lunes, 14 de mayo de 2018

SON OF SOFÍA (O gios tis Sofía, Elina Psykou, 2017)


SON OF SOFÍA (O gios tis Sofia, Elina Psykou, 2017)


"No pareces mi madre", repite en varias ocasiones Misha a su reencontrada madre, Sofía. Tras dos años el hijo ha vuelto a vivir con su madre tras la muerte de su padre en Rusia. Estamos en el verano preolímpico ateniense, en la efervescencia de un acontecimiento llamado a lanzar a la modernidad a un país que, de repente, se vió retrocediendo a los tiempos de Metaxas, a la televisión en blanco y negro, al orgullo de lo militar, a reivindicar el pasado heroico como sustituto de un presente que nada ayuda a enorgullecerse. Cuando Misha aterriza junto con el equipo olímpico de su país, por entonces Rusia, desconoce todo acerca de la vida de su madre, piensa, que va a volver a ser el osito de su madre, el "Misha" de la mascota olímpica soviética, el cachorro necesitado de cariño y atención constante en un país distinto y rodeado de una panoplia de objetos extraños y sacados de otra era, porque lo que Misha desconoce es que Sofía se ha casado con un jubilado presentador infantil griego de los tiempos de la dictadura, una persona que echa en falta no tener hijos y que se ha propuesto helenizar a Misha para que deje de ser el epígono de una mascota olímpica y pase a serlo de un arcángel, alguien para el que el tiempo se detuvo hace mucho, tanto como para parecer salido de un cuadro imperial del siglo XIX. 


Psykou utiliza los recursos estéticos y formales de un Lanthimos, Tsangari o Avranas en ese espacio cerrado de un piso de burguesía acomodada venida a menos en el que, de repente, aterriza el niño para enfrentarse a algo que no esperaba. El espacio ayuda a crear angustia y desamparo, soledad y frustración, oscuridad y oscurantismo. Ilusionado, sin abandonar el hieratismo de la suspicacia, con la perspectiva de volver a disfrutar de su madre para él solo, se encuentra conviviendo con alguien desconocido, de quien se oculta la verdadera relación con su madre, y que, además, se ha propuesto helenizar al crío con lecciones para ser griego, desde la primera lección, dedicada a la familia, hasta la referencia espartana a aquellos niños deformes o enfermizos que eran arrojados desde el monte, mientras que los supervivientes eran arrancados de sus familias antes de crecer para ser formados como soldados de la ciudad. La opresión del espacio, las puertas insospechadamente cerradas con llave para que el menor no descubra que su madre comparte cama con ese hombre, la expulsión de esa cama materna en la que esperaba refugiarse y reencontrar el calor materno obteniendo a cambio el calor del verano ateniense, el fervor patriótico de unas olimpiadas donde el dinero, y el doping, elevan el medallero griego para sentirse como una potencia surgida de la nada, van provocando en Misha la necesidad de rebelarse contra una imposición no anunciada.


La sensación de traición, el abandono que siente cuando ha de compartir días enteros con el casi anciano, en un diálogo casi imposible entre un niño que no sabe hablar griego y un adulto que no sabe ruso, y no quiere aprenderlo, ni mucho menos que entre madre e hijo se comuniquen a sus espaldas, va provocando el nacimiento de una rebeldía inesperada en el niño, rebeldía que va creciendo hasta que opta por abandonar la casa y compartir unos días con otros desplazados, los inmigrantes de entonces en la Atenas que movía dinero; los refugiados y desplazados de la Europa oriental, que viven en plazas donde utilizan los símbolos de la antigüedad como improvisados aparatos gimnásticos mientras sacan dinero prostituyéndose con hombres ancianos a los que, después, se puede chantajear con las fotografías y vídeos captados a escondidas. Los intentos del menor por acercarse a su madre, por recuperarla en exclusiva, chocan con la oposición del rival adulto. El paso de las semanas va descubriendo cómo la entidad de la ocultación materna ha sido de tal entidad que todas las imaginaciones placenteras del niño desaparecen, del reencuentro esperado a la necesidad de protestar.


El refugio del niño va desplazándose a su imaginación, a una especie de selva donde los disfraces que usaba ese viejo presentador, anclado en un limbo espacio-temporal que añora los años 70, cobran vida para generar una jungla urbana en la que Misha se convierte en oso, o en lobo, para reivindicar su carácter animal, y poder, así, sobrevivir al contratiempo de un mundo muy diferente al previsto, un oso pequeño que, en su animalidad advierte de lo que puede llegar a convertirse, pero que de suave puede seguir siendo amoroso y abrazable. Así, mientras el mundo que está descubriendo en el interior de esa casa se encuentra detenido, el mundo que se había construido, el que había imaginado con su madre volviendo a ver las viejas series soviéticas, a imaginar que vivían rodeados de efigies de Lenin y de Stalin en el seno de una serie en la que la maternidad es el eje central del bienestar, se va desmoronando; ese pasado se va evaporando sin que el futuro se manifieste como algo más atractivo que un recuerdo de algo imposible. La parábola del hijo recuperado, el comportamiento cainita de Misha con ese padre impuesto, el "huis-clos" del relato, no oculta la realidad social de una Grecia en descomposición que, inevitablemente, ha de traducirse en una lectura del presente y en los albores del origen de "Amanecer dorado". Todo sueño olímpico tiene un despertar, y un sueño también puede convertirse en una pesadilla tras la que no existe nada a lo que asirse. Misha ha sido educado con cuentos, cuentos donde las armas se disparan y parecen no causar más daño que el temporal de eliminar un peligro concreto. La vida no es así, en la vida no hay habichuelas mágicas con las que escalar hasta mundos mejores, no hay globos mágicos que te eleven y te rescaten de un lugar en el que  no quieres permanecer. Cuando el daño ya se ha sufrido, y además, el mal es irreparable, de poco sirve una madre pidiendo perdón porque ha comprendido dónde está la necesidad que no ha sabido colmar; la mirada dolorida de este niño clama por una comprensión que no ha tenido más que entre sus iguales, otros desplazados, aunque estos carezcan de papeles o de familias, porque lo importante es lo que se siente, no tanto cuál es la realidad.


SON OF SOFÍA. Grecia, Bulgaria, Francia. 2017. DIRECCIÓN y GUIÓN: Elina Psykou. PRODUCTORES: Giorgos Karnavas, Konstantinos Kontovrakis. COPRODUCTORES: Janja Kralj, Boris Chouchkov. INTÉRPRETES: Victor Khomut (Misha), Valery Tscheplanowa (Sofia), Thanassis Papageorgiou (Mr. Nikos), Artemios Havalits (Victor), Areti Seintaridou (Nina). EDICIÓN: Nelly Ollivault. DIRECCIÓN ARTÍSTICA Pinelopi Valti. SONIDO: Persefoni Miliou. PRODUCTOR EJECUTIVO: Giorgos Zervas. PRODUCTORAS: Heretic, KinoElektron, Chouchkov Brothers, SIF309, Stefi, Prosenghisi, Steficon. 111 minutos