “Tigre”, el Piñeiro de “Rosalinda”, o el Fontán de “El rostro” o “Limonero real”, o hasta el Lisandro Alonso de “La libertad” o “Liverpool” se vislumbran en su estilo visual, y hasta existencial, de esta nueva propuesta donde la película “va sintiéndose” según avanza una historia de apariencia muy simple pero que va haciéndose compleja cuanto más se explica y se entiende, una historia entre la lucha por conservar o deshacerse de los espacios donde uno se ha sentido muy libre en el pasado pero cuyo presente sólo puede traer melancolía y enfrentamiento entre “realismo” y “romanticismo”.





La historia de la propietaria y su amiga, la de los jóvenes que acuden a pasar unos días a la casa, entre ellos la hija de ésta y su novio, el hijo que aparece, otra amiga de la propietaria que vive en la zona, los adolescentes del delta que actúan como auténticos aborígenes y habitantes con derecho propio de la zona, elaborando sus propias reglas, estableciendo sus propios ritos, forjando sus propios santuarios un poco al estilo marcado por William Golding, la avaricia especulativa, el “mobbing” inmobiliario sutil, la preparación de una operación que enriquecerá al político consintiendo lo que no es admisible, las heridas abiertas y que nunca cerrarán entre madres e hijos………, todo ello en hora y media de ritmo relajado, pausado, como esa sutil corriente que hace circular unas aguas que parecen estancadas alrededor de esa vieja casa que quiso formar parte de una Venecia sudamericana y para la que sólo queda crear una representación teatral para su despedida en medio de un improvisado y mecánico baile de disfraces, anacrónico y anticipador del fín de una época que precede a la ruptura, romper las posesiones para que nadie más pueda hacer uso de las mismas. Y en este ambiente de palpable violencia verbal, de deudas pendientes que se reprimen por la convención social hasta que el alcohol desata la lengua, no es de extrañar que asome la violencia física y la necesidad sexual en aquellos que viven de manera más desinhibida (los más jóvenes), como tampoco sorprende la atmósfera opaca que transmite el interior de esa casa y que refleja el estado de ánimo de unos ocupantes provisionales que, en el fondo, son conscientes de su última estadía en la misma. La progresiva subida del nivel del agua es el anuncio del inevitable fín del lugar, hay un pasado que no va a volver y enfrentarse al presente es doloroso y revela la derrota última de las esperanzas perdidas. Así las cosas, y por si fuera poco, la película ofrece todo un panorama sensorial digno de reseñar y una reivindicación de papeles femeninos determinantes en los que, cada generación más joven aporta un elemento mayor de dominio y poder sobre su entorno. “Tigre” es un relato intergeneracional pero también es un relato reivindicativo de lo femenino sin subordinaciones, el personaje de la “fugitiva” adolescente es claro ejemplo de la fortaleza del futuro de la mujer.





Tigre. Argentina. 2017. Dirección: Silvina Schnicer y Ulises Porra Guardiola. Guión: Silvina Schnicer. Fotografía: Iván Gierasinchuk. Música: Cruclax y Santiago Palenque. Edición: Delfina Castagnino, Damián Tetelbaum y Ulises Porra Guardiola. Dirección de arte: Pablo Gabian y Ana Wahren. Sonido: Nahuel Palenque. Intérpretes: Marilú Marini, María Ucedo, Agustín Rittano, Lorena Vega, Melina Toscano, Magalí Fernández, Tomás Raimondi y Ornella D’ Elía.Duración: 92 minutos

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