sábado, 31 de marzo de 2018

TAKARA, LA NUIT OÚ J,AI NAGÉ (Damien Manivel, Kohei Igarashi, 2017)


TAKARA, LA NUIT OÙ J,AI NAGÉ (Damien Manivel, Kohei Igarashi, 2017)


Una gorra de béisbol con el número 062 es la señal por la que Tanaka sabe si su padre está en casa o no. Forma parte del equipo de trabajo de su padre en un mercado de pescado local. En medio de la noche este hombre comienza el ritual de un nuevo día; todo indica que quedan muchas horas para el amanecer, pero para el padre de Takara los horarios funcionan a contracorriente, cuando él duerme, los demás están despiertos, y al revés. La vida de familia queda, así, cercenada por la imposibilidad de comunicación directa, para todos hay una presencia que se extraña, un miembro del grupo que no puede participar directamente del día a día porque su jornada laboral se lo impide. Lo que es una carga, resignada, para quienes lo sufren, madre e hija mayor, que continúan, en silencio, con sus ocupaciones diarias, para Takara empieza a convertirse en una obsesión a la que poner remedio.

En medio de la noche Takara empieza a experimentar lo que debe ser para su padre someterse a ese cambio de horarios. Se fuerza, con una voluntad impropia de un niño de 6 años, a no dormir  una vez que se ha despertado al sentir a su padre deambulando por la casa mientras se asea y desayuna. Contempla la furgoneta de su padre perderse en medio de la noche y la tormenta de nieve desde la ventana de su habitación, y a partir de entonces parece experimentar un trance que le mantiene despierto y ocupado toda la noche, viendo la televisión en silencio, acompañando al perro, deambulando por la casa, dibujando, sacando fotografías con su cámara infantil componiendo imágenes que parecen sacadas de un safari cuyos protagonistas son animales de plástico. Esas fotografías y ese flash nocturno parecen producir en Takara los efectos alucinógenos de una luz estroboscópica quedando sometido a la voluntad de su propio deseo. Cuando llegue la luz del día, y permanecer despierto se convierta en una misión imposible, todos los afanes del pequeño serán acercarse a la fábrica donde trabaja su padre para entregarle un dibujo con peces de colores, un pulpo y una tortuga pintados durante esa nevada.

El tercer largo de Manivel, en esta ocasión junto con el director japonés Kohei Igarashi, confirman la excelencia de la propuesta narrativa del director francés, en esta ocasión en un territorio ajeno, alejado de sus deambulaciones en su país natal, pero controlando, de nuevo, el efecto tiempo, jugando a la narración breve, concisa, privada de adornos y florituras, para, en apenas un día (como ocurría en su anterior Le Parc, pero también en sus cortos "Un domingo por la mañana" y "La mujer del perro"), seguir las andanzas de este niño donde sólo un breve preámbulo masculino con la figura paterna, y el necesario epílogo, aportan ese nexo de conexión entre el comportamiento de Takara y la figura ausente. Reclamación, elogio, necesidad de la paternidad; Manivel y Igarashi recogen el trayecto de Takara con la sencillez con la que Ozu retrataba a los niños de las familias que componían sus relatos, la nieve se transforma en un entorno de tranquilidad apenas roto por el ruido de las pisadas y recuerda al personaje de Kumiko, el tren que transporta a Takara se acerca a los que Kore-eda viene utilizando para acercarse al maestro Ozu, el propio Takara, en este viaje donde se mezcla lo real y lo imposible, lo frágil del niño con la fuerza de su voluntad sin quedar nunca en desamparo, recuerda al personaje de Yuki en la película de Suwa.

Porque si algo es ejemplar en la película es su sencillez, su goce visual sin añadidos al paisaje en el que deambula un niño con un objetivo muy claro. Parecerá que, en ocasiones, ese menor parece embriagado, confuso, errático, confuso por la falta de sueño, pero como un animal que sigue su instinto, todo le termina llevando al lugar que busca, que no es sino el encuentro con un padre permanentemente presente en su ausencia. Cuando la naturaleza se vuelve más hostil, cuando ese giro a la derecha le aleja del colegio al que tiene que ir, cargado con el peso de una mochila que nos recuerda a un Kikujiro invernal, termina apareciendo la tecnología o la civilización para dar cobijo y calor, ya sea una sala de espera en la que el calor adormece y relaja al niño, el traqueteo del tren que vuelve a proporcionarle el sueño que se ha privado previamente, manteniendo las sensaciones del niño a las que debe sentir el padre con su horario cambiado fruto de la vigilia impuesta, o la furgoneta en la que se refugia cuando vuelve a arreciar el temporal de nieve una vez que consigue llegar al lugar que buscaba; todo termina siendo acogedor para Takara menos esa sensación de abandono inexplicable por la que no puede encontrarse nunca con su padre.

Todo es naïf e ingenuo en la película, por eso va convirtiéndose en una delicia sensorial; privada de diálogo y palabra, la soledad del niño nunca nos parece amenazadora, ni nos ocasiona temor por su futuro. Su acción no es fruto del desamparo sino de la necesidad espontánea de vencer un inconveniente. Lo sencillo, lo genuino, lo infantil de la propuesta se nos revela incluso con el uso de la música, apenas unos acordes de música clásica, Vivaldi, interpretados como si se tratara de una versión para niños, un Vivaldi impresionista que hubiera sido versionado por Satie para no romper la armonía del viaje. Al final de la escapada una gorra con el número 062 vuelve a estar colgada del perchero, se mantiene la presencia del padre, pero esa presencia resulta insuficiente. El final de la película demuestra que la vida es una rutina, pero que esa insuficiencia de Takara no le es exclusiva, que es un vacío que sienten más personas en la casa, incluso el animal que les acompaña. Cuando el coche del padre vuelva a arrancar destino a su trabajo éste desconoce que, al llegar se va a encontrar con un recuerdo que le va a acompañar como si se tratara de su hijo. Para compensar esa gorra 062 del hogar, Takara ha dejado en el mercado su propio gorro de lana, si no ha conseguido entregar a su padre personalmente su dibujo, el adulto podrá comprobar que la presencia de su hijo es constante. Que la distancia, y los horarios, no rompan los afectos. 

TAKARA, LA NUIT OÙ J,AI NAGÉ. Francia-Japón. 2017. Intérpretes: TAKARA KOGAWA (el niño) KEIKI KOGAWA (La hermana) TAKASHI KOGAWA (el padre) CHISATO KOGAWA (La madre). Directores: DAMIEN MANIVEL & KOHEI IGARASHI. Productores: DAMIEN MANIVEL, MARTIN BERTIER & MAKOTO OKI. Guión: DAMIEN MANIVEL & KOHEI IGARASHI. Imagen: WATARU TAKAHASHI. Montaje: WILLIAM LABOURY. Sonido: JÉRÔME PETIT, GEN TAKAHASHI. Mezclas: SIMON APOSTOLOU. Música: JÉRÔME PETIT. Productores: THOMAS ORDONNEAU, YOV MOOR con LA RÉGION ILE-DE-FRANCE. Distribución: SHELLAC. 78 minutos.