lunes, 19 de marzo de 2018

MITOTE (Eugenio Polgovsky, 2012)



MITOTE (Eugenio Polgovsky, 2012)


Aprovechando la iniciativa de Documenta Madrid, espacio cinéfilo dedicado al mundo documental que siempre debe tenerse en cuenta para descubrir aquello que se nos oculta, consigo llegar a quien, para mí, era un perfecto desconocido y que, con su muerte el pasado verano, se me revela como un cineasta deslumbrante para explicar las realidades de la desigualdad en un país como México. Sean comunidades campesinas, aberraciones medioambientales, protestas ciudadanas, eventos multitudinarios, la cámara de Polgovsky refleja más de lo que el hecho aislado de su imagen parecería indicar. La acumulación de éstas alrededor de unos mismos hechos, van formando un núcleo creciente sobre el que se van sumando realidades que demuestran cómo el ser humano acepta la desigualdad de manera preocupante, cómo de esa desigualdad y debilidad se aprovecha el poderoso, cómo el más humilde se acostumbra a pelear para sobrevivir, y cómo en México, todas estas circunstancias se visualizan de manera más radical que en muchos otros espacios del planeta.

“Mitote” parecería un reportaje festivo-reivindicativo si su metraje durara 10 minutos, esos primeros diez minutos de presentación hasta que surgen los títulos de crédito; pero cuando alcanza su casi hora completa, el experimento, a base de sacar la cámara a la calle y filmar a la gente que acude al Zócalo central de México DF durante el verano de 2010, se ha ido transformando en una radiografía precisa de la mayor parte de males, y pocos bienes, que acompaña la vida diaria del país. Uniendo el pasado precolonial y el presente de manera admirable el mensaje final no puede resultar más decepcionante y generador de desconfianza hacia el futuro. Cualquier identidad nacional dirigida por el poder se sustenta en banderas e himnos, y Polgovsky explota esa idea con la repetición de tomas sobre la bandera que preside la plaza central, y un himno que sólo obedece al patriotismo de salón que provoca el fútbol, una de la drogas adormideras de mejores resultados para un poder cuestionado por su ineficacia, su corrupción  y su alianza con las oligarquías.


No es necesario explicar las imágenes con voces en off, no hace falta entrevistar a analistas que expliquen las razones de la desigualdad o de la discriminación del indígena frente al descendiente del colonizador. Ni tan siquiera se necesita un remarcado suceder de imágenes, basta con oír y ver a la gente y comprender cómo, sobre las bases de una civilización desaparecida, el presente se construye de espaldas al pasado y se fomenta la ignorancia y el pasotismo. En unos días de ese verano de 2010 coinciden en la misma plaza, los personajes singulares que la pueblan a diario y que representan la imagen, fiel o no, de una cultura autóctona que aprovecha el tirón turístico para sobrevivir, los preparativos del bicentenario de la independencia, el centenario de la revolución, una protesta laboral con acampada contra la privatización del servicio eléctrico y las concentraciones multitudinarias para seguir las retransmisiones del mundial de fútbol de Sudáfrica. Si los primeros acontecimientos pueden justificar su importancia, todos ellos terminan siendo colapsados, abducidos, asfixiados por la marea humana que, disfrazada como esos falsos chamanes o sacerdotes aztecas que celebran ritos purificadores en la plaza, se concentran en la plaza para seguir los partidos mundialistas en una megapantalla de vídeo bajo el patrocinio de la consabida multinacional del refresco. El sentimiento de colectividad y compromiso se identifica con un deporte de masas, pero no hay el mismo compromiso para acercarse a conocer a los que protestan a escasos metros y advierten del nuevo zarpazo sobre lo que es de todos los mexicanos.


Polgovsky consigue, con sus imágenes, afianzar la realidad de cómo los símbolos se pervierten, cómo las banderas de la protesta sirven para vender, mientras el pueblo da la espalda a la realidad para acercarse más al mito colectivo de ser lo que una pelota consiga. A escasos metros de la concentración multitudinaria, la protesta laboral queda ahogada, silenciada, ignorada por quienes huyen del compromiso y por los propios medios de comunicación que ignoran, a propósito, la realidad; “Televisa te idiotiza”, corean los manifestantes mientras miles de personas se comportan ridículamente siguiendo, en una histeria colectiva, a 11 deportistas que, supuestamente, representan a un país y que suponen el sumum de identidad nacional, acallando y minimizando el efecto de la protesta. A los mismos escasos metros de todo lo que sucede en la plaza, el museo del Templo Mayor que se situaba en el mismo lugar en el que los españoles construyeron la Catedral, permanece silencioso, solitario, mostrando los restos de una cultura que, en la calle, sólo se utiliza como estereotipo del reclamo turístico o de la credulidad popular. Las máscaras rituales de la cultura mexica, su hieratismo o su paroxismo, encuentran plena representación en los rostros de las personas que acuden a la plaza, tanto en su silencio ceremonial como en su incomprensible euforia tras un gol a favor. El pasado solitario de la época de hegemonía y desarrollo propio de una cultura, coexiste, en soledad, con esa masa ataviada con los símbolos más exportables del país, y al tiempo los más comerciales; el sombrero mexicano del mariachi, el traje de charro o la camiseta verde del propio equipo, símbolos ajenos a lo que les rodea. Como sus portadores, ciegos y mudos ante la desaparición de lo propio, la invasión procedente del vecino del norte, incapaces de revertir la desigualdad extrema y la venta del país a las multinacionales, realidades que, ni tan siquiera, son capaces de advertir. Las fotos de Villa y Zapata que decoran las improvisadas tiendas de los manifestantes se convierten, también, en mero folclore residual ante la realidad del fín de una revolución que, lejana, no ha conseguido eliminar ninguno de los males que la provocaron.


Las máscaras del pasado se transforman, en el presente, en pantallas destinadas a ocultar la realidad, a eliminar aquello que, por fuerza, permanece en el pensamiento de muchos mexicanos pero que han terminado aceptando como irreversible. El triunfo de un pensamiento unificador que, aunque los chamanes, con esa verborrea tan propia del que vende humo, denuncian y critican, sigue asentándose colectivamente y sólo se participa de ese ritual purificador para reivindicar un origen, sin ganas de que ese origen se haga realidad en el presente. Las máscaras e himnos actuales los dictan las multinacionales y sus encargados dóciles en el poder, y mientras, las consignas publicitarias hipnotizan con los mismos efectos alucinógenos que las plantas tradicionales adorando al dios mercado y al profeta consumista. Los efectos de pertenecer a una comunidad por su cultura se han transformado en los efectos del slogan, el consumismo y la desigualdad; en una plaza donde se va a celebrar una fiesta conmemorativa por la independencia, bajo la enorme bandera del país, lo que se lee es Coca Cola, Samsung y Sony; la protesta incipiente y residual se transforma, así, en un grito ineficaz ahogado por la masa adoctrinada.