jueves, 22 de febrero de 2018

SWAGGER (Olivier Babinet, 2016)


SWAGGER (Olivier Babinet, 2016)


Hay películas que desprenden luz, cuyo foco no funciona de fuera para dentro, sino que desde su interior emiten señales poderosísimas de humanismo, de tolerancia, de identidad, de optimismo, en definitiva, aunque nos encontremos en las zonas deprimidas del primer mundo y su discurso no esté exento, igualmente, de fracaso generalizado, "contonearse, pavonearse" como dice el título, no es exclusivo del éxito cierto, también se puede uno pavonear pensando en el futuro. París a un paso, la omnipresente Torre Eiffel parece funcionar como un faro que atrae, que representa el verdadero bienestar, pero también como una torre de vigilancia que separa los barrios de las afueras y los municipios aledaños de los 20 barrios del centro de la megaurbe, entre los que también persiste la degradación y la exclusión social. Babinet, con la inconfundible e inestimable colaboración fotográfica de Timo Salminen, lleva su cámara apenas a menos de 20 kilómetros de distancia de la catedral de Notre Dame, y sin embargo, la distancia entre el nivel de vida del 4º arrondisement y la periferia de la capital casi se asemeja a la distancia kilométrica que separa a los chavales protagonistas de Mali, India, Costa de Marfil, Senegal…..los paises de los que proceden sus padres y sus abuelos.


11 chicos y chicas que cuentan sus impresiones vitales en plena adolescencia desde el espacio neutral y laico de su liceo público, jóvenes que hablan individualmente pero que parecen dirigirse al resto de compañeros, planos en los que la luz incide sobre unos rostros que todavía no han hecho nada para que su futuro se oscurezca sin remisión. Entre tanto testimonio espontáneo sorprende alguna declaración de enorme lucidez, del mismo modo que también algunas de sus manifestaciones hieren por explicitar las diferencias de clase evidentes entre unos y otros franceses. A ellos mismos les cuesta sentirse franceses, hablan de los parisinos como franceses mientras ellos se quedan al margen de esa integración, se sienten diferentes y desplazados. El hecho cultural marca laa costumbres pero también la creación de estos ghettos modernos donde la emigración ha ido asentándose por afinidad de países, credos y razas. A estos lugares se han trasladado los problemas de pobreza en el primer mundo, un espacio que fue imaginado como un paraíso en la tierra y se ha transformado en una prolongación del infierno. “No he tenido ningún compañero francés”, dice una de las jóvenes, “bueno si, uno una vez pero se fue después de navidad”, lo que equivale a esa separación entre franceses de primera y de segunda, una división por razas tan incoherente donde se proclama la egalité y la fraternité como base de su república pero que, al tiempo, mantiene centros de formación elitista para sus mandos administrativos a los que estos chicos difícilmente pueden aspirar.

Babinet se desenvuelve en ese territorio tan frecuente últimamente de huir del mero testimonio para mezclar la realidad de lo que estos jóvenes piensan, con la ficción de un futuro, nada hipotético, en el que la policía no se atreva ya a entrar en estos barrios y proceda a actuar y neutralizar mediante drones en una guerra abierta entre la “banlieu” y la “Ile de France”. Esos drones que ofrecen el reverso agresivo de esas imágenes iniciales  que se introducen en las habitaciones de los chicos para verles estudiar o soñar despiertos gracias a la misma tecnología que va a amenazarles en un futuro nada lejano como ya hace en esos países de los que sus mayores emigraron hace décadas. Porque la violencia se palpa en un ambiente que no difiere mucho de las bolsas de pobreza marginal que retrataba Kaurismaki en “Le Havre” o Sylvain George en “Les éclats”, pero en este caso con un inconfundible y necesario optimismo no exento de humor, sin perder el sentido de la realidad de estos jóvenes siempre en el filo de seguir esforzándose por estudiar o caer en las mafias del tráfico de drogas, o decidir quedarse en sus casas ellas para dedicarse a lo que su cultura de origen les señala, matrimonio e hijos.



No han perdido su capacidad de soñar, y Babinet emplea el color y la luz para incrementar el efecto positivo de sus deseos aunque lo que rodea sea gris y amenazante, alguno de ellos se atreve a representarse a sí mismo en una proyección imaginaria que les ofrece un futuro como diseñador de modas de éxito o como músico de rock, pero también para otros resulta imposible imaginar integrarse en una sociedad que no les acepta asumiéndose que se es diferente. “No somos iguales” sostiene una de las muchachas, rechazando la posibilidad de tener un novio blanco. Cuando se habla de racismo y xenofobia ésta no sólo es unidireccional, y la muestra la da la película, una ciudad mayoritariamente habitada por árabes y negros (las palabras las usan ellos mismos como usan la palabra “blanco” para identificarla con los “franceses”) que parecería quedar fuera de un cordón sanitario dispuesto por las autoridades para evitar mezclas imposibles. Ellos hablan de amor, de educación, de libertad, de religión, de sexo, de estudios, de sueños, de terrorismo, de las malas interpretaciones del Corán y de lo tranquilizador que les resulta leer sus mandatos, de sus deseos de salir de esa pequeña ciudad que no deja de ser un barrio alejado del centro, en suma, de lo difícil que es mantener una individualidad en medio de una uniformidad desplazada y constreñida a un espacio urbano y social degradado donde, cuando llega la noche, dominan las bandas y la delincuencia, las mismas que se mantienen vigilantes durante el día para cobrar su precio por la noche. Babinet sabe mezclar la realidad y la fábula, hay limpieza en la mirada de muchos de estos jóvenes como existe el atisbo de la depresión, de la frustración, del fracaso, del lumpen. Canalizar sus aptitudes y mantener su actitud no depende solo de ellos, y mucho nos tememos que dentro de una década, el documental sería muy diferente con los mismos protagonistas.


SWAGGER. Francia. 2016. 84¨. Dirección: Olivier Babinet. Guión: Olivier Babinet. Fotografía:Timo Salminen. Montaje: Isabelle Devinck. Música: Jean-Benoît Dunckel. Producción: Kidam Distribuidores: Rezo Films