viernes, 16 de marzo de 2018

EL SILENCIO DEL VIENTO (Álvaro Aponte Centeno, 2017)




EL SILENCIO DEL VIENTO (Álvaro Aponte Centeno, 2017)


El día y la noche marcan los diferentes ritmos del relato, siempre subrayados por una ausencia y con la permanente presencia del mal en el devenir diario de Rafita. La complejidad de la situación no se recrea en la sordidez de la actividad que el protagonista desarrolla como un eslabón más de la mafia que introduce inmigrantes ilegales, desde la República Dominicana hacia Puerto Rico, como paso previo para alcanzar el sueño americano. Al revés, la apuesta es decidida por el aspecto estético sin que ello desmerezca el necesario punto de crítica social hacia un fenómeno que siempre encuentra sus mecanismos para permanecer porque guerra, hambre y pobreza parecen consustanciales al género humano. Si el día es el momento para el contacto familiar, la noche es el momento de la actividad laboral, sea ilegal o no, con la noche parece más factible pasar desapercibido ante los ojos de la policía o uno parece encontrarse más cómodo con la cobertura que va proporcionando la penumbra del anochecer.

Dos hechos intensifican la fuerza del relato, la muerte violenta de la hermana del protagonista a manos de su marido, escondido desde ese momento para alejarse no tanto de la policía, que ha decidido dejarle en libertad, sino del afán de venganza familiar (lo que emparenta este segmento de la película con la dominicana “Cocote”), y la actividad laboral de Rafita, sus navegaciones nocturnas a través de los cayos hasta alta mar, recogiendo y entregando inmigrantes en medio de la noche, para regresar antes de que salga el sol y los helicópteros y embarcaciones aduaneras puedan descubrirlos con más facilidad, sus transportes de un refugio a otro dentro del país de los que ya han conseguido entrar pero permanecen bajo la custodia de la organización, ocuparse de la comida y necesidades de los que esperan……., si la primera línea narrativa es la obsesión por resolver una injusticia que va volviéndose inalcanzable, la segunda es la plasmación de que todos podemos cometer una injusticia equivalente con quien no conocemos.

Sabiendo que ambos temas son sensibles, el de la violencia contra la mujer y la venganza por un lado, y el del tráfico de personas por otro, Aponte huye de efectismos, de subrayados; incluso ni una sola de las situaciones por las que va enfrentándose el personaje principal, o su hija adolescente, obsesionada por el consumo, el móvil y el reggaeton, aparentan inverosímiles o introducidas a la fuerza. De esta manera el relato fluye con naturalidad y credibilidad, lo que vemos pasa a ser un documento de ficción de algo que no nos cuesta nada creer como posible y admisible. Incluso el hecho de la muerte violenta el director lo afronta con absoluta discreción, un fuera de campo nocturno, una llamada, un reconocimiento fotográfico ante la policía, y un alejamiento del plano cuando el protagonista le cuenta lo sucedido a su propia hija, como respetando un dolor ajeno y la intimidad familiar en tiempos en los que la pornografía sentimental campa a sus anchas, unos planos en los que no oímos a los actores, dejando paso al rumor del agua y el ruido de la naturaleza. Para lograr su objetivo el plano se embellece, el momento íntimo se rodea de bellos paisajes, puestas de sol, planos rodados en 360 grados, grúas que efectúan armónicos movimientos para sobrevolar a los actores y seguirles por la noche puertorriqueña.


Los fotogramas se transforman en bodegones cuando los inmigrantes son desplazados desde el refugio en plena finca familiar a su siguiente destino, camas deshechas, restos de comida, prendas desechadas; en paisajes marinos cuando Rafita anda por el dique hasta el final del muelle mientras la cámara barre la playa en un movimiento circular que termina enfrentándonos a la inmensidad de ese mar en cuyo horizonte se perciben los resplandores de una tormenta tropical. La radio habla de ilegales, de corrupción, de delincuencia, del vecino americano, y cuando no habla del deterioro social, las imágenes ofrecen esos edificios ocupados pero abandonados, corroídos por el salitre, donde las rejas en ventanas, pasillos y escaleras forman parte de un paisaje que destila autoprotección donde el estado es incapaz de llegar. Aponte, de manera modesta, juega a ser Kalatozov y su “Soy Cuba”, en una magnífica escena de plano secuencia con cámara elevada en medio de la noche de Puerto Rico, que llega a su cénit mostrándonos la ciudad desde las alturas, para volver a descender a lo prosaico de la delincuencia; por eso no es tan sorprendente su final aunque quiebre la armonía previa dentro de un mundo lleno de insensibilidades; que un personaje que vive en la cuerda floja termine encontrándose en una situación inesperada y, al tiempo, desesperada, una situación en la que la cámara se utiliza para mostrarnos el efecto de un movimiento incontrolado, para marearnos antes de que despunte el día y la soledad sea absoluta, parece convertirse en una razonable salida a un callejón de oscuridad y manejos turbios. Rafita, el eslabón más débil de la cadena, desaparece de nuestros ojos en un fundido en medio de la desesperación y la soledad. Nunca estuvo más cerca de todos los inmigrantes a los que ayudó, nada desinteresadamente, a cruzar fronteras, y tampoco nunca antes sintió tanto miedo y tanta impotencia ante su futuro más inmediato.
EL SILENCIO DEL VIENTO. Puerto Rico-República Dominicana. 2017. Director y Guión: Álvaro Aponte Centeno. Productores: Maite Rivera, Nino Martínez, Samuel Chauvin, Pedro Juan López. Dirección de Fotografía: PJ López. Editor: Nino Martínez. Música Original: Rafael Aponte, Álvaro Aponte-Centeno. Diseño de sonido: Maite Rivera. Dirección de Arte: Nydia Mercedes González. Intérpretes: Israel Lugo, Elia Enid Cadilla, Amanda Lugo, Kairiana Núñez, Iris Martínez, Eddie Díaz, Aurelio Lima. Productoras: Balsié Guanábana Macuto, Quenepa Producciones, PJ Gaffers, Promenades Films. 87 minutos