jueves, 10 de mayo de 2018

CANIBA (Véréna Paravel, Lucien Castaing-Taylor, 2017)

 CANIBA (Véréna Paravel, Lucien Castaing-Taylor, 2017)


Hay en "Caniba", bajo mi irrelevante punto de vista, un error de partida que lastra toda la propuesta; radical, valiente, arriesgada, sí, pero en gran parte fallida, y quizás sea lo más anticinematográfico de la película lo que arruina su osadía, ese letrero inicial en el que Paravel y Castaing se desvinculan de cualquier intento de justificar el can¡balismo y el comportamiento de Issei Sagawa, el protagonista cuasiabsoluto de un documento sobre el horror, una asepsia expositiva que permite a Issei, y a su hermano Jun, desplegar todo un catálogo de perversiones e insanas fantasías con el agravante de que las más graves se llevaron a cabo. Los sistemas judiciales son imperfectos, y los errores se suelen hacer más patentes cuanto más relevancia mediática alcanza un caso donde el crimen es sanguinario. Issei Sagawa el 11 de junio de 1981, tras invitar a una compañera de universidad en París a comer a su casa, siguiendo un plan premeditado y enfermizo, dió rienda suelta a su fantasía sexual disparando a la cabeza de la joven holandesa Renée para, después, proceder a comer parte de su cuerpo, empezando por los glúteos, la parte que le pareció más apetecible, e intentar, un mes más tarde, deshacerse del resto del cuerpo que había mantenido congelado.

El itinerario judicial de Sagawa, como se explica al inicio del film fue que, (extraído de internet) tras un análisis psicológico se le declaró demente e idiota.,y juzgado como tal, por lo que fue recluido en el psiquiátrico Paul Guiraud de París. Pasados unos meses, Issei contrajo una enfermedad, que no era más que una inflamación intestinal y que fue diagnosticada erróneamente por los médicos como una encefalitis avanzada. El veredicto del equipo médico le vaticinó unas pocas semanas de vida. El padre de Issei, hombre poderoso y con muchas influencias, consiguió que el caníbal moribundo fuera trasladado a Tokio, donde fue recluido en una institución psiquiátrica de alta seguridad. El gobierno francés no se opuso al traslado, pues al fin y al cabo, quedándole pocas semanas de vida, lo veían como un simple adelanto del trayecto. De modo que Issei fue trasladado al hospital Matsuzawa de Tokio. Y, como era de esperar, no murió. El caníbal confeso se encuentra en una situación insólita, pues en Japón no tiene ninguna causa pendiente y en Francia se retiraron todas las causas contra él ante su inminente muerte, motivo por el cual fue liberado 34 meses después por las autoridades de su país natal, en conclusión, en retribución por su horrenda conducta, su paso por la cárcel o el psiquiátrico fue fugaz.
Paravel y Castaing entrevistan al actual Issei en presencia de su hermano Jun, la cámara encima tanto el enfoque sobre los personajes que su nitidez desaparece, se sobreexpone y se desenfoca al no filmarse ni el cuerpo entero ni tan siquiera la cabeza del interlocutor, sino una parte del mismo; un Issei discapacitado ya no sólo psíquico, sino físico, que depende de su hermano para cualquier actividad diaria, con su movimiento muy limitado. En ese acceso tan invasivo sobre la fisonomía del caníbal, su rostro se va transformando, si no en un reflejo del horror hecho persona, sí en el desagrado acumulado de un rechazo absoluto tanto por lo que hizo con la joven estudiante como por su comportamiento posterior, tan abyecto y ruín como el precedente. Si los directores pretendían obtener cualquier explicación al comportamiento de Issei, o algún tipo de justificación basada en una enfermedad transitoria, su intento es vano, porque lo que demuestra el documental es el nulo arrepentimiento de una persona que no duda en responder "no sé" a la pregunta de si lo volvería a hacer, aunque en ese "no sé" uno advierte un reconocimiento a que la experiencia le resultó, como él mismo dice, "un momento histórico".
El principal hándicap de la película es su forma, y los directores deben ser conscientes de lo arduo de la propuesta con ese permanente enfoque-desenfoque y los megaprimeros planos que acompañan a la palabra porque, ocasionalmente introducen grabaciones que "oxigenan" ese ambiente cerrado, esa atmósfera insana que rodea todo lo que circula alrededor de Issei, su hermano incluído, y el recuerdo de unos progenitores en cuyo error se concentra, precisamente, un exceso de protección e infantilismo al que no podemos culpar por las consecuencias ulteriores, pero que, en sus juegos y condescendencias deja entrever la falta de autocontrol de dos niños que, al pasar a ser adultos, se convierten en peligrosos, uno hacia los demás al mantener una visión de la sexualidad nociva para otros, y otro para sí mismo, pues su pulsión sexual se mitiga autolesionándose, "mi brazo es mi órgano sexual" dice Jun, mientras contemplamos cómo se ata alambres de púas metálicas, se quema, o se lesiona con cuchillos. 

