lunes, 9 de abril de 2018

PRISIÓN (Ingmar Bergman, 1949)


PRISIÓN (Fängelse, Ingmar Bergman, 1949


A un set de rodaje llega un anciano portando una cartera, vestido con abrigo y sombrero, su presencia resulta chocante con la de los actores con ropa de verano. Parecería un agente judicial preparado para hacer un requerimiento, o un viejo pastor protestante dispuesto a evidenciar los males del cine y el arte en general, o más allá aún, un enviado a practicar, en la fría y húmeda noche sueca, un exorcismo que expulse a los demonios y elimine tanto paganismo consentido. Sin embargo el anciano Paul fue un maestro de matemáticas del director Martin, y su presencia en el estudio de filmación obedece a su voluntad de transmitir al antiguo alumno una idea para una nueva película; una película en la que se refleje el triunfo de Satán, cómo el diablo gobierna la tierra y a nadie parece perturbarle, cómo, en definitiva, la ausencia de dios se ha convertido en un hecho tan cotidiano que todos nos hemos acostumbrado a vivir, y convivir, con el mal, para el que la única salida posible es la muerte. En definitiva, la tierra se ha convertido en el infierno y nadie parece darse cuenta. Una muerte que supondrá, o el fín de una vida miserable llena de angustia para la que no hay continuación, o la posibilidad de comenzar una nueva vida de acuerdo con los principios religiosos que así lo anuncian; pero en la que, en todo caso, se encontrará la oportunidad de apartarse de tanto daño cometido por unas personas a otras.

"La vida es un arco cruel y sensual desde la cuna hasta la tumba", para Bergman, desde el primer minuto de vida, todo es incierto e imprevisible, salvo el hecho cierto de que nacemos para morir. En ese intervalo, el tiempo puede extenderse razonablemente o terminar apenas empezada la andadura. Un tiempo en el que no hay que despreciar la idea del suicidio, más que como acción voluntaria del individuo, como una forma de muerte que permite alejarse de una vida miserable. El director, acompañado por sus actores, asume el reto, la idea del viejo profesor es aceptada como un intento de contar algo diferente alejado del melodrama romántico que suele rodar. A la promesa de estudio le acompaña la creencia de tratarse de una empresa casi imposible. Martin es la proyección de Bergman en la pantalla, la aparición del creador artístico mediante el uso de un instrumento mediato, el reflejo de sus ideas que, con ésta su sexta película, la primera realmente reconocida, empiezan a materializarse en cuanto a las grandes preguntas del cine del director sueco; la muerte, la religión, la soledad del ser humano y la soledad ante el hecho religioso, el amor y sus consecuencias, los malos actos, la inmoralidad reinante. A partir de ese preámbulo con el rodaje, la historia se ramifica entre dos parejas que se van entrelazando, rompiendo y retomando, según los hechos acercan y separan a sus componentes. Parejas y personajes donde se concentra todo tipo de maldad y una cierta dosis de optimismo humanista rodeados de una puesta en escena donde el lugar cede paso a la luz y la iluminación de los rostros como trasposición de su interior. 

Si el personaje del director, Martin (Hasse Ekman) puede categorizarse como el elemento ateo y hedonista, atraído por la novia de su hermano, Sofi (Eva Henning) y preocupado por la pobreza y alcoholismo de éste, Thomas (Birger Malmsten), esta pareja  representa al ser bueno frente a la maldad del rencor, de la pobreza y del alcohol que corroe a Thomas, pareja que se complementa con la de Birgitta (Doris Svedlund), menor de edad, prostituta, que convive con un chulo que la explota y la humilla, Peter (Stig Olin), es decir, un ser puro que ha sido corrompido por la depravación y la ausencia de valores, parejas ambas en las que un suceso de extrema gravedad hace saltar por los aires una convivencia que se va a pique de manera inevitable. Una alucinación en la que Thomas cree haber asesinado a Sofi producto de una borrachera, y el consentimiento de Birgitta a que el chulo haga desaparecer al bebe que acaba de tener, coloca la acción en el ámbito del arrepentimiento y de la reinserción, circunstancia para la que el amor, el apoyo, y el conocimiento de otra persona que ayude resulta esencial, un discurso ligeramente proclive a la confianza en el ser humano, pese a que nada podrá volver a ser como antes mientras no se sea capaz de perdonarse a uno mismo, y es posible, que ni aún así. 


