miércoles, 4 de abril de 2018

JEANNE DIELMAN 23 QUAI DE COMMERCE 1080 BRUXELLES (Chantal Akerman, 1975)



 JEANNE DIELMAN, 23 QUAI DE COMMERCE, 1080 BRUXELLES (Chantal Akerman, 1975)



“Soy una mujer, ello me impide expresar todos mis deseos y pensamientos en voz alta”, del diario de Sidonie Leibel, abuela de Chantal Akerman.
Jeanne Dielman (Delphine Seyrig) es un personaje en continuo movimiento, en continua actividad. Desde que abre los ojos antes de que suene el despertador, cuando todavía es de noche sobre Bruselas, hasta que se acuesta. Su día a día (compartiremos tres de sus días durante la película) es un continuo ir y venir, de una habitación a otra, de un armario a un cajón, de la cocina al baño, del dormitorio al salón, de encender una estufa a despertar a un hijo. No hay reposo en una actividad frenética que tiene mucho de impostura necesaria. Su actividad no es sino para evitar pensar, analizar, interiorizar su presente y su futuro; cuanto más tiempo permanezca inactiva más posibilidades de derrumbe existirá en Jeanne, un personaje que, en sí misma, encierra a otros muchos, a innumerables personas cuyo día a día consiste en mantenerse ocupadas para no enfrentarse a un panorama triste, depresivo, arrasado por la nula realidad de su presente, lastrado por el peso de un pasado que ha marcado la existencia, y desolado por la perspectiva de un futuro aún peor. Hijo, casa, actividades domésticas, son excusas vitales para sentirse viva de manera forzada, en el fondo lo que predomina es el silencio, el vacío interior que se materializa en su invisibilidad. Incluso la presencia del hijo no hace sino potenciar esa sensación de hastío, de innecesariedad de su existencia. El inexistente diálogo madre-hijo equipara esta relación a la que mantiene Jeanne con sus clientes a los que recibe en su casa a media tarde conforme a un calendario programado de semana en semana, todo es mecánico, todo está medido, no hay lugar ni para la espontaneidad, la conversación o el afecto real; la verdadera vida de Jeanne es la de un objeto, necesario para que los demás satisfagan sus necesidades o tengan una existencia más cómoda, pero, ¿qué le queda a Jeanne de estas experiencias?


La inolvidable directora belga en su película busca crear esa transmisión desde el personaje a toda una sociedad, y no sólo limitada a la representación discriminada de lo femenino, sino extensible incluso a hombres que sientan la misma sensación cuando se sientan, inmóviles, inactivos, en sus propios sillones domésticos. “Cuando Delphine Seyrig está sentada en un sillón durante minutos enteros en Jeanne Dielman, no sólo pensamos en un pasado cercano o remoto, de pronto nos damos cuenta de que si ella tenía tan bien organizada su vida era para no dejar ningún hueco en su día, era para no dejar lugar a la angustia del hueco. ¿A la suya solamente? No. No solamente. Además, ella, sentada siempre con un delantal de cuadraditos azules y blancos en un sillón de terciopelo dorado, puede evocar también a otra mujer. Una mujer de los años cincuenta, o sesenta, o setenta, u ochenta, o noventa, o inclusive una mujer de hoy en día. Y si el plano no estuviera ahí más que por algunos segundos, los segundos suficientes para hacer avanzar la narración, ¿tendría el tiempo de hacer pensar en todas esas mujeres y también en esos hombres sentados en algún momento de su vida? No, estoy segura de que no. El tiempo no se encuentra sólo en el plano, existe también en el espectador que lo mira de frente. El espectador siente este tiempo en él. Sí. Aunque se haga el que se aburre. Y aunque realmente se aburra y espere el plano siguiente. Esperar el plano siguiente es también sentirse vivir, sentir que uno existe.” (Chantal Akerman en “La heladera está vacia, podemos llenarla”.


En las casi tres horas y media de película el tiempo, y la construcción del mismo mediante la imagen, se convierten en un personaje casi tan importante como la propia Jeanne. Una mujer que dispone de todo el día para sí misma es consciente de que no tiene ni un minuto que perder parándose a pensar. De ahí la obsesión por el reloj, comprobar que el día se desarrolla conforme al programa establecido para que no quede ni un intersticio por el que pueda colarse la duda. Antes de la era digital, Jeanne se convierte en una mujer de tareas programadas, todo tiene su periodo de tiempo y nada puede ocupar más de lo previsto, por eso son tan importantes los inconvenientes, los inconvenientes alteran esa agenda y todo se desestabiliza. Un inconveniente puede ser un cliente que se demora más de lo previsto y provoca que se queme la cena que tiene que servir a la misma hora todos los dias a un hijo que se comporta como un autista con ella, otro inconveniente es llegar a la cafetería y encontrarse su mesa favorita ocupada y a su camarera preferida de día libre, o peor aún, alcanzar el orgasmo con uno de sus clientes, un momento de placer en medio del desierto vital en el que se mueve y que trastoca, ahora sí, de manera definitiva y por completo su tranquila nada, un escalofrío que le recuerda lo que es la vida y lo que ha abandonado por el camino, un momento de placer frente a una montaña de futuro por delante. No es de extrañar que Jeanne opte por la violencia para descargar su frustración, ésa misma que cada vez se hace más patente cuando se sienta, inmóvil, en una silla de la cocina, o en el sillón dorado del salón que tiene su tela ya rozada de tantas y tantas horas de espera previa.


