domingo, 25 de marzo de 2018

EL SUSURRO DEL JAGUAR (Simon(è) Jaikiriuma Paetau , Thais Guisasola, 2017)


EL SUSURRO DEL JAGUAR (Simon(è) Jaikiriuma Paetau , Thais Guisasola, 2017)


El viaje físico y el viaje espiritual no tienen por qué coincidir, pero en esta ocasión lo(a)s director(e)as del largometraje colombiano-brasileño deciden que en el fundamento del autoconocimiento, resulta necesario que el movimiento interno se corresponda con un movimiento real, con un traslado, con un desplazamiento que identifica la movilidad interna con el cambio de escenario en el que la protagonista involuntaria de la historia, fruto de ese doble viaje, va modificando su propia forma de ser para acercarse a esa naturaleza que se trata de domesticar a fuerza de destruirla entre Colombia y Brasil, una naturaleza sujeta a los intereses agrícolas, ganaderos, mineros, constructivos, que, al mismo tiempo que explotan lo natural, dinamitan la esencia cultural del entorno en el que se encuentra y que, aunque sea de manera accidental, marcan el inicio del relato y de la decisión de la protagonista femenina de comenzar ese viaje que se convertirá en revelador de su propia naturaleza.

La película de Paetau y Guisasola se convierte, por tanto, en reflejo de una evolución personal, pero también en elemento de crítica sociopolítica e histórica mientras acompañamos a la joven que reproduce el viaje de un hermano muerto en un accidente absurdo, mientras realizaba una performance de protesta en  un maizal transgénico plantado aprovechando la deforestación intencionada del bosque. Como si Ana no encontrara el lugar adecuado para depositar las cenizas de ese hermano(a) muerto(a), conforme avanza el viaje sin un final definido, siguiendo el que previamente realizó aquél para terminar asentándose en medio de la naturaleza y, cada vez, más cercano al indigenismo y a las religiones ancestrales de Latinoamérica, la naturaleza urbana de la joven va transformándose, depurándose, desapareciendo. La curiosidad por saber más del muerto va impregnando el comportamiento de la joven, de tal suerte que, como un susurro del bosque, va penetrando en ella el modo de ser, la forma de amar, la sensualidad a flor de piel de un ecosistema hecho para subsistir, reproducirse y morir para servir de alimento a otros. El bosque selvático amazónico va mutando el carácter "punk" de la joven por una especie de nueva revelación new-age multisexual y abierta a cualquier experiencia sensorial.







En el camino hacia el reencuentro con el recuerdo de un hermano muerto, deshacerse de la tecnología contemporánea parece un ideal inalcanzable. Ya sea para mantenerse en contacto con una madre pendiente de ambos hijos, una viva y caminante, otro en una urna de cenizas, ya sea para relacionarse o seguir conviviendo con una realidad dejada atrás, el móvil y el portátil siguen presentes en un viaje en el que, paso a paso, el punto de la vista de la cámara se va volviendo más físico, más animal, menos racional. El susurro del jaguar penetra en Ana para ir modificando su humanidad racional hacia el instinto primitivo y propio de un felino que se desplaza por la selva ejerciendo su dominio. En ese camino, siguiendo las comunidades de jóvenes que han abandonado la comodidad de la ciudad por un presunto acercamiento al lado más telúrico de cada uno, asumiendo formas comunitarias de compartir todo, aceptando las drogas como nexo de unión con ese mundo de aparente inmovilidad pero exagerada vida oculta para los ojos del humano, asumiendo que los viajes más interesantes son aquellos en los que viaja el alma, y no el cuerpo, Ana se va transformando asumiendo la naturaleza de todo lo que observa, asumiendo que el disfraz de jaguar no es tal, sino una especie de nirvana a alcanzar para tener de su mano la sabiduría del continente.



La película es una película de mujeres, desde la concepción y ejecución de la idea hasta su interpretación, pues hasta el papel transformista del hermano no oculta su militancia "queer", y en esa reivindicación femenina no es de extrañar que el amor sea lésbico, o que el discurso historicista intente dar voz a generaciones de ancestros femeninos sojuzgadas, secuestradas, violadas, sometidas a la voluntad del hombre y del ocupante europeo; 500 años sofocando la belleza, tanto la de la naturaleza como la de una cultura que ha ido buscando refugios particulares en los que preservar su identidad nacional. Cuanto mayor es el contacto con esa cultura, con sus ceremonias, con sus ritos iniciáticos, mayor es la capacidad de Ana de sentirse parte de una naturaleza que rodea pero no amenaza, de superar una frontera que la mantenía alejada de otra realidad patente, adentrándose en una manera de interiorizar la naturaleza hasta convertirse en un jaguar sin perder su forma humana. El viaje físico termina perdiendo interés a favor del viaje espiritual, ese que hace que te fijes en los árboles que cubren tu cabeza mientras surcas el río con una piragua, o que transforman el paisaje en un manto de mariposas de colores ante las que quedas hipnotizado, el ruido rabioso de protesta del punk deja paso al susurro del jaguar, más poderoso, más animal, más dificil de sentir y de escuchar. 

TRAILER DE LA PELÍCULA