viernes, 22 de diciembre de 2017

UN MINUTO DE GLORIA (SLAVA, Kristina Grozeva, Petar Valchanov, 2016)




UN MINUTO DE GLORIA (Slava, Kristina Grozeva, Petar Valchanov, 2016)

Si el cine consigue reflejar la realidad de un país, la situación de Bulgaria es muy jodida. Al menos tres películas se han podido ver este año procedentes de esa cinematografía, “Un minuto de gloria”, “Destinos” y “Godless”, las tres muestran un país sin ley, un país donde la corrupción marca el destino de la ciudadanía e impregna sus comportamientos, un estado sin transición real de la dictadura a una ficticia democracia donde las urnas no hacen sino refrendar la argamasa de excusas inventadas para legitimar su incorporación a la Unión Europea, un país en el que hasta los regalos del poder no funcionan. Saciados los instintos comerciales del valedor alemán para conseguir una incorporación en masa del este de Europa aprovechando la decadencia rusa en aquellos años finales del siglo XX y principios del XXI, la modernidad capitalista no ha venido acompañada de un atisbo de modernidad social ni política. Paro, corrupción, inflación, falta de suministros básicos, sueldos de miseria, que han provocado un éxodo de la población y quien se ha quedado tiene que lidiar con ese panorama, asumirlo y participar de la corrupción o tratar de enfrentarse, en ambas soluciones, se tienen todas las de perder.



Tzanko es un empleado de mantenimiento de los ferrocarriles búlgaros. En medio de una tormenta política en la que el ministerio de transportes aparece como fuente de malversaciones, sobornos, sustracciones, compras innecesarias, unos billetes empiezan a aparecer entre las vías, siguiendo esa calurosa pista en un día sofocante de verano, una bolsa repleta de dinero aparece ante los ojos del honesto ferroviario. Nadie entenderá que no haya aprovechado la ocasión para enriquecerse, en realidad, ¿quién podría reclamar una bolsa llena de millones de levas sin dueño conocido arrojada en medio de la nada? La honestidad de Tzanko no hará sino transformarle en el protagonista de una historia kafkiana que modifica su carácter y sus reacciones. Cómo quien parece inmune al desaliento, que es capaz de soportar el desprecio y la absurda superioridad de cuantos le rodean, una humillación tras otra, un abuso tras otro, una indefensión absoluta frente al poder, va transformándose hasta desembocar en una reacción que los demás podrán considerar inexplicable, pero que tras seguir el deambular de Tzanko en busca de su reloj de marca «Gloria» usando las mínimas, pero peligrosas, armas a su alcance, cualquiera puede entender ese final fuera de campo que tan doloroso se antoja.



Hay dos Bulgarias que apenas se rozan en la película, la de la élite política apoyada y sostenida por la élite financiera, vasos comunicantes entre los que el dinero ilícito fluye a costa de los servicios públicos, pero son élites que consiguen sostenerse a fuerza hacer partícipes a los de abajo haciendo la vista gorda a las corruptelas. Estas élites se enriquecen a costa de esas clases populares, los que trabajan por muy poco y que aspiran a recoger las migajas de la corrupción aprovechándose de los depósitos de gasoil estatales, o de recibir mordidas para acallar las malas conciencias de sus abusos aunque sea cometiendo actos tan infames como los que se trata de ocultar. Y Tzanko pertenece a esta segunda clase pero no se siente parte de la misma, malvive en una casa medio ruinosa, viste con ropa usada y sucia pero intenta demostrar su decencia poniéndose traje y corbata para recibir una condecoración de parte del ministro de transportes por la devolución de la saca conteniendo el dinero de origen desconocido. El error de Tzanko es creer que en el poder se encuentra la honestidad, y que su viaje a Sofía puede permitirle decir al ministro dónde se encuentra el foco de corrupción por el que se pierde tanto dinero con el transporte ferroviario, incapaz de advertir que, precisamente, los mayores beneficiados de las sustracciones son los jerarcas de Sofía y no sus sucios, sudorosos y corruptos compañeros de trabajo en una estación ferroviaria perdida en medio del país.



El tartamudeo de Tzanko es el síntoma externo de la imposibilidad de un ciudadano honesto para comprender las razones de tanta enfermedad moral a su alrededor, es imposible pronunciar palabra alguna cuando ésta queda atascada en medio de la laringe, el defecto físico juega como consecuencia de un mal social que Tzanko se muestra incapaz de verbalizar. Cuando la indiferencia ministerial es la respuesta a la pérdida de un reloj heredado del padre (el «Glory» del título) en la sede del propio ministerio por culpa de un acto de propaganda, a Tzanko sólo se le ocurre acudir a un periodista crítico con el poder, que le utiliza para, después, no preocuparse por su caída, porque la historia de Tzanko no le interesa, sólo quiere revelar otra corrupción más de un político incompetente. Incapaz de medir las consecuencias de sus actos en la creencia de vivir en un mundo donde el honrado no puede verse castigado, una vez que denuncia públicamente esa corrupción comienza a conocer la verdadera cara del poder y su facilidad para machacar al individuo indefenso, y no sólo el poder, sino de esos votantes anónimos que autojustificándose en su “yo no tengo la culpa”, mantienen el sistema. La presencia perdida, de hieratismo incrédulo, del ferroviario en los pasillos y dependencias del ministerio, en sus viajes a la capital, su espera en los andenes, sus desesperantes llamadas a Sofía preguntando por algo tan nimio como un reloj extraviado, encontrándose una burocracia imposible de penetrar, choca con la suficiencia, sobreactuación, desdén, de la responsable de prensa del ministro, antagonista virtual desde la élite del representante de la clase trabajadora honesta, que asume a cualquier coste la defensa de sus superiores, un coste que elimina cualquier atisbo de moralidad en su conducta, y que transmite sin pudor a sus subordinados.




Dos mundos que no se mezclan pero que terminan interactuando a pesar de todo, una interactuación que socava los cimientos de cualquier sociedad aparentemente democrática, un choque entre la vieja y la nueva Bulgaria en el que todos pierden, un nuevo orden cuyo símbolo de poder es el teléfono móvil que todo lo arregla rápidamente, aún a costa de mostrarse reiteradamente maleducado y soberbio. Tzanko, filmado a lo “Dardenne”, es una víctima que aprende sobre la marcha el verdadero discurrir de una realidad para la que no se encuentra preparado, no existe “gloria” alguna ni en su comportamiento altruista, ni en su denuncia, ni en su reacción última. Nadie, ni nada, le habrá justificado ese acto, pero con su mirada ha decidido dictar sentencia en un sistema que le genera absoluta indefensión.


 
UN MINUTO DE GLORIA. Bulgaria, Grecia 2016. Título original: Slava. Director: Kristina Grozeva, Petar Valchanov. Guión: Kristina Grozeva, Petar Valchanov. Fotografía: Krum Rodriguez. Música: Hristo Namliev. Productora: Abraxas Film / Aporia Filmworks / Graal Films / Red Carpet / Screening Emotions. Montaje: Petar Valchanov. Diseño de producción: Poli Angelova, Kristina Grozeva, Elena Mosholova. Intérpretes: Stephan Denolyubov, Margita Gosheva, Ana Bratoeva, Nadejda Bratoeva, Nikola Dodov, Stanislav Ganchev, Mira Iskarova, Milko Lazarov, Hristov Nedkov, Dmitar Sardzhev, Ivan Savov, Deyan Statulov. Duración: 101 minutos