Pese a la declaración de intenciones de la directora, extendiendo su relato a cualquier ser humano, no resulta descabellado hablar de un cine femenino y feminista en el que el silencio e hiperactividad innecesaria de esta mujer se asemejan a un grito descarnado de discriminación, de posición claramente subordinada a los deseos, conveniencias y egoísmos masculinos, en un mundo ciertamente alejado del actual, pero no tanto, un mundo en el que Jeanne se casó “porque era lo que todo el mundo hacía”, donde tuvo un hijo por las mismas razones, en el que su dedicación en exclusiva al hogar arrastra generaciones y generaciones, siglos y siglos de estructura desigualitaria entre hombres y mujeres. En “Jeanne Dielman”, de manera precisa, manteniendo esos enfoques un tanto distantes, sin eliminar el espacio alrededor de la mujer, permitiendo que ésta mantenga un mínimo de intimidad dentro de este retrato minucioso de su día a día, Akerman se inspira en su propia familia, en el recuerdo doloroso de un pasado de exterminio que acabó con sus abuelos en los campos nazis, y que hizo, de su propia madre, una persona insegura, atemorizada toda su vida con un regreso del holocausto. Una mujer que prohibió a Chantal jugar en la calle, obligándola a permanecer en casa aquellas horas del día en las que no estaba en el colegio. Así, en los ojos de Chantal se grabó la actividad diaria de una mujer haciendo camas, pelando patatas, empanando filetes, preparando café, una vida rutinaria y gris, en definitiv,a que provoca en la directora una reacción, no casarse y no tener hijos. En el personaje de Jeanne Dielman está retratada esta madre de Akerman, Natalia, la demoledora presencia que se va ausentando en “No home movie” reseña No home movie, y también, por qué no, el futuro de una Chantal ensombrecido por esa dura, por esa inamovilidad, por ese miedo vital ante el vacío.

Akerman desnuda la imagen de artificios innecesarios, los planos son fijos y estáticos, unos (los menos) breves, y muchos de ellos prolongados durante minutos, los que se tarda en fregar la vajilla, decidir tirar un café estropeado y volver a rellenar la cafetera o en empanar unos filetes, o simplemente aquellos en los que la mente de Jeanne termina triunfando y el mundo se detiene, la actividad cede paso al inmovilismo y los recuerdos se agolpan en la mente de la mujer, reflejando en su rostro el cúmulo de decepciones, de renuncias, de frustraciones que la acompañan desde su juventud. Canadá aparece como un ideal, la emigración de la hermana, sus cartas, la vida que ésta refleja en su correspondencia, los regalos que proceden de aquélla, funcionan en la mente de Jeanne como un deseo inalcanzable, como el ejemplo de lo que hubiera podido conseguir de haberse atrevido a ser, por una vez, ella misma y no lo que los demás esperaban, por eso, una simple anécdota como la pérdida de un botón de una prenda enviada por su hermana se convierte en una obsesión ridícula y enfermiza. La cámara no se mueve sino que espera, asume que es la duración del plano lo que da sentido a esta contemplación interminable de actividades tan cotidianas que provocan una especie de hipnotización en el espectador. 


¿Puede haber, en abstracto, algo tan poco atractivo, cinematográficamente hablando, que batir unos huevos? Pues si no asistiéramos durante casi 10 minutos a esa operación, seguida, y antecedida de otras similares, nos sería casi imposible asumir el peso anulador de una monotonía asfixiante, una asfixia de poco más de 48 horas que el espectador debe traducir en semanas, meses, años; un tiempo de aguante infinito que produce un estallido irracional, pero emocional, en la herida psique de Jeanne. Ese último plano, donde el tiempo se detiene, en la penumbra de una noche apenas iluminada en la que Jeanne espera, sentada, frente a la cámara y mirando levemente hacia abajo y a la derecha, donde nuestra visión llega gracias al luminoso exterior que todas las noches produce ese efecto impersonal y deprimente de proyectarse hacia el interior del domicilio y reflejar la luz sobre el cristal de la vitrina, es el momento de la derrota definitiva pero también de una tranquilidad alcanzada con la violencia de la sangre que mancha la mano derecha de Jeanne y ha salpicado su blusa a la altura del corazón, como si, efectivamente, se estuviera desangrando hacia fuera lo que tanto tiempo lleva derramándose en su interior sin respuesta. Asistimos así a uno de los grandes finales de la historia de este arte y al final de una hermosa película digna de cualquier antología. Akerman decidió dejarnos cuando tuvo a bien, afortunadamente, como han hecho todos, y todas las grandes, ha quedado su CINE.


JEANNE DIELMAN, 23 QUAI DE COMMERCE, 1080 BRUXELLES. 1975. Bélgica-Francia. Dirección y guión: Chantal Akerman. Producción: Corinne Jénart y Evelyne Paul. Fotografía: Babette Mangolte. Montaje: Patricia Canino. Intérpretes: Delphine Seyrig, Jan Decorte. Jacques Doniol. 201 minutos.