sábado, 14 de abril de 2018

A ESTACION VIOLENTA (Anxos Fazáns, 2017)


A ESTACION VIOLENTA (Anxos Fazáns. 2017)



No nos dejemos engañar por el plano inicial; esa espalda que funciona como un mapa que guía al resto de personajes, esa playa inmensa y vacía, ese ralentí con el que se mueve el personaje interpretado por Nerea Barros, ese aparente estado de somnolencia cercana al despertar o a las últimas horas de luz del día, reforzado por la música y el paisaje, rompe de repente en un juego, en una carrera alocada cuesta abajo hacia el agua, una carrera en la que Claudia (Nerea Barros) ya no está sola, es acompañada por otros cuatro jóvenes que van desnudándose según se acercan a la orilla y asumen compartir la intimidad de sus cuerpos desnudos de la manera más natural que puede imaginarse, como niños sin complejos, como apenas adultos que aprenden a disfrutar de la vida. La ruptura, la brecha, el abismo visual es total, tras ese real estado de felicidad, sueño o recuerdo del pasado, el personaje de Manuel (Alberto Rolán) asume el peso de la narración. Nada queda de ese rapto alocado de disfrute inicial, la vida de Manuel, uno de esos cinco que aparecen corriendo hacia el mar, se ha convertido en el retrato del poeta maldito, noches de alcohol y drogas, trabajos de subsistencia conseguidos más por caridad que por deseo, una incipiente carrera de escritor apenas superviviente del naufragio, soledad absoluta, oscuridad, tristeza, vacío. En este preámbulo queda retratado el pasado y el presente de Manuel, ¿habrá ocasión para pensar en un futuro?

La joven directora gallega Anxos Fazáns parecería querer asumir, aunque la historia proceda de una novela de Manuel Jabois, una especie de relectura del personaje que Andrés Gertrudix brindaba en «Las altas presiones», de Angel Santos Touza, una de las grandes películas españolas de la década. Si en «Las altas presiones» la melancolía de Gertrudix impregnaba cada plano de la obra, aquí Alberto Rolán, con cierta semejanza en su rostro con el de Andrés, nos ofrece un grado más de desespero, una renuncia completa antes de la derrota definitiva. Que se puedan establecer paralelismos entre una y otra obra no empequeñece la película de Fazáns, contenida en su desarrollo dramático porque la historia guarda los secretos del pasado y las pérdidas inmediatas del futuro, y no es de extrañar esa conexión cuando el propio Angel Santos colabora en el guión de «A estación violenta», como Diana Toucedo asume el montaje o Daniel Froiz la producción. Signo inequívoco de la pujanza creativa de una nueva generación de cineastas gallegos quienes, huérfanos, como casi todos en España, de capacidad económica para asumir los costes de obras más ambiciosas, están supliendo ese déficit con una deslumbrante imaginación creativa. Fazáns, Santos, Toucedo, Goteira, Camborda, César Souto, Alberto Gracia, Eloy Enciso, Lois Patiño, Oliver Laxe, Luis Avilés, Ángeles Huerta, Carmen Bellas, David Varela, Xurxo Chirro, Eloy Domínguez Serén, Alberto Lobelle y más que se me quedan en el tintero de la memoria conforman toda una generación que va extendiéndose hacia componentes más jóvenes y que demuestran una realidad. El cine gallego, se vea o no fuera de su territorio, junto con el catalán, pueden ser el exponente más dinámico del actual cine español alejado de la capital.

En «A estación violenta» la sombra de la muerte planea de manera deliberada sobre la historia una vez que nos hemos introducido en el mundo de Manuel, más aún cuando regresen a Pontevedra, Claudia y David (Xosé Barato). Aquel grupo jovial del principio se ha desintegrado, se ha hecho añicos, unos abandonaron el lugar, otros murieron, otros se han hecho luz de gas. Ha permanecido Manuel atado al mismo lugar y penando sobre el mismo tiempo, anclado al recuerdo de una playa y de unos años que no se borran de su recuerdo y que, ahora, de repente, se hacen más vivos que nunca con el retorno de Claudia y su anuncio brutal y descarnado. Ha regresado para morir y volver a ver a las personas del pasado y recrear un estado ficticio de tranquilidad y bienestar que precede a la muerte. Ese anuncio la directora lo contrarresta de la manera más eficaz posible, con la desnudez de los personajes. Como contrapunto a lo que va a venir la intimidad entre todos se multiplica, con silencios pero con piel; el personaje de Claudia, que se convierte en el centro de la acción a cuyo alrededor giran los dos hombres, ofrece un cuerpo vivo y hermoso, lleno de sensualidad y erotismo como única arma posible contra la decepción de lo efímero y la imposibilidad de retroceder en el tiempo para remediar los errores. Ese segmento de la película en el que los personajes se encierran en un mundo irreal recreado por ellos para su retiro y disfrute, es el que se aproxima más al mundo de la nostalgia y la melancolía que la emparenta con su precedente, hay reconciliaciones y rechazos, alegría y amargura, sexo y muerte, música y la constante amenaza de la droga, que, sin ser explícitamente aludida como causa o consecuencia de los males del grupo, se asoma de manera recurrente al presente desde el pasado, no sólo con palabras, sino con la simple presencia del que fue el «camello» de todos ellos en los años de pandilla.


La película se construye desde el silencio, y desde esa realidad conocida por los personajes y que no se nos revela, el espectador construye su propio relato de esta generación de seres perdidos, que encuentran en la música la letra de las propias palabras no expresadas, «yo no tengo padre, yo no tengo madre» de «El huerfanito» expande su sentido al desamor cruzado de estos, fundamentalmente, tres personajes que «sólo llevan tristeza y martirio en el alma», que se retan a ver si son capaces de hacer llorar al otro después de tantos meses sin conseguirlo, que hasta cuando sonríen lo hacen llenos de tristeza. De ese grupo, algunos, como Daniela (Laura Lamontagne) ha conseguido abstraerse de la autodestrucción para intentar disfrutar del momento, pero al final, en la noche y en el crepúsculo, lo que termina triunfando es la sensación de pérdida, de derrota, por eso no queda sino oir el llanto apagado de Manuel mientras lamenta la ausencia de Claudia, si, pero también todo lo perdido a lo largo de esos años en los que, el último verano ha terminado transformándose en la estación violenta.

A ESTACION VIOLENTA. España. 2017.  Directora: Anxos Fazáns. 68'. Guión: Anxos Fazáns, Xacobe Casas, Daniel Froiz, Ángel Santos Touza. Intérpretes: Alberto Rolán, Nerea Barros, Xosé Barato, Antonio Durán “Morris”, Laura Lamontagne, Xiana Arias. Fotografía:Alberte Branco. Montaje: Diana Toucedo. Música: Charles Rapante. Productor: Daniel Froiz.Productora: Matriuska Producciones, S.L