martes, 2 de enero de 2018

MOROCCO (Josef von Sternberg, 1930)



MOROCCO (Josef von Sternberg, 1930)


Probablemente todo separe al verdadero Marruecos de entreguerras de la imagen estereotipada y colonialista de la película, pero nada importa cuando el marco es utilizado para destacar la acción, cuando lo pintoresco no hace sino acrecentar la sensación de genialidad en el uso de la cámara por parte de uno de los grandes de la historia del cine. Las primeras escenas de “Morocco” (rodada en Santa Mónica, California, por si alguien piensa que hay una mínima posibilidad de que los escenarios correspondan a la real Mogador, hoy Esauira) conducen a la idea lujosa, exótica, erotizante del orientalismo pictórico precedido del literario de Byron, Chateaubriand, Gautier, Flaubert. Los rótulos y dibujos recuerdan a los cuadros de Gerome, Laurens, Dinet, Ingres, Delacroix…por citar sólo a los franceses, porque la ambientación afrancesada de la película permite esta licencia, aunque la legión extranjera se nutría de todo, desde lo más alto de la sociedad caída en desgracia hasta lo más abyecto de la misma, que escapaba de penas de muerte o reclusiones perpetuas alistándose para mantener algo de libertad. Territorio fronterizo, baluarte militar, antesala del desierto, no es de extrañar que este Morocco sea una mezcla de culturas y de razas, de religiones o ateísmos,  y así la película hablará inglés sí, pero también francés, y árabe, y hasta español.





En el cine de Sternberg la palabra suele resultar poco necesaria, acostumbrado al canon del cine mudo, parece que el director asumía la palabra como necesaria pero no determinante, una mirada es mucho más concluyente que todo un parlamento, y en este caso sólo un personaje padece de verborrea permanente, precisamente Lo Tinto, el “marroquí” dueño de la sala de fiestas, cantina, prostíbulo, donde terminan conociéndose Amy Jolly y el legionario Tom Brown, esencia de la película, núcleo definitorio del cine sternbergiano, el de la pasión al límite, el enamoramiento inmediato, el amor irracional de una mirada o una atención, “será mejor que te vayas porque estás empezando a gustarme demasiado”. Nadie como Sternberg para mover la cámara con elegancia, sus movimientos laterales, sus movimientos hacia atrás acompañando a los intérpretes, sus coreografías exquisitas para ofrecer todo un muestrario de personajes, situaciones, animales, personas. La cámara se nota, es cierto, pero se nota desde la excelencia de una mirada prodigiosa para ofrecer un todo o una parte siempre en movimiento, porque la cámara puede acompañar a un objetivo fijo (un pelotón de legionarios en marcha, una mujer desesperada por la suerte que haya podido correr su amado) o recorrer sin parar un objetivo múltiple para mostrarnos la suerte de ciudad en la que reside la guarnición entre escaramuza y escaramuza.





No está ausente el tono cómico, la ironía sutil en la relación hombres-mujeres, ocupante-ocupado, oficiales-tropa, pero la película contiene una explicitud sexual sin necesidad de referirse expresamente a lo que todos los personajes desean que, si no fuera porque el amor y el sexo, Sternberg lo trata con precisión quirúrgica, sin excesivo sentido del humor sino con la desesperanza del descreído, en esta película, que no deja de ser un drama con final abierto, Sternberg se acercaría mucho al “toque Lubitsch”, eludiendo el juego de puertas por el de relaciones a cuatro bandas donde el honor de unos queda en entredicho en público, o el amor de otros sujeto a la turbulencia de la pasión ajena. Todos los personajes de la película quedan definidos perfectamente sin recurrir al cliché, al estereotipo o al trazo grueso, hasta el más ínfimo de ellos, como el dueño del club, sólo movido por el deseo de ganar dinero, son psicológicamente dibujados perfectos gracias a la habilidad del director austriaco, pero obviamente, el mayor empeño es el de que conozcamos cuanto mejor posible a los tres ejes del relato, una relación desigual donde dos se enamoran aunque se rechacen para no sufrir y un tercero acepta esa condición de segundón confiado en que no vuelva a aparecer el legionario cuya sombra es demasiado alargada. Gary Cooper como el legionario, Marlene Dietrich como Amy Jolly y Adolphe Menjou como Monsieur La Bessiére componen tres perfectos personajes propios de su clase social, todos han renunciado al amor como ideal, cada uno en su escala social y dentro de su reconocido fracaso previo, pero todos sienten esa necesidad, no tanto de querer, algo hasta cierto punto fácil, sino de encontrar a alguien que les quiera, o que les engañe haciéndoles creer que son queridos, y en este orden, el personaje de Menjou es el que me resulta más entrañable, más frágil, más entregado sabiendo que está llamado a sufrir, “la amo, haría cualquier cosa por hacerla feliz” dice a sus invitados cuando la mujer decide ir en busca del legionario que cree malherido en pleno anuncio de un compromiso de boda, un hombre que consiente cualquier cosa por amor y se conforma con lo que quede para él si es que es capaz de disfrutar de algo. 




