sábado, 17 de febrero de 2018

TRINTA LUMES (Diana Toucedo, 2017)


TRINTA LUMES (TREINTA LUCES, Diana Toucedo, 2017)



Como en la literatura, en el cine también hay “novelistas”, “ensayistas”, “poetas”, el cine de Diana Toucedo se acerca a la poesía para apartarse de esa tendencia natural de la mayoría de cineastas por explicarlo todo, narrarlo todo, llenar toda la imagen de palabra que se atropella, aturde y, sobre todo, revela la incapacidad del artista para contar con las imágenes lo que no necesitaría discurso, porque eso termina ocurriendo muchas veces, que la palabra sustituye al necesario juego de la imaginación, encorsetando la posibilidad de los espectadores para crear su propia película. Eso no sucede con el cine de Diana, donde la narración ya tiene el suficiente contenido de abstracción y misterio como para incitar al espectador a buscar respuestas propias a las imágenes, cuando no éstas se dirigen directamente a crear un halo sensorial y extraterrenal para conectar dos mundos que circulan en dimensiones diferentes y para los que Toucedo ha decidido abrir una puerta de comunicación que los conecte.

“Trinta lunes” dialoga perfectamente con su anterior corto, “Homes”, pero también entra a formar parte, con indudable calidad, de ese grupo de jóvenes cineastas que han decidido explorar y explicar la naturaleza del mundo rural, su progresiva despoblación, el mantenimiento de tradiciones que, en el caso de Galicia, aparecen atravesadas por historias de misterio, superstición, religiosidad y relación con la muerte con una naturalidad palpable. No es casual que el más reciente cine hecho en Galicia explore estas temáticas porque es tierra continua de extrañamiento, y sus zonas apartadas de la costa  representan el arquetipo de una España vacía, vacíada y en proceso de demolición en la que el mantenimiento de nuevas generaciones parece empresa imposible. Probablemente la película fundacional de esta nueva perspectiva del cine gallego de la segunda década del siglo XXI sea «Arraianos» de Eloy Enciso, pero el católogo de creadores no para de crecer, y Diana Toucedo se suma a esa iniciativa que bucea entre la naturaleza, lo tradicional, lo telúrico frente a lo más urbano, lo más contemporáneo, y para ello el relato se tiñe de ausencias, de «lumes» que flotan en el aire y se dejan ver alrededor de los espacios que ocuparon en vida y ahora no son sino ruinas en el paisaje.


En una escena inicial que emparenta con «La idea del lago» de Milagros Mumenthaler, tras explorar visualmente el escenario en el que nos encontramos, con la noche que se aproxima y va desdibujando los perfiles del monte, con el sonido del viento, la niebla, las voces que llegan como apagados ecos; seguimos a Alba, el hilo conductor de la historia, iluminando la oscuridad con linternas. Se presenta así al personaje, su entorno y su búsqueda entre la penumbra, una búsqueda que no sabemos aún de qué, pero al que seguirá el primer vuelo de esas misteriosas luces que se aferran a los lugares de su memoria, como si el espacio permitiera, a través de diferentes dimensiones, conjugar la vida de los vivos y la de los muertos, necesitando, eso sí, una persona con especiales facultades para abrir esas puertas ignotas y que con tan profundo calado popular se mantienen de generación en generación, un personaje singular que, en este caso, personifica la adolescente Alba.

Mucha muerte rodea a la película, la simple muerte del ser humano, por accidente, por desaparición, por agotamiento, pero también la muerte del bosque, en lugares de escasa industrialización cualquier excusa parece buena para arrasar la naturaleza, en este caso utilizando la espectral infraestructura destinada a extraer la pizarra, más maquinaria que hombre desbrozando, desmontando, arrasando; o la muerte del espacio físico, esos colegios donde cada vez hay menos jóvenes que estudien porque apenas han quedado resistentes en la zona de la sierra del Caurel donde se rueda la película, jóvenes que, cuando crezcan un poco más y quieran seguir estudiando abandonarán definitivamente sus pueblos, si no es que con ellos arrastran al resto de la familia para dejar otro cadáver más en la zona en forma de vivienda abandonada, que queda suspendida en un limbo que va deteriorando y pudriendo las construcciones que se transforman en involuntarios lugares de expedición en los que encontrar lo que los antiguos habitantes dejaron como si hubieran tenido que salir de estampida.


Así la historia, cuidadosamente diseñada desde el punto de vista visual y fotográfico, une lo documental de una realidad en desaparición progresiva con la ficción que se acerca a lo sobrenatural, a la idea de que los muertos se quedan con nosotros tanto como seamos capaces de recordarles, predecir un futuro en base a las raíces populares, escuchar los «arumes» del interior de la cueva, aunque ésta sea otra ficción más, acercarnos a una desaparición sorpresiva que no hace sino incidir en esa idea de unión entre lo vivo y lo muerto, la sierra y sus espíritus, la vida y sus espejos que nos sirven para identificarnos y para abrirnos puertas insondables hacia el pasado que permanece a nuestro alrededor. Explorar las antiguas «lumes» apagadas de esos hogares abandonados es recordar el abandono de un territorio más por olvido institucional que por verdadera voluntad de sus habitantes, obligados a desplazarse para ofrecer algún tipo de futuro a sus descendientes, las «30 lumes» del título se harán 25, 20, 15 en los próximos años, quedará el recuerdo de las estructuras vacías y el eco centenario de sus leyendas celtas, las visitas espectrales y la resonancia de una niña que se adentró en la cueva de la Moura y fue frita en una sartén.