El pasado volverá a los seres más débiles de esta sociedad científica analizada por el microscopio culpabilizador de Bergman; seres llenos de temores, pesadillas y sometidos al castigo del prejuicio religioso antes de que el sistema judicial pueda emprender cualquier acción contra ellos. En ese cruce de personajes, de reelaboraciones de clásicos del cine mudo, como en la escena en que Thomas proyecta una vieja cinta de celuloide en el refugio improvisado que han encontrado tras decidir rehacerse desde la nada (Segundo de Chomón y su Hotel eléctrico están muy presentes, al igual que el cine de Mélies) y que da a la película las únicas, y sentidas, sonrisas, durante su desarrollo; la idea recurrente del sueño, o pesadilla, que se aparece a la joven Birgitta, no deja de ser un recuerdo de la temporalidad de la existencia y de cómo hay "pecados", "delitos o faltas" que dijo Woody Allen, que sólo pueden depurarse, y pagarse, con la muerte. La religión, creer, la fe, puede convertirse en una tabla de salvación para soportar el vacío reflejado en unas miradas llenas de dudas, de falta de respuesta, como cuando Birgitta cuenta su sueño a un Thomas que escucha, pero no es correspondido por la mirada de ella, sabedora de que lo que cuenta encierra una culpa que no puede soportar el reproche ajeno, ni tan siquiera a través de la más mínima sospecha de una mirada ajena.

La película se constituye en un amplio círculo que comienza y termina en el mismo sitio, concluyendo con la constatación de la imposibilidad de llevar a buen fín el proyecto inicial; la presencia del infierno en la tierra parece un hecho inevitable, pero para dar algún respiro al espectador, para dotar de sentido al relato, se exigiría lanzar una pregunta que no puede ir dirigida a nadie más que a un dios en el que Martin no cree, un dios al que habría que preguntar ¿dónde estás? ¿por qué tanto mal? ¿por qué tanto desamparo?. Y al mismo tiempo, siendo ésa la única salida posible para dar sentido al relato, no dejaría de ser una salida fácil por delegar las respuestas en un ser inalcanzable si es que existiera. Director, actor y viejo profesor concluyen su reflexión, y lo que era una apuesta artística complicada, con un consenso demoledor. Frente a lo que acabamos de ver, no hay salida. Sólo el ser humano es capaz de hacer soportable la existencia desde la solidaridad y el afecto, frente al irremisible castigo que sufre Birgitta, aceptando un sucedáneo de martirio como expiación de sus culpas, el reencuentro de Sofi y Thomas juega el papel de compensación ante tanto horror. Es un reencuentro condicionado y diferido, han sido muchas cosas y todo deberá volver, poco a poco, a superar las pruebas que ya se pasaron en el pasado. Un ligero brillo de ojos en ella y un esbozo de sonrisa en él aventuran que no todo está perdido, que queda esperanza, al menos en esta vida.

PRISIÓN. Suecia. 1949. TÍTULO ORIGINAL: Fängelse. DIRECTOR: Ingmar Bergman. GUIÓN: Ingmar Bergman. MÚSICA: Erland von Koch. FOTOGRAFÍA: Göran Strindberg. DURACIÓN: 76 min. INTÉRPRETES: Doris Svedlund, Birger Malmsten, Eva Henning, Hasse Ekman, Stig Olin, Irma Christenson, Anders Henrikson, Marianne Löfgren, Bibi Lindqvist, Curt Masreliez, Britta Holmberg

PELÍCULA COMPLETA SUBTITULADA EN CASTELLANO