   Pero en esos escapes tampoco podemos respirar, la oferta cinematográfica nos reduce a receptores de lo insano en una acumulación que termina por provocar algo más que repulsa ante Issei, pero que estableciendo una correspondencia social, no deja de revelar que, la notoria enfermedad de Issei no deja de tener su correlato en una sociedad que no duda a la hora de consumir el producto "Issei", ya sea por convertirse en improvisado actor porno aupado a esa fama inexplicable del famoso efímero, o por atreverse a publicar un manga en el que se explicita lo que hizo ese 11 de junio de 1981 con todo lujo de detalles; tanto detalle y tanto lujo en los mismos que hasta su hermano le pide de manera repetida que deje de pasar y mostrar las páginas, "deja ese manga sucio, abandona ese pedazo de mierda, no se cómo has podido publicar esta mierda, has arruinado nuestra reputación". Hay un reconocimiento de la enfermedad mental, pero también la imposibilidad de evitarla, como esa sociedad que, rechazando al enfermo sexual y peligroso, no deja de estar tan enferma como él proporcionándole fama, televisión, dinero y, hasta en estos momentos finales de su vida, una especie de esclava sexual que, aún impedido de ejecutar actos físicos, proporciona esa satisfacción última del voyeur que se contenta con ver a una mujer guapa disfrazada de la imagen "cosplay" de la camarera de hotel y que hace las veces de enfermera y de alivio sexual visual.

Admitir que estamos ante un experimento sociológico resulta discutible, no aporta ninguna posibilidad de bucear en la mente del caníbal, su pulsión es telúrica, sostenida, fantasmática, fetichista, irrefrenable; como a su hermano, nos resulta incomprensible entender su comportamiento por su falta de empatía humana, pero del mismo modo nos resulta incomprensible, tanto la dedicación enfermiza del hermano hacia el homicida como su propia pulsión autolesiva, tan incomprensibles comportamientos como el de esa comunidad frívola e inconsciente que asume como reflejo de su evolución a este sujeto que, en su enfermedad, es capaz de rehuir las contestaciones a preguntas que no quiere responder. Es inquietante, es perturbador, es incómodo de ver, pero es, formalmente, muy feo en lo visual, y cuando es deliberadamente feo el riesgo de descarrilamiento, por interesante que sea el personaje central de la historia, se multiplica. No es bueno juzgar una obra de arte por sus intenciones morales, pero si el rótulo inicial previene al espectador, el cuento morboso final que cuenta esa especie de "chica para todo" incrementa la sensación de que a Paravel-Castaing se les ha podido ir de las manos el producto y éste ha terminado cayendo en poder de Issei, la historia del vampiro-zombie, su resucitación y mantenimiento en el mundo de los humanos como un ser más que se diferencia por la necesidad de consumo de carne humana para sobrevivir, termina cerrando el círculo de la autojustificación del personaje. Un ser desequilibrado que se reivindica como un hombre más pese a que todos sus actos le emparentan más con una bestia sanguinaria que con un congénere más.

CANIBA. Francia. 2017. Dirección: Véréna Paravel, Lucien Castaing-Taylor. Guión: Véréna Paravel, Lucien Castaing-Taylor. Fotografía: Véréna Paravel, Lucien Castaing-Taylor. Montaje: Véréna Paravel, Lucien Castaing-Taylor. Sonido: Nao Nakazawa, Véréna Paravel, Lucien Castaing-Taylor. Producción: Valentina Novati, Verena Paravel, Lucien Castaing-Taylor. 92 minutos.