Mujeriego, fanfarrón, con el justo respeto a la autoridad del mando, el legionario Brown es el prototipo del hombre descreído, del hombre sin ideales y sin esperanzas, necesitado de disfrutar del momento aunque haya sido con la futura esposa del oficial al mando, y a  no pensar en el mañana. Dietrich es una mujer que se refugia en Marruecos huyendo de la pobreza y de tiempos de esplendor, una “pasajera suicida” según el marino del barco en el que llega a Mogador, una pasajera sin billete de vuelta y que rápidamente es objeto de codicia visual por parte de La Bessiére, intrigado y al tiempo seducido por la presencia de esa mujer elegante entre las brumas marinas, y que es rápidamente descartado por Amy Jolly en cuanto el enriquecido admirador intenta el primer acercamiento, rápidamente catalogado por la mujer como otro millonario más que busca sexo a cambio de dinero. Será en el club donde ha sido contratada Dietrich para actuar donde se terminen conociendo todos los personajes, donde la bisexualidad de la Dietrich tome cuerpo en el imaginario colectivo besando a una mujer vestida con smoking y chistera, donde el legionario y la cantante sientan una atracción irresistible con una simple mirada y donde Brown consigue, a fuerza de imponer su fuerza, que el auditorio cambie sus silbidos iniciales por el aplauso incondicional, donde La Bessiére y Jolly vuelvan a hablar y empiece el interminable intento por parte del hombre en ser admitido por el ideal de mujer que lleva buscando toda la vida, un encuentro en el que se hará la pregunta que habrá que resolver a lo largo de la película , “¿quién morderá mi manzana?” que canta la Dietrich.





La admirable puesta en escena de ese largo momento  de conocimiento recíproco en medio de un gentío que se comporta como un catálogo de todas las vanidades, deseos, miserias humanas, serviría para hacer de esta película otra muestra más de la maestría del genio austriaco, pero la película no queda en eso, momentos y escenas míticas de la historia del cine se repetirán hasta el final, como la desesperada búsqueda de Jolly, en otro travelling lateral entre las derrotadas y malheridas tropas francesas que regresan al fuerte en una expedición llamada a acabar con la vida del incómodo Brown, cuya presencia recuerda al oficial el origen de su esposa, antítesis de esa entrada triunfal en la ciudad del destacamento impoluto, marcial, arrogante, aquél en el que Sternberg no pierde de vista al ejército en ningún momento filmando siempre su cabecera en un plano frontal que avanza, mientras que en esa noche del desierto quien se mueve es la mujer entre las filas desorganizadas y agotadas de soldados, como para que no sintamos en exceso el peso de la derrota, los uniformes destrozados, el olor del sudor, los hombres heridos, y nos centremos en el sufrimiento de la mujer. O ese espejo en el que Brown escribe “I changed my mind, good luck”, despedida precipitada antes de que el deseo provoque males mayores y un daño que el soldado no quiere volver a experimentar, espejo y leyenda que enmarcara la conversación posterior entre Jolly y La Bessiére como una especie de plan B alternativo siempre marcado por la presencia inmaterial del legionario. O aquella otra con la que culmina la película, esos pies que andan por la arena y se detienen para deshacerse de los zapatos de tacón, descalza, libre, sin pasado, Jolly se une a las mujeres que siguen a las columnas de soldados hacia su destino, mujeres que arriesgan su vida para no perder a sus hombres o porque en su cercanía obtendrán el dinero que necesitan vendiendo su cuerpo, un epílogo donde la civilización termina en un arco árabe que limita la medina de las arenas del desierto, una columna militar que no mira hacia atrás y olvida mujeres y comodidades para soportar el dolor y el sufrimiento de otra batalla más, mientras las mujeres sólo miran hacia delante, hacia un futuro incierto; hombres y mujeres unidos por un deseo en medio de la desesperación.






MOROCCO. Estados Unidos. 1930. Dirección: Josef von Sternberg. 92 min. Reparto: Gary Cooper, Marlene Dietrich, Adolphe Menjou, Ullrich Haupt, Eve Southern, Francis McDonald, Paul Porcasi. Distribuidora: Paramount Pictures. Productora: Paramount Pictures. Adaptación: Jules Furthman. Autor de la obra: Amy Jolly: Benno Vigny. Fotografía: Lee Garmes, Lucien Ballard. Montaje: Sam Winston. Música: Karl Hajos